jueves, 31 de enero de 2013

Todo por y para los bancos

Definitivamente, soy incapaz de entender el funcionamiento de este país de un tiempo a esta parte. Me declaro tonta perdida. Dejadme aquí y continuad vosotros. Sin embargo, me atrevo a decir que, para compensar (supongo), memoria todavía tengo y que recuerdo que, hace algo más de un mes, España recibió casi 40.000 millones de euros (que yo no los gano en un día, a menos que mi jefe me suba el sueldo. Le mando un saludo.) para recapitalizar las entidades nacionalizadas a cambio de una profunda reestructuración y la creación de un "banco malo". El ministro de Economía, Luis de Guindos, se acostó esa noche con la satisfacción del deber cumplido al creer que nos convencía a todos declarando que los 40.000 millones de euros que se inyectaban al sector bancario serían menos gravosos para las arcas públicas que los 400.000 millones de deuda pública, gracias a sus condiciones de amortización y al tipo de interés del 0,5% que se les aplicaba. Como si nosotros tuviéramos directamente la culpa de la generación de alguna de las dos deudas y quisiera tranquilizar nuestras conciencias en un alarde de empatía.
 
Para poder acceder a estos fondos, Bruselas impuso a las entidades nacionalizadas la obligación de reducir su tamaño en un 60% hasta 2017 y el deber de centrar su modelo empresarial en préstamos al por menor y préstamos a las pymes en sus principales regiones históricas. En definitiva, que fluyera el crédito entre los pequeños para oxigenar en la medida de lo posible el ahogo crítico.
 
No sé si alguno de vosotros ha estado en una entidad bancaria últimamente. Son esos locales que continúan estando uno a cada lado del bar de abajo y a los que pronto pondrán luces de neón en el rótulo a falta de otro reclamo. Yo suelo ir diariamente para asegurarme de que siguen existiendo y de que esa deuda, que no terminarán de pagar ni en las dos generaciones venideras, no se ha escapado también por el sumidero. Y sé de otra buena mujer (y lo sé de buena tinta) que ayer visitó una sucursal bancaria para solicitar un crédito hipotecario porque, a pesar de la subida de impuestos y de la imposibilidad de desgravarse la vivienda en la declaración de la renta, sigue habiendo españoles dispuestos a embarcarse en la arraigada costumbre de adquirir una. Portadora de toda su buena fe y de la documentación que acreditaba que sus ingresos son aceptables hoy para solicitar una hipoteca por el 70% del valor del piso y hubieran sido de alfombra roja, cubertería de plata y ampliación del crédito hasta un 120% del mismo valor hace seis años, presentó su petición. El director del chiringuito le ofertó uno de los inmuebles que ahora los bancos, como improvisados portales inmobiliarios que son (entre otras cosas que mejor me callo), tienen a disposición de cualquier postor. Las facilidades para adquirir uno de sus inmuebles volvían a ser las de seis años atrás, pero los inmuebles mismos eran, día arriba, día abajo, de la época en que Franco inauguraba pantanos. La solicitante agradeció la oferta pero defendió su deseo de comprar la vivienda que ya había elegido fuera de allí, e insistió en que se le aprobara el crédito que solicitaba para comprar lo que ella quería. Con lo que consiguió que el banco se negara a concederle el préstamo. O compras lo que te ofrecemos o, por nuestra parte, no compras.
 
Léase con paciencia la síntesis que recojo desde mi declarada ignorancia: Hemos pasado por hacer el mayor ridículo económico de nuestra historia delante del mundo entero. Por solicitar un rescate que, tal vez, nosotros mismos como ciudadanos necesitábamos más que las entidades financieras que decidieron (en nuestro lugar) rescatar (en nuestro lugar). Pasamos por que los gestores de este desastre mayúsculo se hayan embolsado cifras millonarias y ni pisarán la cárcel ni devolverán una mínima parte de lo robado. Pagaremos con nuestros impuestos, digan lo que digan, el desfalco realizado por esa panda de financieros sin titular. Y conociendo (o creyendo conocer) el manguerazo de liquidez que ha entrado por las puertas de esas oficinas apestadas para que la situación empezara a normalizarse nuevamente, ¿nos van a imponer desde dentro lo que debemos comprar sin libertad para elegir? ¿Tenemos que tragarnos también que se sigan llevando los beneficios socializando las pérdidas y manteniéndonos a las puertas como mendigos de un pan que no nos toca? Pues, no lo entiendo.
 
 
Nota "en otro orden de cosas": Según Mariano Rajoy (y cito textualmente), "la reforma laboral está funcionando muy bien". En ese caso, ¿cuáles eran sus verdaderas intenciones al aplicarla? ¿Crear empleo o destruirlo? Que me lo explique también porque tampoco lo entiendo.

lunes, 28 de enero de 2013

La gota que ha colmado el vaso Real

Hay días en que me parece que vivimos a caballo entre el S. XVI y ninguna parte, y que en cualquier momento comenzaremos a ser testigos de cómo dos idiotas se retan a duelo al alba. Sin ir más lejos, a una servidora, ganas le dan día sin otro, aunque tuviera que madrugar más de la cuenta y aunque mi complexión física no diera para mucho más que para la primera guantada.
 
Llevábamos días sin saber del excelentísimo señor Iñaki Urdangarín, quizá porque se nos acumulan los chorizos a la puerta del juzgado como los vecinos a las puertas del INAEM. Pero ahora que tenemos un hueco, lo metemos un ratito en exclusiva. Y sumamos a todos los cargos y faltas que se le imputaban hace más de un año, el goteo de perlas que el señor Diego Torres (más altas han caído) parecía estar guardando para mejor ocasión, que nos obliga a rememorar el juego de sinsabores que ya tuvimos que degustar entonces y la inolvidable circunstancia de que, mientras los ciudadanos, a los cinco minutos, nos habíamos comido con patatas la presunción de inocencia, la casa Real prefirió permanecer en silencio y no pronunciarse más allá de aquel imborrable "la justicia es igual para todos", dejándonos a los plebeyos esperando un no se qué a medio camino entre lo que nos otorgaron y la defensa siciliana de la familia que hubiera estado fuera de lugar, y dando lugar a la sospecha de encubrimiento que flota desde entonces en el sentir de la ciudadanía. Nada aguardábamos ya.
 
Pero, como escribió Shakespeare, la paciencia es la madre de todas las virtudes, y ahora, ahora que se ha sabido que Urdangarín osó reducir su ducado a la ofensa de la mofa y befa firmando unos correos con un gracioso juego de palabras, si no imprudente, sí repulsivo hasta la náusea; la casa Real decide por fin borrar su indigno nombre de la página web oficial. Ahora sí. ¿Por qué? porque ha mancillado el honor de su título, porque no se puede caer más bajo, porque "os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra, elegisteis el deshonor y tendréis la guerra". Dejando bien patente, al arrojar el guante, que en esta vulgar nación, se puede robar, se puede mentir, puede uno reírse a mandíbula batiente de un país entero..., pero nunca deshonrar un título que requiere de tantos méritos como todo lo anterior.
 
Nota de imprecisión: El ministro de Economía, Luis de Guindos, pronostica que este verano acabará la recesión, lo que, en ningún caso, significa que empezaremos a salir de esta crisis o que el mes de agosto vaya a ser el punto de inflexión, ni tampoco que vayamos a planear durante un período incierto de tiempo sobre esta llanura de encarnadas amapolas hasta la puesta de sol. En realidad, creo que ni el señor de Guindos sabe muy bien lo que quiere decir o en qué se basa para decirlo, pero hay que salir de casa todos los días.
 
Nota de incompetencia: A principios del mes de julio, Bruselas planteó una serie de recomendaciones de obligado cumplimiento que contemplan importantes medidas de reforma. La incompetencia de nuestro Gobierno deja casi un 40% de las medidas que planeaba sacar antes de final del año pasado en el cajón "vuelva usted mañana". Nuestros lentos e inútiles salvadores.
 

viernes, 25 de enero de 2013

Bárcenas hasta en la sopa y luego nunca más

Empezó siendo sospechoso que el tesorero y gerente de un partído político atesorara ganancias de, cuanto menos, veintidós millones de euros. Qué decir del glorioso momento en que se supo que se dedicaba a ser el correo de unos sobres, con rúbrica y estampa más antiguos que el hilo negro, portadores de parabienes. En un país en que la opinión pública naciera de otro carácter menos escéptico, hubiera cabido esperar que el mismo día en que estalló el escándalo, el Partido Popular, por boca del presidente del Gobierno, ofreciera una explicación pública y convincente. En España, fue necesario que pasaran varios días hasta que contamos con el privilegio de escuchar frases tan reconfortantes, tan reparadoras, tan llenas de nada como "no me temblará la mano". Señor Rajoy, si desde aquí veo que le tiemblan hasta las pestañas. Confirmando nuestras sospechas, no tuvimos que esperar para ser testigos de cómo este líder de masas cada día más informes se negaba a comparecer en un pleno monográfico solicitado por varios grupos parlamentarios que, portavoces de la indignación, exigían explicaciones claras sobre el caso Bárcenas. Cabe pensar que nuestro presidente tiene miedo, pero también que oculta algo, o que se sabe por encima del bien y del mal, o que, una vez más, confía en que olvidaremos y que volverá a ganarse ese aplauso prestado regalándonos los oídos, cuando pase la tormenta, con una nueva metralla de promesas y folletines propagandísticos de plena actualidad. Y aquí paz y después un nuevo escándalo.

A estas alturas, la confianza en que una injusticia de tamaño calibre, agravada por la situación económica que nos toca sufrir, se resuelva bajo un prisma de justicia, está absolutamente perdida. Partiendo de la base de que el Partido Popular decide que será él mismo quien audite sus propias cuentas o, en todo caso, una auditoría externa retribuída y oculta bajo su propio paraguas, poco bueno queda esperar. Si, además, tenemos en cuenta que el engaño dentro de nuestras fronteras viene amparado por la esperanza de la prescripción del delito pasados cinco años, no cabe duda de que éste será un nuevo chapoteo de desvergüenzas en un mar de agua de borrajas. Porque este país está orquestado para favorecer la trampa y porque engañar está bien visto y además vigoriza.

Que un equipo de políticos que proclama luchar contra una economía sumergida que es hoy el menú del día de quién sabe cuántos miles de ciudadanos, levante la sospecha, si no la certeza, de que dentro de su propia organización se engorden salarios de por sí bastante engrandecidos contabilizándolos de esta misma oscura manera, genera, al tiempo que un descrédito supremo, que viene bien avalado por anteriores incompetencias, una contradicción que marea. ¿Quién se atreve hoy a bendecir un sueldo sin nómina? Y ¿quién se atreve a no hacerlo si, junto con la mendicidad y la caridad, son el actual sustento de la ciudadanía?

Me he resistido a dar pábulo a este asunto (previendo su breve caducidad), hoy sustituído por la nueva cifra de paro que sale a la luz. Ya es vox populi que hemos alcanzado la cifra de los seis millones de parados, aunque hace más de quince días fuera publicada por Eurostat, pero hemos estado ocupados. Esta nueva agitación de las conciencias menos culpables aparca por un momento (o para siempre) el revuelo de las horas pasadas. Ya no importa que aún no sepamos si hubo sobres o no, si hubo listas de destinatarios o no. A la confianza en esta inconstancia que caracteriza al pueblo camina sujeto el modus operandi del Gobierno y de esa figura pusilánime y blandengue que encabeza sus filas. ¿Es posible que los perdonemos de ser culpables de su falta de reconsideración, de no reconocer culpas, de esta ausencia de transparencia, de esta ausencia sin más, de pasar por encima de la penuria laboral y fiscal que han provocado, de esta renta del país tan mal distribuída, de esta ruptura de la estructura moral, de proyectar esa sombra de corrupción...? ¿Es posible que se nos olvide que todos somos, en cierta medida, responsables de que pase tanto y no pase nada?

miércoles, 23 de enero de 2013

que toda la vida es sueño


Mi amiga Eva ha muerto.

Hoy sé que he perdido un ejemplo de cómo vivir. Eva era una buscadora de intenciones que sabía cómo no convertir la vida en una carrera ciega hacia la meta. Una apasionada espectadora del mundo consciente de que, incluso aunque no alcanzara un objetivo, el viaje merecía la pena. Una paseante entusiasta y contagiosa que lograba, (como se logra lo más sincero) sin darse cuenta, que los demás soñáramos sus mismos sueños. Alguien dijo una vez que la experiencia es lo que consigues cuando no consigues lo que quieres. Ella lo sabía y disfrutaba del camino.

Conocí a Eva en la Universidad. Empezó a estudiar una carrera universitaria con treinta años porque soñaba con ser profesora y nadie se arriesgaba a firmar con ella un contrato sin titulación, aunque hablaba perfectamente tres idiomas. No fue fácil, pero no se detuvo porque consideraba las dificultades una prueba de determinación. Y consiguió su título… demasiado tarde para que alguien en este país pudiera firmar un contrato con ella, a pesar de la titulación.

En esos años universitarios, conoció al hombre de sus sueños y empezó a trabajar en su empresa y a soñar con una boda que había llegado a creer que ya no celebraría, mientras lo ayudaba a él a cumplir con su proyecto. Muchas veces decía que, para ser feliz, le había bastado con olvidar su propio sueño y ayudar a su marido a conseguir el suyo. Sin embargo, la recesión que empezó a sufrir la economía de este país en el año 2008, desaceleró el ritmo de las nubes que andaban cerca de rozar con la punta de los dedos.

Eva nació con el sueño de ser madre un día, pero las mismas circunstancias que le borraron la nebulosa de otras ilusiones, le impusieron la creencia de que ya no era momento para traer un hijo a este mundo.

Eva todavía vivía soñando que un día volverían a avanzar.

Pero ha muerto, sin habernos dicho que sufría una enfermedad terminal por no frustrar nuestras alegrías, y tengo que obligarme a rechazar la idea de que la verdadera razón de que no esté con nosotros es que éste ha dejado de ser un país para soñar, y que la vida sola no basta.

martes, 22 de enero de 2013

Ahorra y perderás


Tengo que reconocer, mamá, que hoy el desayuno ha sido escaso. Entre que, en este país, del juicio, no nos caben ni las muelas (sí, otra vez me está dando la lata) y que, leyendo la prensa mañanera, se me ha cortado la buena leche; lo que te digo, el desayuno y la comida han pasado a ser todo uno. ¿Pues no amanecen hoy los rotativos imprimiendo que más nos valdría no haber ahorrado ni una?

El Banco de España ha transmitido de forma verbal a las entidades financieras que no ofrezcan rentabilidades de más de un 1,75% en depósitos de doce meses, amenazando además a aquéllas que quisieran sobrepasar ese umbral con un requerimiento de un capital mayor a cambio de esos porcentajes. Como consecuencia, buena parte de las susodichas entidades ha adaptado sus depósitos a estos límites. No vaya a ser…
A pesar de que captar financiación a menor coste debería facilitar el crédito, no podremos confiar en que suceda algo así porque, ante todo, persiste la necesidad de continuar con el desapalancamiento, y nuestro arraigado sentido de la responsabilidad, como suele, no nos permitirá desviarnos del camino.

La Comisión Nacional de Competencia se ha puesto en pie para analizar si debe tomar cartas en el asunto. Se reúnen hoy para discutir si es o no potestad del supervisor poner estas limitaciones,  mientras el Banco español ni confirma ni desmiente que haya hecho esa exigencia o “recomendación” verbal. Tiro la piedra, escondo la mano y  silbo hacia la derecha como si la cosa no fuera conmigo.

En resumidas cuentas, como no tenemos otra cosa que hacer, vamos a pegárnosla bien gorda y el siguiente de la fila que lo vaya analizando mientras el pueblo se entretiene con este baile de incompetencias que lo distrae de sus propios problemas. Si es que están en todo.

Nota de fábula para nota: La cigarra y las hormigas.

Versión de Esopo S. VII a.C.
Cantó la cigarra durante todo el verano, retozó y descansó, y se ufanó de su arte, y al llegar el invierno se encontró sin nada: ni una mosca, ni un gusano. Fue entonces a llorar su hambre a las hormigas vecinas, pidiéndoles que le prestaran de su grano hasta la llegada de la próxima estación. Mas las hormigas preguntaron a la cigarra: “¿Qué hacías tú cuando el tiempo era cálido y bello?” “Cantaba noche y día libremente”, respondió la despreocupada cigarra.
“Pues si cantabas en verano, ponte a bailar en invierno”.

Moraleja: No gastes tu tiempo dedicado sólo a la diversión. Trabaja y guarda para los momentos de escasez.

Versión de Walt Disney. S. XX d.C.
Cantaba la cigarra en verano mientras las hormigas se afanaban en llenar la despensa de alimento. La hormiga reina advirtió a la cigarra: “Cambiarás de canción cuando llegue el invierno”, pero la cigarra, pensando que quedaba todavía mucho para que llegara el frío, continuó con su cantinela.
Llegó el invierno y las hormigas corrieron a refugiarse en su almacén. La cigarra trató de encontrar algo que comer entre la nieve sin éxito y de pronto se vio ante la puerta de la casa de las hormigas. Dentro, ellas celebraban una fiesta mientras daban buena cuenta de todo aquello que se habían afanado en guardar. La cigarra, desnutrida y congelada, se desvaneció ante la puerta de las hormigas. Éstas la recogieron y la introdujeron en su casa para darle calor y comida. La hormiga reina se le acercó de nuevo y le dijo: “Entre hormigas, sólo los que trabajan se pueden quedar, así que coge tu violín y toca” Y así fue cómo la cigarra cambió su canción.

Moraleja: Es necesario trabajar y guardar para los momentos de escasez por nosotros mismos y para poder tender una mano a quienes tenemos cerca.

Versión del Gobierno de España. S. XXI d.C.
Cantaba la cigarra financiera en tiempo de bonanza, disfrutando de su crédito y de las bondades de la climatología inmobiliaria. Mientras las hormigas ciudadanas trabajaban para su sustento y el de los suyos intentando además guardar para más adelante. La cigarra les gritaba a las hormigas: “¡No guardéis!, ¡gastad!, ¡comprad!, ¡hay que disfrutar de la vida!, ¡firmad aquí!”. Algunas hormigas escucharon a la cigarra y bailaron al son que tocaba.  Otras volvieron la vista y continuaron almacenando cuanto pudieron. Llegó el invierno de la vida y la cigarra había gastado todo lo que tenía, mientras que las hormigas habían conseguido guardar una parte para subsistir. La cigarra supo que no iba a conseguir la comida de las hormigas así que llamó al cigarrón para que solucionara su necesidad. Éste se acercó a la casa de las hormigas y, viendo cómo éstas todavía vivían moderadamente bien, sentenció que debían mantenerlos a él y a la cigarra durante todo el invierno admitiendo que ésta había amenizado el verano y el trabajo de las hormigas con sus canciones. Además, como reconocimiento por su buena entonación, el cigarrón consideró que debía ser la propia cigarra quien administrase las cuentas de las hormigas en función de sus propias necesidades porque ellas, sin ningún juicio, la habían dejado vivir alegremente, mientras se dedicaban exclusivamente a trabajar sin tener a la cigarra en cuenta. Las hormigas, resignadas ante la voz de un insecto superior, bajaron las cabezas y sentaron a la cigarra en el centro del almacén permitiendo que pasara el invierno bailando sobre sus ahorros.

Moraleja: Cágate, lorito.
 

viernes, 18 de enero de 2013

¡Marchando otra de impuestos!


El Tribunal de Luxemburgo llamó ayer a la Moncloa para decir que no estamos aplicando bien los tipos de IVA. Fuentes del Ministerio aseguraron que están “analizando con detalle el contenido de la sentencia”, vamos, que van a ver cuánto pueden rascar, porque no me creo que tengan alguna objeción que hacer a la bandera verde para la recaudación. La cuestión radica en que el tipo de IVA a aplicar a los productos farmacéuticos y equipos médicos es el reducido (10%) siempre que se adquieran para uso personal, pero se debe aplicar el tipo general de IVA (21%) a los productos intermedios, sustancias medicinales, principios activos adquiridos por las empresas fabricantes de los medicamentos, o al instrumental y material médico y veterinario que adquieren los profesionales, que hasta el momento también se facturaban al 10%. La Corte recuerda que la finalidad de la aplicación de los tipos de IVA reducido "es, en particular, disminuir el coste para el consumidor final de determinados bienes esenciales". En ese contexto, subraya que el coste del instrumental y material médico y veterinario "rara vez será soportado directamente por el consumidor final, dado que estos artículos son principalmente utilizados por profesionales de la sanidad para la prestación de servicios”.

La cuestión es complicada, puesto que los medicamentos en concreto pueden ser adquiridos por pacientes individuales o por hospitales como entidades jurídicas. ¿Alguien confía en que éste o cualquier otro Gobierno español esté capacitado para aplicar un impuesto distinto a un mismo artículo en función del  tipo de adquiriente del mismo? ¿Alguien ha pensado que exista alguna posibilidad de que el tipo de impuesto que se aplicará será el reducido para estos artículos con consumidores de ambos tipos? ¿Alguien, aunque existiera esa remota posibilidad y se aplicara un impuesto superior exclusivamente a la materia prima, que es la que únicamente adquieren las empresas para la elaboración de los productos farmacéuticos, ha creído que este incremento no revertirá en el precio del producto final para el consumidor, por mucho que el IVA sea siempre neutro para las empresas que lo elaboran y que facturan?

Ya ha saltado a la prensa como un desliz que el Gobierno se plantea subir el IVA de las gafas y los audífonos. Si esto es cierto, ¿debemos pensar que dentro de la jefatura no hay una sola persona que haya entendido que el producto final para el consumidor particular es el que justifica el IVA reducido porque es de primera necesidad y subsana una deficiencia? ¿O es que tanto tonto suma un listo y, aprovechando la llamada de atención y que el Pisuerga todavía lleva agua, volverán a atracar nuestros bolsillos antes de lo que ellos mismos esperaban poder justificar? Me juego tres o cuatro céntimos de euro a que ya tienen el cazo preparado al lado de la sentencia dictada por el Tribunal de Luxemburgo y que, en pocos días, cuando terminen de frotarse las manos ante el jugoso pastel, saldrá Don Mariano a la palestra a recitarnos a ritmo de rap lo que ya imaginamos.

Nota de Lo que el viento se llevó: Mientras que los ciudadanos vivimos controlados en nuestra economía hasta el registro del forro de la gorra, desde finales de los años 70 hasta prácticamente nuestros días ha existido el empleo de dinero en efectivo en todas las formaciones políticas para llevar a cabo remuneraciones internas. El asunto de los sobresueldos pagados por el señor Bárcenas a la cúpula directiva del PP, que hoy nos levanta de pronto las manos hasta la cabeza tapándonos las incipientes calvas, estaba absolutamente estandarizado y sistematizado, con todo lo que conlleva. Pero parece que sea el primer día que desayunamos sin diamantes.

miércoles, 16 de enero de 2013

Con la comida, no se juega


Como en los mejores matrimonios o en las empresas de más renombre, en España, cuando el dinero salió por la puerta, la concordia saltó por la ventana. Empezando por la pareja (de contrarios) política que forman PP y PSOE que, sin necesitar tanto, se echaron los trastos a la cabeza repartiéndose la culpa; pasando por el colectivo de sanitarios, que se encadena a unos hospitales próximos a la privatización; jueces y fiscales que arrastran sus ennegrecidas togas por las calles en señal de protesta por las medidas de ajustes; trabajadores, desempleados y ciudadanos; hasta el último peatón que camina con la necesidad a flor de piel dispuesto a comerse a quien invada su campo de visión. Está demostrado que el hambre conduce a la guerra y al conflicto, y España tiene hambre.

-          Hambre de promesas cumplidas.
-          Hambre de una soberanía nacional que nos hemos dejado arrebatar.
-          Hambre de igualdades económicas y sociales.
-          Hambre de justicia.
-          Hambre de expectativas laborales.
-          Hambre de identidad.
-          Hambre de salud.
-          Hambre de ilusiones.

Pero lo más crudo es que hace mucho que el hambre en España no es sólo metafórica y esta realidad está consiguiendo debilitar al país. Hace unos meses, el periódico The New York Times publicó un artículo que se hacía eco del millón de personas que atiende Cáritas en este país acompañado de un reportaje fotográfico en el que se ilustraba en toda su dureza nuestro perfil más descarnado. Coincidiendo en fechas con la publicación de este testimonio, Rajoy visitaba la ciudad de Nueva York para participar en la asamblea general de Naciones Unidas y aprovechaba la ocasión para evitar hablar del desagradecido asunto de la crisis y tratar otras cuestiones de primer orden como la descolonización de Gibraltar.

Me sorprende todos los días la disposición de los españoles a soportar un sufrimiento aparentemente interminable (sorteando las pataletas de una mañana)  y la capacidad del Gobierno para no hacer ni lo justo e indispensable cuando la situación está a punto de reventar, concediéndose unas libertades de indiferencia que el pueblo no le ha otorgado, aunque le consiente. Nos consumimos en un hambre real, a capricho de la pobreza ideológica, cultural, económica y política que otros rubrican. Perdiendo la salud en la batalla de una palabra que nadie escucha. Permitiendo que sean esos tecnócratas que nos enferman quienes mediquen nuestra apatía con la amarga píldora de la austeridad, a dieta líquida de lágrimas y consigan, sangría tras sangría, agudizar la apatía para dejar que la naturaleza haga el resto. Y nada les importa.

Ya hay quien apunta que esto sólo lo puede resolver una guerra: a sociedades modernas, remedios medievales.

La cordura está hecha de papel de fumar.

Nota de mañana será otro día: Los días 20 y 21 de febrero se celebrará el primer debate sobre el estado de la nación con Rajoy como presidente del Gobierno (el año pasado se escaqueó, dando muestras de la que iba a ser su tónica de actuación). Se dice que el debate no pone ni quita gobiernos, pero los abanica.

lunes, 14 de enero de 2013

La economía o el sentido común


Lo digo sin ambages: llega un momento en que tanto análisis, tanto nivel de complejidad, tanto índice económico, tanta prima de riesgo, niveles de inflación, variables, medias verdades y mentiras completas me provocan una fatiga que menos mal que hoy me pilla en pijama. Porque, después de mucho atender a estas cuestiones (obviando que es complicado encontrar una cifra que sea igual en dos medios distintos), tampoco una encuentra la línea exacta que separa lo cierto de la suposición. Pero es que, cuando ya sujeto la cabeza a duras penas, más baqueteada que un tambor de Calanda, y oigo a Don Mariano proclamar, con toda la boca llena, que por fin  van a conseguir crear empleo, os aseguro que me dan ganas de personarme en la Moncloa, con el pijama puesto, para que me aclare cómo.

Es una vergüenza. ¡Esta vaguedad, este desmayo de la efectividad, este teatro de guiñoles! El descrédito de la palabra de los políticos, ya no por su falta de transparencia, sino por mentir descaradamente, es lo que ha terminado de conducirnos a la desesperación, a la regresión ideológica en todos los ámbitos de nuestras vidas robadas y a la difamación y censura como forma de expresión. Hacen y dicen lo contrario de lo que hacían y decían cuando por su boca hablaba el ansia de gobernar mientras nos entretienen en la miseria con observaciones de la nada, conclusiones engañosas, bocanadas de fumata negra y otros enredos en los que ya nadie cae. A la fuerza, los ciudadanos tenemos que ir por libre, alejados de toda realidad política.  Empieza a costarnos oír la voz de los “expertos” en materia de economía (detrás de los que, al fin, siempre hay una voz política) sin vomitar. Y, lo más triste, es que, con que mostrasen un poquito de sensatez, a la ciudadanía se le cambiaría la cara y, con un poco más, puede que hasta el discurso. Porque necesitamos creer. Pero nada: vamos a crear empleo, pero tendrá que ser luego que ahora he quedado a comer bogavante con mis ministros.

La sabiduría popular española lo último que necesita es un soplagaitas que le mienta una realidad distinta de la que hay. El sentido común ya se ocupó de anticiparnos el desastre con claridad meridiana y con la misma transparencia nos deja claro lo que tenemos y lo que no, lo que precisamos y lo que no, lo que queremos y lo que nunca hemos querido. Recuerdo a este propósito que, allá por 2007, cuando Zapatero estaba a sus zapatos y el resto respiraba a pleno pulmón el aire de la burbuja inmobiliaria, dos ancianos, que se hicieron famosos pero no lo bastante como para aspirar a un puesto de asesor político, departían sentados en el poyo de la entrada a su pueblo viendo sencillamente las moscas pasar, con un palillo entre los dientes y aguantando el peso del conocimiento en un rudimentario bastón. Uno le confesaba al otro: “Ahora mi nieto dice que estudia economía. Si economía no hace falta estudiar; la economía está en uno mismo. Si tienes cinco y te gastas seis, ya se jodió la economía. Y no hay más. En fin. Pero ya verás. Que de lo malo a lo bueno se va bien, pero de lo bueno a lo malo, ay, qué mal vamos a ir”.

Nota de dignidad: ¿Recordáis lo que prometía Rajoy a las puertas de la gloria?

-          “El PP no pretende abaratar el despido”.

-          “Le voy a meter la tijera a todo salvo a las pensiones públicas, a la Sanidad y a la Educación”.

-          “Quiero dejarlo muy claro para que nadie se llame a engaño: Nos vamos a oponer a cualquier subida de impuestos. Subir los impuestos significa más paro y más recesión y darle una vuelta de tuerca más a la maltrecha economía de las familias y de las empresas”.

-          “Diré siempre la verdad”.

Nota de lavado de imagen y baño de multitudes: La vicepresidenta del Ejecutivo, Soraya Sáenz de Santamaría, ha encargado al director del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Benigno Pendás, el diseño de una estrategia con la que intentar lavar la imagen de los políticos, reconciliar a los ciudadanos con la clase política y frenar ese sentimiento de desconfianza en las instituciones. Pendás aclara, para que no cunda el júbilo, que el plan no estudia ninguna medida para atajar la corrupción.

viernes, 11 de enero de 2013

La lengua viperina de mi ordenador


Estoy abochornada y la culpa la tienen, una vez más, los políticos. Asumo que soy una persona de comportamiento torpe con inevitables inclinaciones hacia la calamidad. Por ello, durante toda una década de infancia padecí con serenidad y resignación la dura exigencia de una escolarización para mentes y cuerpos más astutos que los míos. Y, por esto mismo, hoy me niego rotundamente a tener que rebelarme contra las herramientas sustitutivas de una educación mediocre producto de una concatenación de reformas empeñadas en “mejorar” lo que ya estaba bien desde un principio. Porque, con mis propios errores, me basta.

En la prehistoria, cuando yo estudiaba en la escuela de la letra con sangre entra, se aprendía a aprender con la misma práctica educativa, es decir, sobre la marcha. Los conceptos todos, más o menos complicados, se incluían en un temario inexcusable para seguir avanzando, y la incomprensión de la materia suponía un doble esfuerzo ineludible para llegar a donde había que llegar sin opción. Para ello, contábamos con la autoridad del profesor y la erudición de nuestro compañero Aniceto, el empollón repollo con gafas de culo de vaso y esa estridente voz de sabiduría, que nos ponían en nuestro lugar cuando la impericia se apoderaba de nuestra voluntad. Como los jóvenes (incluidos nosotros entonces) suelen despreciar todo aquello que no entienden, la enseñanza se ha ido simplificando de manera que el temario de secundaria de hoy lo entendería un parvulario de ayer. Y, así, hemos vuelto a un mundo primitivo en el que el lenguaje que emplean los estudiantes es absolutamente trivial, abreviado y frecuentemente sustituido por el gestual. Entre otras bondades, han dejado de castigarse las faltas de ortografía y ya no se califica la capacidad de expresión. No se enseña lengua, ni gramática, ni sintaxis y, a cambio y como resultado, obtenemos una total apatía por el estudio, una comprensión escasa y un despreciable índice de lectura. Nadie considera que el lenguaje siga intrínsecamente relacionado con el pensamiento y éste con la interpretación de la realidad, porque quienes han querido conscientemente llegar a este resultado, los políticos, pretenden dejar un legado de generaciones creadas a su imagen y semejanza, un rebaño de borregos, que empiezas a contarlos y te duermes, incapaces de analizar y rebatir una decisión inapropiada.

Para suplir las carencias derivadas de este cúmulo de despropósitos, se desarrollan nuevas herramientas que corrigen el trabajo que deberíamos ser capaces de producir por nuestros propios medios y, entre otros instrumentos de tortura, me colocan en el ordenador un programa de autocorrección que me corrige cuando debe y cuando no sin previo aviso, una especie de listillo de la clase, un Aniceto de tres al cuarto sin estridente voz ni voto, que se ocupa, a su antojo, de cambiar las palabras que yo voy introduciendo en la pantalla al mío, y que me enerva hasta el punto de que me dan ganas de recorregirlo con typex y reescribir con bolígrafo en la propia pantalla para darle en todo el disco duro.

Y es que el asunto se ha vuelto serio de gravedad. Esta mañana, he tenido que enviar un importante comunicado a la directora de transporte de una empresa de San Sebastián que se hace llamar Paki. En estas ocasiones, me gusta cuidar la expresión y la ortografía hasta la última coma porque sé que el escrito será mi única carta de presentación y la de la empresa a la que represento. Así que, levantando todas mis armas lingüísticas, me he esmerado en quedar como para que me otorgaran el sillón de la m minúscula en la RAE por la redacción de un contrato de servicios. Tras mi escrupuloso ejercicio de comunicación, he entrado en la bandeja de elementos enviados para chequear que se había remitido correctamente y, por qué no admitirlo, para recrearme en la lectura de mi propia criatura tratando de ponerme en el lugar de la receptora e imaginando la impresión que en ella podría quedar… para descubrir, totalmente horrorizada, que la impresión hubiera sido más amable si le hubiera enviado por correo ordinario un paquete bomba envuelto en papel albal usado, porque el gafapasta repelente de Microsoft Outlook, en su infinita sabiduría, había transformado automáticamente mi “Buenos días, Paki” en un ¡“Buenos días, Caqui”!

Aunque no consuela, relaja en cierta medida pensar que queda por delante todo un fin de semana para recuperarme de mi sonrojo y de la impulsiva idea de dimitir ipso facto, y para que Paki se recomponga del exabrupto y olvide por completo mi solicitud.

martes, 8 de enero de 2013

Japón: la tierra del sol naciente.


Hace unos días que me vengo preguntando qué es lo que falla en la conciencia de este país para que siempre crezca en los aspectos más negativos sin arrepentimiento por parte de nadie. ¿Es una cuestión genética?, ¿educacional?, ¿mimética? No lo sé, y me gustaría que alguien me lo resolviera.

Hace cinco años que nos colamos por el sumidero de una crisis sin igual y cinco años después las cosas están infinitamente peor que al principio en todos los sentidos. No hemos progresado adecuadamente en ningún aspecto y tampoco hemos variado ni un grado el rumbo en la forma de proceder. ¿Por qué? Porque a quien tiene acceso al poder de decisión le importa un pimiento morrón lo que le suceda a este país.

Asumo que es inevitable, por el propio devenir de la Historia, que cada quince años una sociedad esté obligada a hacer un receso para sustituir recambios y renovar el material fungible. Pero llega un momento en que, viéndonos de aceite hasta las orejas sin haber conseguido nada, algunos hubiéramos querido sufrir la avería en otro lugar. Quizá ya no sea momento de comparativas. Tal vez ya sea tarde para partir de cero cuando partimos de un menos 1,4% (de PIB), de un menos seis millones (de trabajadores activos), de un menos 960.000 millones (de riqueza)… Por ello, evitaré las relaciones y allá el lector con la asociación.

Ya hubo quien (hace lo que parece un siglo) puso en conexión la crisis que se nos vino encima con la que tuvo lugar en Japón unos quince años antes, pero no hubo a quién se le ocurriera cómo conectar con la forma de tratarla. Como ya he hecho alguna referencia al caso en anteriores artículos, lo contemplaré hoy con un poco más de embelesamiento. Por resumir los antecedentes al declive, baste decir que en los treinta y cinco años anteriores a 1990 el precio de los bienes inmuebles japoneses se multiplicó por 75 y representaban el 20% de la riqueza mundial. Así de momento, la imagen que mejor representa la situación es una enorme burbuja en avanzado estado de abultamiento que vista de lejos da miedo (¿os suena?), pero de cerca esta forma de crecimiento fácil y rápido no despierta queja porque procura un crecimiento económico que beneficia aparentemente a todos y, en especial, a políticos, banqueros y empresarios.

En 1990, el Banco Central de Japón aumentó los tipos de interés del 2,5% al 6% al sumarse al riesgo inflacionista de la economía la depreciación del yen frente al dólar. Los precios de las acciones cayeron en picado y con ellas los precios de los bienes inmuebles. En resumidas cuentas: demasiado aire. Sin embargo, los japoneses no han vivido ni remotamente el calvario que estamos padeciendo en España. Y ahora es cuando viene la lección magistral en cuestiones de gestión que los nipones hubieran tenido que venir a darnos.

Mi hermano este verano paseaba por las calles de Tokio y se admiraba de que, en un país al que también le explotó en la cara la burbuja inmobiliaria y además acababa de partir en dos un terremoto que dio la vuelta al mundo, no se respirara mendicidad en la calle, sino todo lo contrario. Las razones son varias, pero anotaré sólo algunas para ese ejercicio de comparación que algunos estaréis haciendo y que nos hubiera gustado que hicieran otros. En Japón la riqueza está bastante bien repartida, en términos generales, lo que significa que los japoneses son y han sido ricos en clase media. Es cierto que hay gente más acomodada y gente más pobre, pero existe bastante equidad. Por otra parte, la tasa de desempleo en Japón nunca ha excedido el 6% (y todavía añoran la época en que la cifra de paro era inferior al 1%) porque, a pesar de las “vacas flacas” sigue siendo el segundo país del mundo que más invierte en I+D y el tercer país con mayor porcentaje de universitarios. Para su mayor beneficio, las empresas japonesas suelen ser reacias al despido de personal, prefieren recortar en otras partidas antes que tocar la plantilla; conservan una especie de “deber social” con las nuevas generaciones y aplican programas de jubilación anticipada cubriendo esos puestos con gente joven, de manera que consiguen bajar el sueldo medio y reducir costes y, por tanto, precios. Por último, señalaré que los japoneses han comprado su propia deuda, que el gobierno les devuelve a un interés muy bajo a través de los impuestos que recauda, así que, ellos se lo guisan y ellos se lo comen.

Japón, en fin,  es un ejemplo de cómo, aunque la bolsa caiga durante años, los índices de PIB no mantengan un crecimiento progresivo y su exportación pierda competitividad, no se abandona la perspectiva. Lo imprescindible para el bienestar general es que los ciudadanos no renuncien a su nivel adquisitivo o no lo hagan de manera drástica. Así es como la caída se amortigua, así es como el país no se da cuenta, así es como el país no tiene que fingir que no se da cuenta. Las claves de su éxito: una riqueza repartida, una tasa baja de desempleo y mantenimiento o bajada de precios durante veinte años. Y casi con los ojos cerrados.

Nota de nuestro desastre particular: Según datos presentados por Eurostat esta misma mañana, España supera holgadamente la barrera de los seis millones de parados, convirtiéndose en un lastre para el conjunto de la Eurozona y una bomba de relojería para sí misma.

lunes, 7 de enero de 2013

Un minuto de silencio


El viernes asistí a La Romareda para presenciar el partido de fútbol que se jugaba el Real Zaragoza frente al Real Betis. Dejando a un lado la deportividad demostrada en su acepción más gimnástica, me sorprendió una vez más la nobleza que tantas veces nos acercan los jugadores. El Real Zaragoza decidió guardar un minuto de silencio en memoria del hijo de Fernando Esnáider, que falleció reciente y prematuramente a causa de una enfermedad terminal. Fue un momento de reflexión en el que algunos (quienes lo conocieran) pensarían en el homenajeado, y todos, en las pequeñas muertes que vivimos cada día, en nuestras carencias particulares, en lo que guardamos en el rincón que más nos duele y siempre que lo exhumamos nos roba una lágrima. Sesenta segundos de respeto durante los cuales en la grada en pie no se escuchó ni un estornudo, aunque a mí me hubiera gustado oír los pensamientos de los 17.000 asistentes al encuentro. Me conmovió comprobar que la emoción todavía nos embarga más que los bancos.

A la mañana siguiente, pensaba que deberíamos guardar un minuto de silencio cada día, como un ejercicio de reflexión, en memoria de todo aquello que vamos perdiendo:

Un minuto de silencio por la justicia.

Un minuto de silencio por esa sanidad pública que pretenden convertir en un negocio de la salud.

Un minuto de silencio por la Democracia tal y como la soñamos.

Por la Política (con mayúsculas) del discurso navideño.

Un minuto de silencio por la Navidad (con discurso o sin él).

Un minuto de silencio por la libertad.

Por el Movimiento 15-M.

Por nuestro trabajo y el de todos los que conocemos.

Por la educación de antes.

Por las oportunidades.

Por la igualdad.

Por la lucidez mental y moral.

Un minuto de silencio por la conciencia que vamos dejando atrás.

Un minuto de silencio por la humanidad.

Por la paella, la tortilla de patata y la sangría.

Por la pandereta.

Un minuto de silencio por España.

Nota de indignación: Rato ha sido nombrado miembro del Consejo Asesor de Telefónica para Europa y cobrará 200.000 euros en concepto de dietas sin dedicación exclusiva (otro consorte con-suerte). Éstas son las consecuencias de la privatización; lo que era de todos es hoy la ocasión de oro de unos pocos.

Nota de próxima injusticia: Se ha presentado una querella contra Rajoy, cuatro ministros y 63 diputados por cobrar unas dietas astronómicas viviendo en Madrid (Don Mariano concretamente vive en la Moncloa, residencia que también pagamos). ¿Podemos esperar que la querella prospere…? Ni en nuestros mejores sueños.

Nota de Motivación: La corrupción y el fraude ocupan el cuarto lugar en el orden de preocupaciones de los españoles, según una encuesta publicada por el Centro de Investigaciones Sociológicas. Matad al pueblo de hambre y no será capaz de ver más allá.

Nota de cierre: El Real Zaragoza perdió en casa. Como el CAI ganó en la suya, era prácticamente matemático y absolutamente predecible que todo no podía ser.

viernes, 4 de enero de 2013

Mi padre


 
 
Mi padre es un hombre de los de antes, en el mejor sentido de la expresión. Un hombre que siente el peso de la tierra de su país en la sangre. Un hombre que se siente profundamente español. Un hombre que considera la sociedad como una prolongación de su propia familia. Un hombre que vive los embates que sufre este país como un ataque personal.

Mi padre nació con esa guerra civil que hizo temblar este suelo durante tres larguísimos años y lo dejó temblando de un hambre de racionamiento durante doce años más. Creció de camino al extranjero como integrante de ese conjunto de dos millones de españoles que salieron de España a trabajar para recuperar su país con las divisas que enviaban desde el exterior. Y ha envejecido contribuyendo desde dentro al avance que, según su propia experiencia, nos hizo salir de la estrechez de la Edad Media y entrar en la abundancia de la Modernidad en cincuenta años de Historia.

A mi padre, hoy, se le arruga el alma contemplando cómo la España de prosperidad que se le llevó toda una vida de trabajo, camina de regreso hacia la miseria. Pero no entiende la crítica descarnada que nace de las entrañas de lo que él tanto ama. Me cuesta hacerle ver que a los españoles nos gusta exagerar hasta la postura más radical de unos pocos, y que el grito de la inconformidad más cruel (aunque no se justifique, por extremista) se oye más que la apagada voz del razonamiento. Me cuesta tratar de convencerlo de que la mayoría queremos seguir manteniendo lo que tenemos, pero no como lo tenemos. Que lo que en realidad no queremos (y, en ciertos casos, la insatisfacción llega a desembocar en la negación rotunda) es el desorbitado número de gestores públicos con el que cargamos, ni la vergonzante calidad de los mismos. Que no estamos en contra de una Democracia al servicio del pueblo, ni de una Política que no se fundamente en su propio beneficio, ni de unos  políticos (si los hubiera) merecedores del cargo. Pero él se sigue preguntando qué es lo que queremos ser ahora que ya no queremos lo que quisimos.

Con la mirada perdida en un horizonte que no se siente capaz de adivinar, contemplaba la noche de fin de año cómo se cerraba otro ciclo, lamentándose porque cree que nunca seremos nada, porque nunca estamos satisfechos con lo que somos, porque vivimos demandando siempre un cambio; sin resignarse a aceptar que, en este suelo, todo tiende a degradarse. Y, mientras suena la última campanada, tiene que convencerse, con más dolor del que nos gustaría verle admitir, que España es un país que ha sido de todo y de nada con convicción.

martes, 1 de enero de 2013

Pasarán más de diez años...


Año nuevo y ya sólo podemos mirar hacia adelante. He recibido algunos mensajes de censura por tratar de clausurar el anterior con una nota de esperanza. La crítica está en el código genético de este país y no se me permite flaquear. Y, como la satisfacción de la protesta se encuentra en la protesta misma más que en el objetivo que la despierta, carguemos la pluma y al turrón.

Las previsiones para el año que inauguramos llueven hace unos días. Don Mariano se atreve a anunciar que 2013 será un mejor año en términos económicos que su predecesor. Teniendo en cuenta la credibilidad que le resta, lo pasaré por alto. Mientras el Gobierno español sueña con brotes verdes, el Banco Central Europeo vaticina un movimiento del Producto Interior Bruto que oscilará entre el -0,9% y el 0,3%, es decir, que no es decir nada, y Europa calcula que España no empezará ni de lejos a ver su recuperación este año, así que, a esperar toca.

 Personalmente, considero que el hecho de que la crisis sobrevivirá a este año no es dudoso; que sobrevivamos nosotros será preciso. El 2013 todavía les dará a nuestros políticos mucho trabajo destruyendo el nuestro, subiendo impuestos o inventándose nuevas tasas, atacando al bienestar, robando derechos a la ciudadanía y encendiendo el clima social de este país. Y más vale que a nosotros nos traiga una buena dosis de paciencia y esperanza o las movilizaciones de Mayo del 68 se quedarán para el recuerdo como inocentes verbenas de barrio comparadas con la que se va a montar ahora. La crisis (me reitero) tiene pinta de querer seguir agudizándose a  través de la misma política de ajustes llevada a cabo por un Gobierno que bien sabe y pretende no saber que un país que destruye el consumo no puede frenar su caída en picado porque la austeridad por sí sola es veneno para la recuperación. Pero, (para aquellos que no queréis leer más allá del reproche por el reproche) cuando no quede nada más que recortar, cuando hayamos anulado la Sanidad y la Educación, cuando los impuestos sean más elevados que el valor de lo adquirido, cuando la cifra del paro haya crecido hasta rascar el techo con los cuernos de la infidelidad política… ¿Qué haremos? Y, lo que es peor si cabe, ¿qué esperanza podremos proclamar entonces?

Mantengo, y me remito a mi artículo anterior, que el inicio de la recuperación pasa por valorar y apoyar la exportación como no lo hemos hecho hasta ahora, si bien nunca he dejado de reconocer que España en estas lides está más verde que los brotes que imaginan ver nuestros políticos en el mapa económico actual. En primer lugar porque, aunque es cierto que existen sectores que ya resultan competitivos y que aportan el crecimiento en exportación que se registra en los últimos años, España anda lejos de poder transaccionar valores que están en alza y demandan los mercados externos, como son la tecnología o el sector servicios, amén de que la actividad de la exportación se enmarca (todavía) en un pequeño grupo de empresas, de manera que los beneficios logrados se concentran en un segmento reducido. Por otra parte, estamos todavía muy centrados en comerciar casi exclusivamente con países pertenecientes a la Unión Europea, olvidando los mercados emergentes asiáticos o sudamericanos que son realmente la apuesta de futuro. (Para compensar la lectura crítica o autocompasiva de las líneas anteriores, añadiré que todas estas deficiencias son legítimamente meritorias de una reescritura optimista en código de oportunidades.)

En otro orden de cosas, es obligado apuntar (a pesar de mi intento frustrado de inclinación hacia la fe en renovados horizontes) que el crecido índice de exportación junto al descenso de las importaciones todavía no aportan un resultado de superávit en la balanza comercial. Sumando esta bofetada de realidad al hecho de que la demanda interna ha decrecido en la medida de la situación que nos condena, obtenemos un índice de progresión del PIB que no alienta a la sinceridad de creídos ni descreídos.

A pesar de todo lo anterior, de la tendencia generalizada al crudo análisis, del linchamiento normalizado en los últimos tiempos como forma de expresión, me iba pareciendo hora de fijar nuestras perdidas creencias en una dirección concreta después de deambular, durante cinco años ya, por esta depresión económica. Si consideramos este repunte del comercio exterior como un arranque de la recuperación, detrás vendrá la inversión, nuevos mercados que atender, maquinaria que reemplazar, incorporación de nuevas tecnologías, creación de puestos de trabajo… Aunque, para ello, precisaremos de un marco institucional que empiece a favorecer la Investigación y el Desarrollo por medio de la inversión, el reconocimiento y la recompensa del talento. Y, sobre todo (también soy consciente), necesitaremos una gran conciencia de que el crecimiento será lento hasta el aburrimiento y el gasto, contenido hasta la asfixia todavía durante diez…, veinte…, treinta…

Nota para los acusadores: Si una nación como Japón, que nos da sopas con honda a la hora de gestionar, lleva veinte años recuperándose de su crisis particular sin nuestras infartantes cifras de paro ni el coladero de depravación que alimentamos en este país, ¿de cuánto estoicismo tendremos que hacer gala los españoles, pobres mortales, hasta que lleguemos a ver una cifra en positivo con efecto real en nuestro depauperado nivel adquisitivo?

Nota de realismo: En este maltrecho país que debiéramos tratar de reconstruir entre todos como un dignificante deber social, el que no se corrompe es porque no puede.

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