jueves, 27 de diciembre de 2012

Arriba, España.


Termina el año, a Dios gracias (como si la última campanada fuera a colocar el punto final de nuestros males), y necesitamos una buena noticia: España empieza a crecer. En su índice de exportación.

Ahora que empezábamos a soñarnos como una patera de regreso al tercer mundo, separándonos de Europa a golpe de remo rumbo a tierras ignotas mientras nuestros políticos se quedaban flotando en el limbo del cielo español ajenos a nuestra partida. Ahora que el precipicio se nos antojaba una ayuda para rodar hacia adelante. Ahora que aceptábamos la patada europea como un impulso de agradecer.  Ahora que, en nuestro estado de éxtasis, ya no calculábamos el riesgo de nuestra desorientación kamikace, a remolque de las malas noticias, sin previsión, sin control, sin esperanza. Ahora vamos y nos calzamos un aumento de las exportaciones de un 9% y lo imprimimos en letras de oro como un logro del país completo, empezando por los de arriba, obligando hasta a los de abajo a pararse para mirar atrás hacia ese país que dábamos por perdido y que parece que sigue respirando.

Termina el año y necesitamos una buena noticia. Y yo me pregunto si no es poco más que una careta o una lectura conveniente de un dato cierto. Si esta buena noticia significará una progresión sostenida o será sólo un efecto rebote. Si este crecimiento de la exportación, pudiendo serlo, será una solución real a la “crisis” o si sólo nace como modo de supervivencia de unos pocos que, ante el receso de la demanda interna, han salido fuera a mercadear sus excedentes sin que esto suponga, ni mucho menos, el inicio de la recuperación.

Hace unos días, viajé acompañada de un directivo que se me antoja, como muchos (así estaríamos), necio hasta la estupidez, de razonamientos, cuando los tiene, simples hasta el disparate, pero al que tengo la costumbre de escuchar porque no me supone mucho esfuerzo. Entre otras joyas dialécticas, le oí decir (y quizá esta vez, en parte, no le faltara razón) que la crisis no existe, que toda esta pantomima es una cuestión de reparto, que el dinero es siempre el mismo y que lo único que cambia es la bolsa en la que está metido. A la vista está que otros gestores, menos ocupados en filosofías de Perogrullo y más entregados al remedio práctico, se han puesto a trabajar para que ese patrimonio que sigue el camino de Santiago en sentido inverso, regrese a la bolsa de la que sale y permanezca dentro de nuestras fronteras, bien como una solución temporal, bien como una nueva forma de vida.

Sea como fuere, me voy a permitir ser positiva y creer que vivimos en un país lleno de posibilidades y que puede ser que, una vez reabierta, por la ruta del comercio olvidemos la era de los buscadores de hormigón y ladrillos, que puede ser que hayamos encontrado un camino, que puede ser que un día empecemos a proyectar una sombra de lo que fuimos, que puede ser que podamos volver a ser y que puede ser (porque no puede ser de otra forma) que seamos nosotros y no nuestros gobernantes quienes consigamos que la Historia considere ésta una época de crisis y no de caos sin gestión.

Termina el año y necesitamos una buena noticia que nos aliente a continuar.

martes, 25 de diciembre de 2012

Estampa de Nochebuena


Recuerdo aquellas cenas de Nochebuena en las que el discurso del Rey, para una familia tradicional como la mía, constituía la bendición de la mesa siendo el compendio exacto del año que dábamos ya por terminado y la perfecta pauta para el futuro. He de decir que esta vez nuestras esperanzas en la disertación se habían ido entreteniendo por el enfangado camino de los últimos tiempos.

Un año más, nos encontramos frente a la mesa la familia directa, el médico y Su Majestad en pantalla, a quien este año ya nada le llena de orgullo y satisfacción, de pie ante el escritorio, para que veamos que todavía está de una pieza, destronado, hallándonos a los ocho con cara de pan, como un bodegón sobre la mesa puesta. Esperábamos, quizá, verlo entrar en barros difíciles y caer en el ridículo de las normas morales a que nos tiene acostumbrados. Y, sin embargo y para nuestro asombro, fue preciso y riguroso con la crítica hacia los políticos que baila en el subconsciente social, identificando de forma breve y acertada los problemas que atacan a este país que nunca se había visto en otra igual, recogiendo la censura que los ciudadanos venimos haciendo en los últimos meses, dictando para quien lo quisiera entender la forma de hacer sin esperar milagros. También esta vez fui perdiendo el hilo del monólogo en pro de la conversación que nacía en la mesa al margen del resumen de sucesos que conocemos bien y, cuando volvimos la vista hacia la televisión, todo había terminado.

Haciendo balance de lo que pude absorber, tengo que reconocer, un poco a mi propio pesar, que me pareció más oportuno que nunca, y una pena que sea una vez más absolutamente inútil porque la poca audiencia que registra todavía no le haga ni caso. Pero también reconoceré que a la inmensa mayoría nos ofendería ver a Rajoy dirigiéndose a nosotros como Presidente de la República. Y me queda la sensación de que es posible que el Rey sea hoy uno de los pocos dirigentes, en su reducidísimo poder, que busca la concordia y observa con objetividad la situación real que unos viven, otros ven y otros ignoran.

Feliz Navidad, buenas noches y buena suerte.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Sin recortes en solidaridad


Cuando algo se arregla, siempre hay algún despistado (por naturaleza o por conveniencia) que nunca sabrá que se había roto. Muchos se preguntan cómo es posible que, incrementándose la cifra del paro como lo está haciendo y creciendo el nivel de pobreza en España día tras día, no haya un conflicto en cada plaza. Frente a ellos, como respuesta, están quienes bendicen la economía sumergida, y unos pocos que, desde el silencio de la humildad, admiran la sensibilidad que despierta sentir de cerca el riesgo de la pobreza.  Cruz Roja y Cáritas registran un importante incremento en las donaciones económicas al tiempo que el número de personas que realizan labores de voluntariado crece un 20% en el último año. En vista de la incompetente labor de nuestros políticos, ajenos a la quiebra, el pueblo los relega al lugar de figuras decorativas en el belén de nuestras vidas y pasa a la acción por sí mismo. ¡Bendita Solidaridad!

Hace unos años, las contribuciones solidarias nacían de la exposición en televisión de una catástrofe internacional o de un caso particular en el seno de una familia en que se daba una desgracia que hacía latir nuestros corazones. Hoy la catástrofe y la desgracia se manifiestan a pie de calle y suscitan la respuesta del pueblo llano, que no quiere ni puede permitir que sus integrantes pasen hambre, que vivan por debajo de la decencia, que carguen la crisis sólo sobre sus espaldas. Y nace un movimiento solidario, que cotiza al alza en estas fechas, consciente de que no será capaz de solucionar la miseria del mundo pero sí de hacer un poco menos infelices a quienes no esperan una Navidad como las de antes, a quienes hacen fila este año por primera vez ante las puertas de un comedor social atribuyendo su desgracia al acto fortuito de ser pobres, sin esperar nada y sin culpar a nadie, a quienes piensan en cómo decirles a sus hijos que este año los Reyes Magos también son pobres y no pueden comprar juguetes, a quienes no tienen un hogar familiar de referencia al que volver en estas fechas porque la calamidad les arrolla ya mayores y viven de la justicia divina de la caridad...

Afortunadamente, en esta noche de horrores e injusticias, los españoles amanecemos mejores personas salvando  a España de ser un país devorado por el hambre, haciendo nuestro particular reparto de los recursos al margen de unos políticos que han perdido su identidad como ciudadanos sin encontrar la identidad de un dirigente, y un presidente del Gobierno que, desde la luna de Valencia, se arranca con incongruencias del tipo “si todos trabajáramos con empeño, las cosas irían mejor”, dirigiéndose a un patio de casi seis millones de parados.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Queridos Reyes Magos


Este año en que buena he sido, querría haceros llegar mis peticiones y mejores deseos para 2013, a saber:
Un dirigente en el Gobierno que sea un líder y un país que lo pueda elegir.

Un “voto de confianza”, confianza en la justicia y justicia para todos.

Ver a los 360.000 políticos que sobran guardando fila a la vez en una misma oficina del INEM y a los casi seis millones de parados levantando la copa del desempleo.
 
Callarle la boca a la hipocresía y empezar a escuchar la verdad.

Que los sindicatos vuelvan a ser aquellos gremios que defendían a los trabajadores en el seno de la actividad artesanal.

Que esta guerra sea la única en que no crezca el silencio.
Que la lucha por los derechos primarios no sea un constante desafío.
Una bombona de oxígeno para cada espalda.
Que cada local vacío albergue un nuevo talento, que cada casa vacía vuelva a ser un hogar.
Que cada céntimo de euro recaudado a la fuerza, reforma tras reforma, cumpla con auténticas necesidades.
Que la educación, la investigación, la sanidad, el desarrollo se vuelvan a considerar una inversión y no un gasto.
Que lo viejo acabe de morir, lo nuevo termine de nacer y que no nos encuentren donde nos abandonaron.
Que la crisis no se convierta en algo normal, que nadie se acostumbre a convivir con ella.
Que los ayuntamientos de todas las ciudades de España apaguen las luces de Navidad y con el ahorro costeen la de quienes no pueden pagar la luz en su casa.

Un abuso de menos por cada carencia (de más).
Que nadie dé la campanada y que no nos den las campanadas.

Volver a desear las cosas que deseábamos antes de que nos faltara lo imprescindible…
Espero que esta carta llegue a tiempo (de salvar la situación). De no ser así, valoraremos la posibilidad de entonar una plegaria por el milagro de los panes y los peces (otra ya no nos queda). Majestades, haced lo que podáis. Es de suponer que los recortes hayan llegado también a Oriente y que este año más que nunca se os acumulen las solicitudes. Entenderemos que no se pueda cumplir con todo (llevamos un año haciéndolo) y que tengamos que seguir conformándonos con lo que venga, pero os esperamos con igual ilusión. Buen viaje.

Nota de esperanza: El tiempo tampoco hubiera entendido de la firmeza de la mano del hombre. Lo que no se atreven a maldecir los vientos de una crisis, lo somete a su juicio el dictado de la fugacidad. Nos arrolla sin dejar que nos bañemos dos veces en la misma ola bajo la consigna del naufragio, porque concibe la travesía como una crisis constante, como un cambio continuo en el que no cabe esa exigencia de fundamentos perpetuos  tan nuestra.
Pronto, la marea del tiempo se nos lleva otro año sin habernos permitido sentar los cimientos de este país de mudanza que naufraga todos los días un poco. Pero no podemos dejar de creer que en cualquier devenir existe un instante en que podemos captar la imagen del mundo a nuestra medida. Lo indispensable es que estemos dispuestos a ver ese momento que nos permita fijarle la sonrisa a la vida.

Nota de agradecimiento: Feliz Navidad mis queridos blogueros de España y también mi felicitación con mención especial para los que me seguís desde Alemania, Estados Unidos, Argentina, México, Perú, Venezuela… Sé que estáis allí; agradezco infinitamente que estéis.

martes, 18 de diciembre de 2012

La injusticia se sienta a la mesa


Para una vez que reparten café para todos es la única vez en que no es justo. Esto ya es el colmo del desatino elevado a la potencia del cachondeo. Y la impresión que a mí se me graba a fuego en el epitálamo es que la política consiste en ir probando a tanteo a ver cuál es la reacción, como el que le va cortando las alas y las patas a una mosca a ver lo que hace. Ahora que ya no sabían cómo engordar más los impuestos, llegan, los disfrazan de tasas judiciales, los sacan a la plaza y se sientan a ver qué hacemos. Gracias al sentido común, que parece que empieza a manifestarse, esta nueva ley ha levantado a jueces, abogados y ciudadanos en armas (recemos porque haya sido la gota del desbordamiento) tratando de frenar una reforma que se aleja del principio de justicia. La ley de tasas judiciales de 20 de noviembre implica que, para cualquier persona física con ingresos superiores a los 1.100 euros dentro de la unidad familiar, sólo acudir a la justicia penal será “gratuito”; si quiere acceder a la civil, contencioso-administrativa o laboral, habrá de disponer de un mínimo de 150 euros más el 5% del valor de lo reclamado para empezar a hablar. Ya hay quien dice que el hecho atenta contra la Constitución española (tan adorada como vulnerada por nuestros “diestros” gobernantes) en su artículo 24, donde afirma que “todas las personas tienen derecho a obtener la tutela efectiva de los jueces y tribunales en el ejercicio de sus derechos e intereses legítimos, sin que en ningún caso pueda producirse indefensión”. Pero, y sobre todo, se presenta injusta al no hacer distinción de poder adquisitivo, las tasas son las mismas para cualquier ciudadano y, por tanto, es discriminatoria en sentido inverso, porque hace igual lo que no lo es.

En esta escalera hacia la desigualdad más cruenta y la abolición de la clase media, primero fue la reforma laboral, después llegó la privatización de servicios públicos fundamentales como los sanitarios, el deterioro de la educación pública y la pérdida de la atención a las personas mayores. Para más desgaste de nuestro modelo social, las tasas judiciales son sólo otra forma de pretender aparentar que salimos de la crisis a través de la disparidad. Nos conducen de cabeza a una nueva esclavitud atados de pies y manos con grilletes económicos y despojados de cualquier defensa. ¿Cómo puede hoy el ciudadano recurrir un acto de la Administración si para hacerlo hay que aportar previamente una cantidad en ocasiones superior a la sanción impuesta? Ya no podemos combatir las decisiones de las Administraciones Públicas. ¿Qué justicia es una que no permite equilibrar las relaciones abusivas y que quiebra el legítimo derecho del ciudadano a litigar con plenas garantías?

Siempre habíamos creído que la justicia no lo era tanto, pero no hasta el extremo de querer perderla por completo. Esta mañana, casualmente (como casi todo lo que ocurre últimamente), he entrado en un establecimiento en el que discutían una chica relativamente joven y una mujer relativamente mayor. La muchacha, en un tono prudente, le hacía saber a la mujer mayor que debían devolver un dinero a una tercera persona porque ésta había amenazado con denunciarlas. La respuesta de la segunda ha sido clara: “¿Y tú de verdad te has creído que te va a denunciar por cuatrocientos euros? Si ahora con el pago de las tasas, no le merece la pena”. Éste es el resultado más inmediato de la última perla del Gobierno: la incitación al rateo en el país que inventó la picaresca.

domingo, 16 de diciembre de 2012

La educación de nuestros padres


Anoche leía un artículo que disparó todas mis alarmas. En resumen, lo que venía a destapar es que la violencia de los hijos hacia los padres y abuelos ha aumentado de forma exponencial en los últimos años debido a que la situación económica no acompaña. Cada vez hay más familias en que los únicos ingresos seguros son las pensiones de los mayores y por debajo queda una generación llena de frustración por las dificultades que esta realidad conlleva volviendo la convivencia muy difícil. “Puede que haya un problema social que ahora se empiece a denunciar”, rezaba el cuerpo del escrito, con esa delicadeza que dan ganas de hacer que el autor se coma la diplomacia en un solo plato.

Por supuesto que lo hay y que es un problema social serio. ¿Qué puede esperar la sociedad de un joven que envía a su padre al hospital de una paliza? Por eso, la educación de los menores es una responsabilidad de todos; en primer lugar, de los padres, después de los profesores y también de los sociólogos, legisladores, jueces, comunicadores y del conjunto de los ciudadanos. Sin embargo, y a pesar de los datos aportados por el antes mencionado periodista en su infinita sabiduría y facultad de análisis, me atrevo a desdecirlo y a afirmar que la raíz del problema no es, por una vez, la actual crisis económica. La raíz de este asunto se remonta a varios años atrás y a nuestra incapacidad de evolución a la velocidad de la luz, al riesgo de convertir lo negro en blanco de una sola pincelada sin detenernos a valorar el gris. La base de este asunto es en realidad un fallo educativo garrafal por no reconocer el término medio. Y en esto la responsabilidad es de todos. Porque legalmente, y a partir de la España constitucional, se nos ha prohibido traumatizar a un niño o maltratarlo, confundiendo la dirección con el trauma y la bofetada con el maltrato, porque se comenzó a dotar a los hijos desde la infancia de todo lo que pedían y así han crecido convencidos de que el mundo entero les pertenece, porque no se les ha reñido nunca por no crearles complejos de culpabilidad, porque se les ha dado todo hecho y así se han acostumbrado a cargar la responsabilidad sobre los demás, porque se les regalan todos los medios económicos para que no sospechen que para ganarlos hay que trabajar y porque nos hemos convencido que de no hacerlo así estaríamos volviendo a la instrucción dictatorial y de censura.

La educación en España ha avanzado en treinta años de Historia de la imposición como norma en que se cimentaba la enseñanza preconstitucional al ensalzamiento de los derechos del menor obviando sus obligaciones. Hemos pasado del autoritarismo de Don Francisco, padre y muy señor mío, prietas las filas; al padre permisivo que se convierte en Paco, Paquito y "mi viejo", sin detener el flujo del embalse cuando las aguas llegaron a su justo término medio, creando una generación de padres que a la hora de criar a sus hijos no encuentran referentes y toda una generación de menores que ha crecido con una ausencia total de patrones de conducta adecuados, sin imposición de límites o normas y en una desequilibrada combinación de estilos sancionadores y permisivos que dan lugar a que no acepte control de ningún tipo. Antes de la Constitución, los menores no tenían derechos; con ella, los adquirieron todos, pero sin obligaciones porque alguien, o todos un poco, enterramos el artículo 155 del Código Civil en que se detalla clara y llanamente que los hijos deben obedecer a sus padres mientras se encuentren bajo su tutela y respetarlos siempre.

Y esto es lo que no hay que dejar de transmitir a los menores, que también tienen deberes, y hay que exigírselos sin miedo a la posibilidad de regresar a la educación a toque de corneta que sus padres padecieron. Tenemos que devolverles la autoridad a padres y educadores sin temor a que esto se pueda convertir en una nueva dictadura, y darles a los menores la satisfacción de sus derechos exigiéndoles sus obligaciones. Que no parezca que es quererlos menos si no los protegemos del conocimiento de lo que está pasando, si no los criamos inmersos en una burbuja ajenos a la realidad de la vida. Que no sea éste el legado que vamos a dejar en un país que camina a golpe de ajustes y negativas. Que no quede un conjunto de ciudadanos que no saben reaccionar ante el fracaso o la desilusión, que se revelan en las pequeñas sociedades que son sus familias y que saldrán al mundo con esa misma incapacidad de canalizar el desengaño, entendiendo que la violencia es la respuesta a lo que no se desarrolla según sus deseos. Que sea una labor de todos.

 
"Primero se llevaron a los negros, pero no me importó, porque yo no era negro.
Un día vinieron y se llevaron a mi vecino que era judío, pero no me importó porque yo no era judío.
Luego se llevaron a los comunistas, pero a mi no me importó porque yo no lo era; (…)
después detuvieron a los sindicalistas, pero a mí no me importó porque yo no soy sindicalista;(…)

ahora me llevan a mí, pero ya es demasiado tarde.”

Bertolt Brecht.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Que nada sea gratis


Nos hemos convertido en una ilícita ONG de ayuda a los menos necesitados. Alguien debería ocuparse de analizar el gasto descomunal que crece a expensas de los bolsillos más pequeños traducido en subvenciones a partidos políticos, organizaciones empresariales, empresas, fundaciones, sindicatos, etc. Irónicamente, el gasto en subvenciones ha ido incrementándose desproporcionadamente en los últimos y peores años de nuestras vidas, y, a pesar de las ahumadas promesas de los políticos, el despilfarro sigue fluyendo como un río de abundancia.

Rescatando algunos números que flotan en una marea de despropósitos económicos, apuntaré que en el primer semestre del año corriente, el partido gobernante y la oposición se han agenciado veinticinco millones de euros en subvenciones para fines diversos o, lo que es lo mismo, sin justificar. Por si fuera poco, las fundaciones de estos mismos partidos han ido amontonando fondos en aportaciones del Estado por encima de los cien millones de euros. Entendemos que de este despliegue es de donde pagamos el desmesurado número de políticos que mantenemos en este país y del que ya hemos tratado, pero nunca se sabe.

Al lado de los partidos políticos y las fundaciones, tenemos el conjunto de empresas, algunas incluso cotizando en IBEX 35, que reciben su correspondiente subvención. El pasado año entre un grupo de treinta se embolsaron otros cien millones de euros del Ministerio de Economía (en tanto que las PYMEs van clausurando locales portal tras portal sin ayuda de ningún calibre). Y, junto a aquéllas, las Comunidades Autónomas. Hasta ésas que están intervenidas, recortando sueldos y despidiendo trabajadores, dedican parte de los recursos a proyectos sin sentido.

Sin embargo (y bajo a los pies de los caballos), sentados en la misma parada del autobús en que nos sentamos quienes no nos desplazamos en coche oficial, encontramos también individuos de nuestras mismas características chupando del bote con la desfachatez que les permite un lugar más humilde en la sociedad. Ayer mismo, esperando bajo la lluvia la llegada del transporte público, un chico con aires de que la ruina de estas navidades no va a ir con él se quejaba de que, con todo lo que paga a Hacienda cada mes, percibía una minúscula ayuda para el alquiler y que tenía que esperar lo indecible para cobrarla. Hubiera querido introducirme en la conversación (¡maldita educación de los años ochenta!) para preguntarle cómo era posible que pagando tanto a Hacienda mensualmente tuviera derecho a subvención de ningún tipo, pensando que si tanto paga cuánto cobra.

Al tiempo que día a día desaparece la clase media que sostenía esta tierra, todos esperan que la recaudación de impuestos revierta en su propia cartera olvidando al jubilado que hace cola delante de mí en una oficina de banco, contando las monedas exprimidas de su pensión de seiscientos euros, para pagar el recibo del suministro eléctrico que le han cortado mientras la sombra de Edward Murphy se arrastra a sus pies por el suelo de la sucursal.

Casi todos coincidimos en que alguien tendría que controlar este dispendio de subvenciones para evitar que la responsabilidad de salvar al país de la situación que atraviesa recayera exclusivamente en los trabajadores con esas archisabidas subidas de impuestos y bajadas de sueldos que llenan páginas y mentes atormentadas. No se puede consentir que una crisis que es de todos se pague exclusivamente con el sacrificio de los trabajadores que nunca contaron con los privilegios de que sigue gozando la clase política como si nada hubiera cambiado y que se convierte en un ejemplo de inconsciencia para todos. Pero…, ¿quién habría de ser el responsable de gestionar este chorreo de bondades que no tuviera parte alguna? ¿Qué mano inocente nacida en este país de sinvergüenzas y chupasangres podría manejar honestamente la caja de los contribuyentes?

domingo, 9 de diciembre de 2012

Ave, Caesar


La realidad se vuelve cierta en el momento en que toca a nuestra puerta o a nuestro corazón. Hasta entonces es una línea en el periódico, una imagen en la pantalla, un rumor que corre de bar en bar por las calles que frecuentamos, o incluso menos que eso si por alguna razón no interesa hacer pública una noticia. Hace relativamente poco que sabemos que el suicidio es la principal causa de muerte externa en España, al margen de las enfermedades. Hace unos meses se eludía la comunicación de este tipo de noticias por no caer en el “amarillismo”, porque no se resuelve nada o para evitar lo que se conoce como el “efecto Werther”. En 1774, la publicación de la novela de Goethe “Las penas del joven Werther” dio lugar a un elevado número de suicidios por imitación. El protagonista, desesperanzado por pasiones amorosas, termina con su vida pegándose un tiro, y cientos de jóvenes lectores siguieron sus pasos, algunos incluso vestidos del mismo modo. Sucesos como éstos alumbraron la cuestión de que el suicidio es contagioso y así lo demostró David Phillis, sociólogo norteamericano, quien realizó un estudio entre 1968 y 1974 observando que el número de suicidios se incrementaba en todo EEUU un mes después de que se publicara en portada la noticia de uno. El impacto de los medios de comunicación en el comportamiento social es innegable y por ello se consideró un ejercicio de responsabilidad ofrecer la noticia al público de una manera adecuada o, directamente, obviarla.

A día de hoy, esta realidad ha cobrado tal trascendencia que es imposible no mencionar que cada día en España se suicidan 9 personas, según registra la prensa escrita y las cifras de 2010 del Instituto Nacional de Estadística, lo que, porcentualmente, resulta ser una de las tasas más bajas de Europa. Y en la comparativa radica el problema. Porque es lo que conduce a algunos a considerar que 63 muertes semanales tienen que ser para todos algo normal o inevitable (olvidando, por otra parte, los intentos de suicidio fallido que aumentan este número a 30 diariamente). Sin embargo, llega un día en que el problema se nos acerca demasiado y es entonces cuando deja de parecernos una noticia más o una cifra sin alma. Esta semana llegaba una de mis compañeras, desencajada, con la noticia de que, mientras se acercaba a la oficina y justo detrás de ella, había caído un hombre desde la azotea del edificio (el segundo en este mes). No sé si estaba más impresionada por lo que había visto o por la posibilidad de haber ido dos pasos por detrás de sí misma y no haber tenido la opción de ver eso ni nada más. Y es entonces cuando todas nos planteamos: ¿cuántos casos como éste tiene que haber realmente en España para que en un solo mes veamos dos en la misma calle?

Los suicidios son una realidad, sí, y lo son en todas las sociedades, especialmente en las modernas. Vienen provocados por la imposibilidad de éstas de dotar al individuo de los medios necesarios para lograr sus metas en la vida, es la ruptura del equilibrio social. Pero en la coyuntura actual, a esta realidad se suma la de arrebatar al individuo aquello de lo que se ha dotado a sí mismo con su trabajo, sin responsabilidad por parte de nadie. Y yo me planteo, si el Estado, la sociedad, los bancos, Europa… fueran capaces de reducir tan sólo uno de los suicidios de esta lista infame de 9 diarios, estaríamos evitando 365 pérdidas al año, cargas descomunales para cientos de familias que no se van a recuperar sin un apoyo que no existe. Los suicidios en que el detonante son las causas económicas son una evidencia y es una obligación urgente redefinir los objetivos y acciones de prevención. Pero tan evidente como resulta esto para mí lo es también que, estando como estamos viendo el tren pasar por la llanura, ésta sea otra alarma social más que no llega con la fuerza que debiera a los oídos de nadie.

viernes, 7 de diciembre de 2012

El "síndrome de la Moncloa"


España es un fregadero con un enorme agujero en el fondo por el que se nos escapan los recursos a cuenta de la legión de mantenidos que todos sabemos que poco aportan. Un reciente estudio elaborado por tres asesores de la Presidencia del Gobierno (que irá de la impresora a la basura) revela que España es el país europeo con mayor número de políticos con cargo público per cápita. Haciendo una comparativa por concretar e ilustrar mejor la cuestión, me remitiré nuevamente al ejemplo germano (por lo que pesa y porque me da la gana) y señalaré que Alemania, con casi 82 millones de habitantes, cuenta con 150.000 políticos pagados por el Estado. España, dicho en palabras que hubiera podido escribir un desarraigado Dámaso Alonso, es un país con 47 millones de cadáveres (según las últimas estadísticas) y con 445.568 políticos a cargo del erario público. Mientras que en Alemania hay un político por cada 554 habitantes, en España tocamos a uno cada 104 para que, cuando nos dejan sin trabajo, vayamos a comer a casa de nuestros padres en lugar de a las suyas.

Aparcando un rato el sarcasmo (de todo punto inevitable), y ya que son ellos quienes nos han hecho fijarnos en otros puntos de la geografía Europea en su carrera por la recaudación, reconozcamos todos que el mayor problema que afecta a España como país y como economía es precisamente el exceso de cargos políticos que el Estado tiene que mantener. Si aplicáramos los recortes los ciudadanos y sin dejar de ser justos (no como ellos), a la vista de las cifras anteriores, y considerando que un español no le supone más trabajo administrativo a un político que el que pueda suponer un alemán, España tendría que funcionar (si Alemania lo hace, en su misma proporción) con 86.600 políticos. Es decir, que sobran 358.900 cargos políticos en este suelo que sangre, sudor y lágrimas nos costó reconquistar.

En un mundo justo y un país “políticamente correcto”, esta medida supondría, según el cálculo que se infiere tomando como base el sueldo medio de un cargo público de estas características, un ahorro de 30.000 millones de euros al año, lo que se traduce en una reserva más que suficiente para que la peor parte de esta crisis dejara de ser tan dañina y abusiva como está siendo.

Está más que claro que España malvive infectada por una marea inmensa de parásitos que nos despojan de los presupuestos de sanidad, educación y demás prestaciones sin aportar valor y que obligan a toda Europa a tratar acerca de un rescate que dejaría de ser debate de primera plana si las disposiciones fueran otras. Sin embargo, y a pesar de que esos asesores que pagamos también nosotros, alumbran un sendero fácil para todos los calzados, para ellos sigue siendo mucho más conveniente tomar el camino angosto del sacrificio y la incertidumbre de otros e intentar no manchar sus botas en el barro, si es menester, pisando la cabeza del pueblo con el zapato indecente de la injusticia antidemocrática.

 

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Parémonos


Estamos deshumanizados. Cada vez que aparece en los medios de comunicación la cifra del paro, recibimos una puñalada trapera en la espalda de la conciencia, pero que dura cinco minutos. Al sexto, se ha convertido en un número sin ninguna connotación, una mera cifra estadística, y volvemos a nuestros quehaceres mientras los nuevos parados se ahogan junto a los antiguos en esa piscina de ostracismo en la que los hemos invitado a darse un baño.

Así es como España se ha dividido en dos grandes grupos: los que trabajan y los que no; y no debería parecernos ésta una segmentación menos dolorosa que otras. Esta conciencia debería ayudar a asumir nuestra parte de responsabilidad por permitir a este Gobierno que actúe al tuntún o movido por otros intereses que no nos tocan. Porque decide tomar medidas, por tomar algo, y reduce de lo irreducible y se saca una reforma laboral de la manga basada en la paradoja de que creará empleo dejando sin empleo a cientos de miles. Porque defiende que estas disposiciones son necesarias de camino al crecimiento, como el que no les da de comer a sus hijos con el prehistórico argumento de que cuando sean padres comerán huevos. Porque ha llegado un punto en que le damos la razón como a los locos y porque así no se crece. Pero nos limitamos a desviar la mirada a derecha e izquierda, a Grecia y Portugal, y a echar balones fuera.

Vamos a ver, señores míos, ¿pero qué pretenden que creamos que va a crecer en un país que empieza a sustentarse en la mendicidad, en un país sometido a vivir en penuria y reprimido en el consumo porque no ve el fin de la tortura? Lo único que puede crecer es el pesimismo y la cobardía. Y, aunque existiera la variable del aumento de algo que no fuera el desempleo, el paro subsistirá desde el momento en que no se están abriendo salidas porque (y vuelvo al tambor) tenemos unos políticos mediocres que no se están ocupando del trasfondo real de esta crisis que se perpetúa: el artículo 35.1 de la Constitución, el pacto social sobre empleo. Porque, o somos tontos todos, o son tontos sólo ellos al no tratar de encontrar una vía, pongo por caso, en la montonera de pisos vacíos de que dispone el Estado desde la nacionalización de ciertas cajas, que se le van a llenar de ocupas y que podrían ocupar con la lista de miles de aspirantes a la adjudicación de un piso en alquiler con o sin opción a compra, y emplear esas rentas en crear industria, que es lo que nos falta para echar a andar; o atraer empresas extranjeras con el arte de las empresas de telefonía: lanzando una oferta de establecimiento con una tasa de impuestos reducida los primeros años y un contrato de permanencia por un período superior al de la rebaja y bajo la premisa de que un alto porcentaje de la plantilla tuviera que cubrirse con trabajadores españoles desempleados; o, en fin, dimitir todos (políticos y políticas –de reducción-) y evitar el gasto de estar por estar, como el jefe que no acude un día al trabajo consiguiendo que se convierta en el día más rentable porque no consume luz en su despacho. Cabría esperar que hicieran (o dejaran de hacer, pero sin cobrar, que ésa es otra), en definitiva, algo que aporte un poco de cordura a este rosario de estrecheces y miserias que acaba con la paciencia del más amodorrado, por Dios bendito.

Pues nada, allí los tenemos, como el wonderbra, engañando a los de fuera oprimiendo a los de dentro, mientras la cifra de desempleo suma y sigue en la recámara del olvido y el falso duelo de quienes permanecemos impasibles ante las víctimas de tamaña injusticia.

Nota: Pido disculpas por la concatenación de engorrosas sentencias a que someto al lector en estas lides, pero se me acumulan las protestas sobre la indignación.

Nota 2: Rajoy cumplió un año en el Gobierno y es lo único que cumplió.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Amnesia


 
Empachados estamos de ver cómo el Gobierno español convierte la deuda contraída por bancos, entidades inmobiliarias, etc. en una aplastante deuda pública provocando una quiebra social que hay quien cree que habrían de aguantar estas entidades privadas. Se justifica declarando que deben acceder a estas ingratas soluciones por presión de los mercados pasando por encima de la costosa papeleta social que admiten sin vergüenza desde el momento en que reciben el aplauso de Europa, que es el único al que aspiran. Sin embargo, de lo que adolece este Gobierno, entre otras cosas, de una forma imperdonable es de una falta de memoria o de conocimiento que no le permite colocar a nuestro país en su lugar ni dentro ni fuera.

No me extenderé con engorrosos capítulos de Historia que siempre huelen a muerto; baste decir que los dirigentes alemanes, bajo el argumento de “mi pueblo tiene que comer”, tardaron 90 años en pagar una mínima parte de la deuda millonaria contraída con Europa por provocar dos guerras mundiales. Teniendo en cuenta además que Alemania, el país que hoy se erige como paladín del rigor fiscal, desde la firma del tratado de Maastricht, rebasó los límites del déficit y la deuda de la zona euro en 14 ocasiones, mientras que España no lo hizo nunca antes de la actual crisis financiera, si no de otras lecciones, sí podrían ser ejemplo de proporcionarles a sus gentes el derecho de cubrir las distintas jerarquías de la pirámide de Maslow en el orden en que fueron observadas.

Nuestro Gobierno, de todo lo que podía decidir, decide aumentar el índice de nuestros impuestos tomando como ejemplo la forma de proceder de otros países de la Unión, pero no asumen el carácter de otros para atender el hambre de los suyos, adecuándonos a concebir la democracia tal y como la sufrimos, y no desde la exigencia de que nuestros políticos deberían comunicar en todos los foros la postura de sus votantes, ser los defensores de nuestros derechos y nuestros más fieles representantes, conocer el pasado para argumentar el presente y no flaquear ante el cumplimiento en riguroso orden de la teoría de la motivación humana.

La diferencia entre las expectativas y la realidad en relación con la satisfacción de necesidades es lo que ha creado este desequilibrio social que nos aboca al conflicto dentro de nuestras propias fronteras. Los políticos de este país se han encastillado en sus propias posturas creyéndose poseedores de la representación absoluta y regalándonos la limosna de poder ejercer un voto constreñido cada cuatro años. Resulta inaudito que no sean capaces de escuchar a los ciudadanos ya que está llegando un punto en que es tal el descontento por parte de la sociedad que se corre el riesgo de que se reniegue de todos los dirigentes como norma general. Ellos escalan en sus posiciones ajenos a lo que sucede más abajo, sin escuchar ni contrastar lo que el pueblo quiere o necesita, y todo da igual. La máquina de esta democracia continúa demoliendo los días y los años. La hemos convertido en un cuadro de despropósitos e intereses individuales en el que nadie avista el horizonte ¿Dónde está esa grandeza de Estado que sólo podemos añorar…?

¡Qué tristeza!

sábado, 1 de diciembre de 2012

No fiamos


Lo que es noticia, es noticia. El Rey está pocho y recibe como cualquier español más la visita de sus familiares (incluidos los agregados) en sus dependencias hospitalarias. Unos y otros han ocupado portadas, páginas interiores, mentes periodísticas, lugares comunes y el salón de mi casa desde la pantalla del televisor con el vergonzante descaro de quien se aventura a creer que ya se nos habrá pasado el mosqueíllo por esa ciencia exacta basada en el aplastante axioma que reza: el tiempo todo lo cura.

Allí estaba ese Urdangarín de nuestros desvelos como llegado de un mal sueño y, lo que es más indignante, como uno más sin más. Lo vimos entrar en la clínica y nos lo imaginamos (porque en España comemos humor, si no, no hubiéramos sobrevivido hasta nuestros días) introduciéndose en la habitación de Su Majestad con un elefante de peluche y la sonrisa de quienes hace un par de semanas que no se toman juntos un café de media tarde. Pero, muy a sus pesares, los españoles tenemos memoria, y recordamos ese mensaje de Nochebuena que sonaba de fondo mientras poníamos la mesa para cenar, en que SM, el Rey, repudiaba la conducta de quien ya le había robado el corazón a su hija. La justicia, si no el lujo de la oportunidad, es igual para todos, dijo, y será ella quien ponga nombre y castigo a las presunciones que empezaban a hartarnos.

Ciertamente, la justicia se hizo oír y Urdangarín hubo de regresar, tras hacer las Américas, a dar cuenta de sus actividades en un proceso que hizo correr ríos de tinta y que se nos antoja, cuando menos, largo hasta el enojo. El duque consorte ni se molestó en disimular, solicitó el estudio de la prescripción de posibles delitos fiscales cometidos hace nueve años, lo que, en definitiva, es una forma de admitir. Con todo y eso (sujétense la mandíbula) ahora nos encontramos con que, tras la solicitud por parte del fiscal de una fianza que habría de cubrir el mangoneo más una sanción de un 30%, el conseguidor desaloja su palacete para entregarlo en lo que, a los efectos, es una dación en pago, que para sí quisieran quienes, gracias a este elemento y a otros muchos de su misma estatura, ya no pueden hacer frente al pago de la que fuera la única vivienda para sus hijos, que manda narices. Y ¿dónde está la pasta? Échenle un galgo.

En resumidas cuentas, esto está pasando de la sartén a las brasas. El Gobierno, la casa Real y el sursum corda hacen la vista gorda con esta ristra de chorizos (urdangarines, gúrteles, etc) que, no sólo no pagan impuestos, sino que se han llevado crudo el montante de nuestros tributos a vacacionar en paraísos fiscales con total amnistía; mientras castigan al ciudadano con reformas laborales, incrementos impositivos y otras penas contra los derechos fundamentales haciéndole pagar culpas por estafas que no cometió. Este es un país de paguen justos por pecadores, el país de la depravación y la injusticia, el de un gobierno que mariposea en la palabra pretendiendo que los ciudadanos humillados vivan en la conformidad y la resignación. Mientras unos cuentan el céntimo para comer y dormir, otros se les parten de risa al amparo de sus crecidas fortunas. Estos profesionales de la trampa impune son los que han colocado a España en el desfiladero del desastre. Señores, hagamos llegar el día en que esta pandilla de afanadores salga del país a gorrazos para dejarnos vivir en nuestro sitio, el que pagamos y levantamos nosotros con el sudor de nuestra frente.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Huelga la integridad


La hipocresía es el fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan, según el diccionario de la Real Academia Española, padrenuestro de la lengua oficial de este país. Digamos que es un tipo de mentira o pantalla de reputación que hace las veces de tarjeta de visita para aquellos que, en el fondo, necesitan tanto engañarse a sí mismos como engañar a los demás, pudiendo convertirlo en todo un arte, y a los hechos me remitiré para probarlo. El sentimiento que esta actitud despierta, en primer lugar, es un sentimiento de rabia si en algún momento hemos podido caer en el engaño y, en segundo término, de repulsa por cuanto poco se puede esperar ya de quien actúa, por defecto, cimentando sus principios en la mentira.

Hace dos semanas, fuimos testigos todos y partícipes algunos de una huelga general nacida, en origen, como respuesta a la indignación que, a ritmo de taquicardia, golpea en nuestro interior desde que se aprobó la última reforma laboral. Los sindicatos vapuleaban nuestras conciencias haciendo un llamamiento para sacarnos a la calle a desahogar esa impotencia al grito de ¡basta ya! Aporreando puertas abiertas a su paso, invadiendo sucursales bancarias para expresar en ellas sus más hondos sentimientos, ocupando las calles para poner de manifiesto el sentir popular, justificaron la jornada y un sueldo (el suyo) que, a pesar de la juerga mañanera, no verán mermado a fin de mes.

Hace dos días, se celebraba una nueva concentración a las puertas de la sede del sindicato de UGT para expresar una nueva protesta. Al tiempo que aquellos sindicalistas barrían las calles con sus pancartas denunciando el abuso que supone frente a los obreros la aprobación de la susodicha reforma, veintiocho trabajadores fijos de esta organización sindicalista eran despedidos de sus puestos de trabajo (y cito textualmente a las fuentes de esta sección sindical) "aplicando estrictamente la reforma laboral, con indemnizaciones a 20 días por año trabajado y un tope de 12 mensualidades", es decir, bajo el paraguas de la legalidad, de la impunidad y de la más absoluta y descarada hipocresía.

Es bien sabido que el gobierno, burla burlando, prepara otra batería de recortes que aplicará a la voz de ya de nuestros gobernantes europeos, y que apretarán un poco más el cinturón de nuestra ahogada economía. Y ya es bien sabido también que no estoy en absoluto de acuerdo con las medidas que se están tomando desde estos asientos políticos movidos por hilos. Pero, llegado el caso, y al plantear un nuevo frente de lucha y de repudia, ¿serán los representantes del antes mencionado sindicato quienes pretenderán levantarnos de nuestras sillas para acompañarlos en una nueva defensa de nuestros derechos? Pues, señores, como ya le hice saber a mi vecina a la tierna edad de seis años: yo al colegio, si tengo que ir, voy, pero de la mano de mi madre, que de usted no me fío.

domingo, 25 de noviembre de 2012

La tienda de al lado


Volvía de vacaciones (ya sé que no parecen fechas) y andaba enfrascada en la lectura de una de estas sagas resueltas poco a poco y en varios volúmenes muy apropiadas para el fin del antedicho descanso. A mitad de mañana de mi último día de asueto, di con la contraportada de la primera de las entregas que me dejó con ese nudo en el estómago que sé bien que no desharé hasta que me haga con la continuación. Viviendo como vivo lejos del mundanal ruido y, por ende, de muchos de los servicios que lo causan, la vía que me restaba menos tiempo era sencillamente bajar a La tienda de al lado rezando por encontrar el remedio de mi angustia.

Me recibió el desinteresado interés del mismo chico que suele doblarme los periódicos del domingo y al que nunca he preguntado su nombre por esa vergüenza que cada día más marca las distancias. En cuanto hice mi solicitud, abandonó el mostrador, parapeto de otros empleados en grandes superficies, para mantener una conversación literaria conmigo, poniendo en relación unas obras con otras en un improvisado ejercicio de crítica poética, que me hizo olvidar la prisa que traía y que pretendía llevar. Pensé que, de haber recordado que todavía quedan lugares de cercanía y ensueño como éste, tendría que haber bajado tres cafés; mientras, con una sonrisa que te la llevarías a casa, la que, en un exceso de confianza en la suposición adivino que es su madre, envolvía mi adquisición con el cariño y la dedicación que sólo ejercen bien quienes ostentan en propiedad un negocio de proximidad.

Si alguna vez me he perdido por los pasillos de un centro comercial buscando satisfacer ese mismo afán de conocimiento, nunca nadie me acompañó en la soledad de mi afición lectora, si acaso me dirigieron desde sus posiciones al último lineal al fondo del pasillo con el desamparo del más absoluto anonimato a encontrar por mí misma algún tesoro escondido. Así y todo, aún nos cuesta reconocer que lo que dota de otro sentido a nuestra vida comercial  es ese chico de la tienda del barrio que renuncia a su lugar para ponerse en el nuestro, que nos regala su tiempo en nuestro paseo por la calle que fluye bajo las ventanas del bloque, que convierte nuestra compra en algo mucho más allá de la mera transacción, que rompe con el abandono y la incomunicación en que vivimos a veces muchos vecinos.

En estos tiempos que nos pasan por encima, esa tienda que sostiene el edificio bucea flanqueada por una chocolatería que ya tuvo que cerrar y la esquina del inmueble, y enfrentada a un establecimiento chino, que se hará imperecedero, pero que nunca terminaré de considerar una tienda de barrio (de barrio español). Así, con la valentía y la entrega que otorga el amor por lo que es nuestro, es como abre su puerta todos los días y nos invita a entrar para acercarnos como nadie el juguete tradicional, la última novedad literaria, la prensa de hoy y el trato familiar de siempre. Y nosotros, que no siempre valoramos lo que significa que luchen aquí mismo por la supervivencia armados de afabilidad, seríamos unos inconscientes al permitir que nuestras calles se despoblaran de pequeños rincones como éste, que derriban los muros de nuestras propias viviendas ampliando el salón hasta la trastienda de la tienda de al lado.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Razones tenemos todos


La crónica social de nuestros días nos la sabemos todos de memoria: de esta, no salimos todos porque no llega para todos. Y soluciones no encontramos porque parece que no las hay. Robar está prohibido por equitativas que queramos volver las cosas; trabajo no hay ni va a haber; la violencia está penada y morirse resulta demasiado caro. Y el mayor de los problemas nace de nuestro propio espíritu bizarro español, y es que todos tenemos siempre razón por serlo, incluso cuando no la tenemos.

Los jueces, porque los obligan a aplicar así las leyes.
Los que no creen en la justicia, porque no se lo permiten.

Los que estudian, porque no queremos un país de incultos.
Los que no estudiaron, porque tenía que haber de todo.

Los funcionarios, porque les quitan lo que era suyo.
Los trabajadores de la empresa privada, porque les quitan lo que era suyo.

Las amas de casa hacen lo que pueden con lo que ganan sus maridos.
Los cinco millones setecientos mil, la cosa está así.

El 25% de la población, porque no puede comer.
El PSOE, que no se podía hacer mejor.

El PP, mire usted, porque con la hamburguesa pegada a la chepa no hay quien se concentre.
El Rey, que no está ni se le espera.

Los banqueros, porque ellos se dedican a eso.
Cuarenta y siete millones de españoles, indignados con la subida de impuestos y la bajada de sueldos, y con razón.

Los pensionistas, y qué quieren que haga yo a estas alturas.
Los ahorradores, haber ahorrado tú también.

Los que están forrados, porque esto no va con ellos.
Los terroristas, porque es que es pa´ matarlos.

Los desahuciados.
El jefe de mi prima, porque, si yo estoy perdiendo dinero, cómo les voy a pagar a los trabajadores, vamos a poner un poco todos.

Urdangarín, porque no iba a quedarse en casa sin hacer nada con cuatro hijos que tiene.

Tú, que tendrás tus razones y yo que, cómo no, también tengo las mías. No podemos negar que es una cuestión de genio español, de defender el terruño, de liderazgo, de mearse en el plato porque es mío. Con el mismo denodado arrojo, somos las más de las veces incapaces de reconocer los argumentos ajenos para mostrarnos su verdad, por lo mismo que le restaría fiabilidad a la nuestra. Y, sin embargo, nos creemos, nos hemos creído durante siglos, un país inquebrantable, una unidad indisoluble, un sólo linaje, aquella patria en la que por un día no se puso el sol.
Pero esa madre patria hoy se nos resquebraja por la línea de los independentismos y de las razones individuales, y mucho me temo que ni las fuerzas más tradicionales sean capaces de acallar esa autonomía que siempre nos caracterizó en el fondo. Así las cosas, no me queda más que reconocer que, a la postre, tendremos que aflojar la gallardía y sucumbir a los deseos particulares y que tampoco, ni unos ni otros, podremos considerarlo una victoria o una derrota. Todos habremos de asumir que tan sólo es la vida, el devenir de la historia, porque, como escribió Shakespeare, “el pasado es un prólogo, la verdadera historia comienza ahora”, y, como dice un amigo mío, “es mejor un futuro en concordia, que un presente en permanente conflicto”.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Tiempo al tiempo


Eran aquellos años 80, eran aquellos maravillosos años con veranos de tres meses dedicados a la ensoñación, eran tiempos de vivir despacio y dedicarles a los asuntos más personales el tiempo que no requerían esos días de soluciones manuales. Recuerdo mañanas enteras de lectura  ante la puerta de entrada a los Pirineos dejando las horas caer mientras pirateaba el último de Mecano con la inocencia sana de un radiocasette de doble pletina, esperando la llegada del cartero, todo pausa y ganas de conversación, trayendo en sus manos el tesoro del día.

Aunque a día de hoy todavía no llegue la línea de ADSL a algunos rincones de montaña, entonces, por no tener, no teníamos ni línea telefónica, y tres meses, tras una lacrimosa despedida en el patio del vecindario, eran toda una vida para el cálculo relativo de una mente de doce años. Pasada una semana, esperaba con ilusión los frutos literarios de aquel último abrazo en el portal que me prometió un pensamiento todos los días. Y llegaba, de manos de don Manuel, que nos conocía a todos por nuestros nombres y nunca equivocó un envío, que iluminaba nuestro tedio estival con su perenne sonrisa y las palabras escritas por otros, que me acercaba la dedicación que mis amigos de entonces me brindaban y la oportunidad de emplear la tarde en responder a esa ilusión.

Qué distinto era ese tiempo que hemos perdido en el afán por aprovecharlo. Entonces disponíamos de él para escribir a mano y lo estirábamos en función de lo que podía esperar la persona a la que iba dirigida la carta, conscientes de que ese tiempo no dependía tan sólo del escritor sino que se alimentaba además de los cuatro días que el correo necesitaba para llegar hasta el receptor y que aumentaba con la posibilidad de que descifrar el escrito requiriese de más de una lectura para llegar a dibujar las palabras que no se querían escribir pero que sí se querían decir. Y, durante toda esa cantidad inmensa de tiempo, se era intensamente consciente de la distancia, de la magnitud esférica de la Tierra, de la disponibilidad infinita de ese tiempo. Y todo adquiría un carácter más singular, tenía más importancia, era más acorde con la lenta rotación del planeta. Disfrutábamos de cada segundo del proceso escribiendo, leyendo e imaginando. El tiempo obsequiaba con cada instante.

El momento en que vivimos me lleva a pensar que, junto con todas sus ventajas, en el progreso anida siempre una pérdida a la que somos insensibles porque no incide directamente en aquellos objetivos que perseguimos. Pero a mí, personalmente, hace ya mucho que me faltan esos días, anteriores al agobio que trajo consigo la modernidad, de lectura y escritura amanuenses en que la amistad se reforzaba con la obligación moral de permanecer en contacto vía correo postal, esa certeza de que alguien en otro lugar leía y escribía para mí sin perderse en la doble tarea, esa ilusión de ver llegar a don Manuel con el sobre manuscrito y la impaciencia por llegar a casa para devorar el contenido del envío.  Nunca nadie dejó de responder a una sola de mis cartas, y hoy son innumerables los e.mails enviados que atesoro y que nunca sabré si leí sólo yo.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Pluriemplearse y morir, o morir


Es increíble a lo que la gente ha dedicado y sigue dedicando su tiempo con el respaldo de una nómina, que sale en muchos casos de bolsillos mucho más necesitados o, por lo menos, no entra en ellos. Todavía existen “equipos de científicos” que se ocupan de asuntos tan pintorescos como realizar una consulta entre un conjunto de veintitrés mil ciudadanos europeos (al loro con el despliegue) para concluir que la inseguridad laboral incrementa el riesgo de tener problemas psíquicos y físicos. Pero no sólo eso, a la luz que arrojan los datos, son capaces de afirmar que esta preocupación puede llegar a afectar (ojito, responsables de recursos humanos) a nuestro nivel de productividad. Y, ahora sí, eso es todo. A estas mismas conclusiones he llegado yo cualquier lunes a las siete y cuarto de la mañana hablando cinco minutos con mis tres compañeras de oficina, la de la panadería de la esquina, que entra a hornearnos el almuerzo, y el del bar de al lado que vuelve calentito por la pena de Murcia que le acaba de relatar la que le ha suministrado los periódicos del día como si no tuviera uno bastante.

Cierto es, y tan cierto que algunos andamos haciendo cuentas para ver cómo podemos incrementar el número de horas del día para salvaguardarnos las espaldas. A mí personalmente, hoy y tras largas horas de ajustes matemáticos, se me presenta la necesidad de contar con veinticinco horas diarias a sabiendas de que le deberé una hora a cada día y con el firme propósito de devolverla si la cosa se pone fea. Esta mañana me han hablado de la posibilidad de hacerme cargo de lo que no es seguro que pueda llegar a ser una oferta de empleo real. De manera que no puedo abandonar la empresa para la que he trabajado hasta hoy porque no tengo una seguridad fuera, y tampoco me atrevo a decir que no a la nueva proposición porque no tengo una seguridad dentro. Así es que estoy pensando seriamente en pluriemplearme (no lo diré muy alto). Lo que aún no tengo muy atado es cómo voy a trabajar doce horas al día, asistir a mis clases de inglés, ocuparme de las tareas del hogar y atender a mis necesidades básicas sin perder a mi familia, mis amigos, más peso o el pelo.

Tengo que reconocer que esta disyuntiva a mí me llega sobrevenida, aunque el hecho de que me lo plantee sí es fruto de la situación actual, pero es alarmante pensar que hay un exagerado número de casos en que la opción de la pluriactividad es una necesidad real porque el nivel adquisitivo se ha reducido considerablemente en los últimos años. Dicen que el 54% de los demandantes de empleo lo que demandan en realidad es un segundo empleo y dicen además que hemos alcanzado la cifra de 5,7 millones de parados. Como he pasado la tarde haciendo cuentas y estoy en racha de desesperación, me he permitido un momento para hacer unos números más y, si la matemática básica no me falla y es cierto que el 54% de los demandantes ya tiene empleo, los 5,7 millones de parados son el 46% de los demandantes que restan, de modo que sumando ambas cifras, se me salen los ojos de las cuencas al resolver que hay 12,4 millones de españoles buscando trabajo.

Por tanto, no me queda otra que apuntar, a voz en grito ahora sí, que, desde mi humilde punto de vista, estas cifras sí son dignas de un estudio detallado que concluya que existe un claro indicativo de que el mercado laboral es una pena mora para liarse a guantadas ya mismo, y que hay que invertir sin más demora en tomar medidas efectivas en lugar de estudiar sandeces o buscar al culpable de quién fomentó el endeudamiento excesivo en época de “vacas gordas” porque el pato hoy lo estamos pagando todos y a precio de caviar.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

¡Buen provecho!


Hablando de comer, hace unos días leí un artículo a propósito de la alimentación a la que estamos sometidos inconscientemente desde que el gigante chino puso el primer pie fuera de las fronteras orientales. Parece ser que determinadas instituciones que laboran con gesto atónito y conclusiones acalladas, han descubierto que los citados pekineses dándole una vuelta más de tuerca al trillado esfuerzo por minimizar costes ya mínimos de partida, nos traen hasta la cocina de casa elaborados productos cuya materia prima en algunos casos cuesta dilucidar.

Los consumidores finales, nosotros, confiados por la existencia de un control que se presupone y que se imagina resumido en una larguísima etiqueta que no leemos (porque no se lee en este país) y que corona todos los artículos del lineal, consumimos todo lo que se nos ofrece sin atender demasiado al hecho de que la UE sólo obliga a incluir la procedencia de lo que nos venden en el precinto de los productos frescos. De manera que, si compramos guisantes frescos (no sé si alguien ha comprado alguna vez guisantes frescos más allá de Luis XIV), en la etiqueta obligatoriamente nos informarán de que las pelotas verdes se han traído, pongo por caso, de Sicilia, pero, si compramos guisantes congelados, se nos informará de los grados de conservación del producto, pero no hay por qué detallar el origen de las pelotas. Se ha dado el caso de unos en concreto, verdes como la envidia (hasta aquí, pasen), de los que más tarde fue por todos sabido que provenían de China, que al cocerlos perdían el tinte en la cazuela y se tornaban blancos. Por lo visto eran una suerte de anisetes teñidos no muy aptos para el consumo diario. Pero aún es más, estos genios mandarines han dado con una solución pócima en formato de  polvos con la que aderezan carne de cerdo para hacerla pasar por ternera, y son capaces de fabricar huevos sin que nos enteremos (y, cuando digo fabricar, me refiero a conseguir el huevo sin gallina de por medio, lo que, por otro lado, da respuesta a la pregunta que llevamos siglos sin responder sobre qué fue antes).

Tanto es así, que existen en su amarilla producción dos líneas diferenciadas: la que nos envían a los que siempre los hemos mirado de frente y con los ojos bien abiertos,  y la que destinan sólo a la alimentación de los suyos, ésos de mirada entrecerrada, los que parecen sospechar de todo…

En suma, que la cuestión alimenticia en el primer mundo se acerca a unos extremos en que más nos valdría masticar los geranios del balcón y llevar a nuestros hijos a pastar al parque que cocinar en casa, en un intento desesperado por recuperar algo de nuestra malquerida y destituida dieta mediterránea, y desde el momento en que sabemos que hemos pasado del pollo de corral al pollo transportado desde la cuna del sol en maletas introducidas en contenedores sin refrigerar, pasando por el pollo alimentado con harina de sábalo del río de la plata contaminado con metales pesados.

El artículo que sacó del baño María de mi puchero la realidad de mis digestiones y que me obligó a adorar una vez más el modesto huerto de mi padre, concluía citando brevemente algunos casos conocidos de envenenamiento con complicaciones sobrevenidos desde esas oníricas plantaciones de arroz que bañan el paisaje asiático de formas y colores diversos. Afortunadamente, este tipo de situaciones ya ha provocado reacciones de protesta entre un buen número de ciudadanos europeos que aboga por la concienciación a favor del agricultor y ganadero de métodos tradicionales que ama y cuida la tierra, el animal y el plato con la misma veneración, sin embargo, mucho me temo que, tal y como se nos están poniendo las cosas, estos valientes de mirada franca se van a tener que comer la pancarta.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Mañana, bocadillo de hormigón


La realidad que se pinta ante nuestros ojos no nos deja lugar para afirmar sino que a día de hoy no hay trabajo: las empresas cierran o recortan personal, la fila a las puertas del INEM se alarga en la misma proporción que los días, y existe toda una generación de nuevos talentos alentada a abandonar este país que se nos va a pique por la Punta de Tarifa. Y, sin embargo, yo (y cuántos como yo) estoy trabajando más que en todos los días de mi vida. Es cierto que el cierre de persianas a lo largo y ancho de la urbe ha recortado cierto número de puestos de trabajo, pero la excusa ha servido a muchos también para meter la tijera donde la tela ya estaba bien ajustada a la medida de las cosas. Personalmente, creo que no es éste tanto un problema de falta de trabajo como de falta de recursos o de buena fe en la mayoría de los casos.

En el último mes y en horario laboral, con el fin de ir sorteando las zancadillas que el afán recaudatorio de los que son bien conscientes de que “cualquier tiempo pasado fue mejor” va sembrando en el delicioso caminar de una PYME a merced de los vientos de ayer y de hoy, estoy visitando las mejores capitales de provincia, maletín en mano y sonrisa sobre la indignación. Y lo malo no es tener que asumir labores que surgen y se multiplican de un día para otro como setas en el enfangado monte mercantil, lo que me extirpa las tripas por la boca es regresar a comprobar que no hay nadie que haya hecho lo que yo tenía que haber hecho en realidad, lo que anoté en la agenda antes de saber que surgiría un viaje no programado, lo que es, en el fondo y no en la forma, un puesto de trabajo más.

Por otro lado, es innegable que las empresas enmarcadas en un determinado sector (que no todas) han ido perdiendo capital en los últimos cinco años debido a que los servicios que prestan se han ido devaluando en virtud del inevitable desequilibrio entre oferta y demanda. Tal vez, porque hemos plagado las calles de competencias duplicadas provocando un giro en la pirámide del coste de las necesidades que a día de hoy nos obliga a recortar la sustancia del plato. Hemos actuado contra natura y ahora tenemos mucho de lo que no hace falta y poco del pan nuestro de cada día. Una vez, tuve un excelente profesor, práctico como ya no se encuentran, preclaro como entonces ya escaseaban, que trató de inculcarnos (sin éxito, a la vista está) que no había otra ciencia, otra verdad, sino la que la naturaleza exponía ante nuestros ojos. El mundo, decía, nos brinda mucha agua y poco oro porque necesitamos el agua para beber y el oro para nada. Sin embargo, el hombre valora más lo que no tiene y poco aquello de lo que le sobra. Así es como nos hemos centrado en desarrollar esas necesidades sobrevenidas olvidando las básicas, y así es como hemos incrementado el precio de lo que es innegable día a día y depreciado aquello a lo que dedicamos nuestros esfuerzos en balde (aunque oxigena constatar que ya es una realidad el hecho de que la gente está regresando a los pueblos para vivir de su tierra).

Por eso, nuestras empresas no salen del hoyo del endeudamiento; por eso, nos dejamos la sangre desarrollando el trabajo propio y el del que hace fila en la oficina del INEM de enfrente; por eso, la cesta de la compra se encarece por momentos mientras nuestra labor se paga cada día más barata y, por eso, no nos queda otro camino que tener, ante el vicio del abuso o del remedio de recoger en una silla lo que deberían ser dos, la virtud de no quejarnos por lo que me temo que en breve será una silla vacía más y una persiana abierta menos.
Carpe diem et noctem

martes, 30 de octubre de 2012

Tener arte o ser parte


Hay quien dice que solo podemos solucionar aquello en lo que somos parte, por lo que, si queremos una solución, tenemos que ser parte del problema. Sin embargo, esta máxima funciona literalmente al contrario en un proceso judicial. Parece ser que, si eres parte procesal, ya puedes haber matado a Manolete y presentarte ante el juez con la cornamenta puesta y aún tintada de rojo, que se te permite negar la mayor y hacer responsable a tu marido de lo que llevas en la cabeza. En otras palabras, estás exento de la obligación de decir la verdad, lo que se traduce en que la defensa que hagas de ti mismo le resbala tanto al juez como la toga que lleva puesta, es decir, hasta los tobillos. La solución a tu problema en estas circunstancias tan toreras pasa por llamar a declarar a un testigo “imparcial” que te saque del atolladero y sacudir las manos, porque es sobre él y no sobre ti sobre el que pende el delito de perjurio como una espada de Damocles de doble filo.

Recientemente (todo nos toca menos la lotería) he sido citada para testificar en un juicio del que, por supuesto, no era parte alguna. Dejando a un lado la subjetividad y los otros juicios (los de valor) inevitables sobre la posesión o no de la razón por parte del imputado, porque no te citan para dar tu opinión, el marrón te saca a patadas de la cabeza cualquier otra idea que pudieras estar rumiando para apoderarse de tu sistema nervioso. Empezando ya por la recepción de la citada citación (permítaseme) en la vivienda particular de la que suscribe, porque una carta del juzgado te deja ya de entrada y cuando menos, a bolos, y, desde luego, no esperas que traiga un cheque. Tampoco querría dejar de mencionar la expresión no verbal del vecino de al lado que regresa a su morada en ese preciso momento y se hace el remolón con las llaves en la mano fingiendo que revisa el montón de propaganda barata que es lo único que él ha recibido, mientras te mira de reojo pensando “uy, algo habrá hecho”. Tras unos minutos de reflexión vacía (una no sabe bien qué pensar), ya en la intimidad de la cocina, procedo a la apertura del sobre y, entre un montón de polvo y paja jurídico, que es un pedir que parece un dar, entiendo que, para más acordarme de agradecerle al miura que me ha hecho esta jugada su venida a este mundo, el juicio ni siquiera se celebra en mi ciudad. Y el desplazamiento y las dietas, ¿quién me los va a abonar? Por supuesto, nadie me contesta y, si me contesta, me contesta que nadie.

Lo primero que me sale de las tripas es rugir que yo “paaaaso de este rollo”, pero es que resulta, señores, que es o-b-l-i-g-a-t-o-r-i-o, vamos, que o tienes la suerte de que te parta un rayo o no te queda más remedio que acudir a sacar del entuerto al “Islero” de turno. Ya he comentado brevemente los gastos que la broma me representa, pero para mí se me quedan también las molestias y los nervios alimentados durante todos estos días porque una no imagina con precisión lo que allí puede llegar a pasar, el lío interrogatorio al que la pueden condenar  para intentar rascar una respuesta poco meditada o mal entendida (porque esta gente de negro, lo reconozcan o no, habla raro aquí y, seguro, que allá donde me desplace), el tiempo que me van a hacer perder, que tampoco es reembolsable, y la impotencia que me llena de bilis el estómago por no tener voz y voto para “celebrar” exclusivamente cuanto y cuando yo quiera.
Carpe diem et noctem.

domingo, 28 de octubre de 2012

Nuevos pobres



Interesantes estudios forjados en estos últimos años apuntan a dar y aseguran que la generación venidera será la primera que viva peor que la precedente. Por lo visto, al igual que no podemos aumentar continuamente nuestra estatura ni prolongar cada vez más nuestra edad gracias a los avances de la medicina (hay individuos que viven menos que sus padres, o que no alcanzan su altura),
ahora vemos que, por primera vez desde donde nuestra memoria alcanza a recordar,  esto podría aplicarse también al nivel de vida logrado.

Lo peor de esta reflexión llegada a la realidad de nuestras vidas, es que todos hemos visto cómo alguien de nuestro entorno, procedente de una familia de recursos medios venida a más, se convertía en un insufrible nuevo rico de manual; pero ¿cómo se convierte uno en “nuevo pobre”? Hemos alimentado a nuestros jóvenes a golpe de visa oro con caviar, ordenadores y videoconsolas sin imaginar que podrían llegar a ver el día en que el pan no tape el dibujo del plato. Hemos nacido y crecido en la sorda abundancia que ignoraba la amonestación de nuestras abuelas cuando la mitad del menú se iba al cubo de la basura: “Ay, si vinieran otros tiempos…” Y, conscientemente, hemos olvidado el ingente trabajo de aquellos que, a fuerza de no conocer los domingos, nos sacaron de una posguerra que nos situaba a la cola del mundo y vueltos de espaldas. Esa generación que ya adelanta nuestros pasos está acostumbrada a abrir la boca y que se le llene de excesos el bolsillo sin sorteo ni labor; no conoce el salario mínimo interprofesional ni la jornada laboral de catorce horas y, lo que es más serio, no lo concibe y, quizá, ni siquiera tenga la oportunidad de acceder a ellos. Les hemos creado unas necesidades ampulosas que posiblemente ellos no serán capaces de cubrir, porque alguien nos animó a pensar que debíamos ser propietarios y no proletarios, y aparcar en el olvido los tiempos en que estábamos construyendo un país a pico y pala en el que tumbarnos a tomar el sol.

Yo tenía un amigo, con el que puedo estar de acuerdo, que decía que él lo perdonaba todo menos que le tocaran el corazón o la cartera. ¿Y qué parte de la anatomía han dejado de tocarnos…?

En resumidas cuentas, no hemos hecho más que vivir como nos han dicho que debíamos hacerlo, educar a los menores al abrigo de nuestras posibilidades, administrar nuestra economía como las circunstancias nos han permitido y, sin embargo, tendremos también que mantener la postura viendo cómo el castillo de naipes se nos desmorona mientras aquellos que nos han dictado las normas del juego regresan a su retiro dorado pensando: “El que venga detrás que arree”.

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