sábado, 29 de junio de 2013

Lady Bárcenas desaparece sin dejar ni rastro de Channel nº5

Rosalía Iglesias, hasta el jueves, esposa de su casa y, de profesión, mujer de Bárcenas, se encuentra en parador nacional desconocido desde que el antedicho diera con sus huesos y sus carnes en el trullo sin que a la señora se le pueda considerar capaz de entenderlo. La última imagen que se conserva de ella fue tomada a la salida de la Audiencia el mismo jueves y era digna de un 6,5. Melena leonina, gafas oscuras de bucear, capazo de Loewe y trapito como de andar en medio de sus labores cuando la llamaron para declarar; salía, incriminadísima ella, con el justo disgusto que procura acabar de saber que tu marido, sinónimo de "cómete la mierda" en los últimos tiempos, camina, desposado, de cabeza a la trena.
 
Aunque el aspecto que proyectaba la buena señora, a todas luces y focos, estaba perfectamente estudiado para acudir de incógnito a recoger un Globo de Oro en el hotel Beverly Hilton de California; en la calle Prim, no pudo evitar los incómodos flashes que siempre le secan a una esas lágrimas de Moët Chandon que tan bien combinan con la bisutería y las circunstancias. Así las cosas, hubo un momento en que se vio obligada a bajar la cabeza por no dar con el morrazo en las escaleras o por esconder la jeta parda tras una cortina de pelo al viento tratando de no parecer quien era. Yo creo que, para pasar desapercibida, una aparca el chófer en casa, se tapa las vergüenzas con un trapito del tío Amancio, se coge una coleta con una goma del Primark, que vienen en paquetes de ciento cincuenta unidades, acude gastando suela de plástico por un lateral de la entrada y pasa sin gloria pero sin foto. Pero también es cierto que hay que verse en una de éstas, y ésta, de esto, ni papa.
 
Tras semejante fracaso de encubrimiento, Lady Bárcenas ha decidido desaparecer del mapa sin pasar por casa con la tranquilidad que da saber que los españoles seguiremos manteniendo a su príncipe gris con nuestros impuestos en la pensión completa de Soto del Real. A mí, aquí sentada con mis leggins de andar por casa y mi copa de vino con gaseosa, me cuesta una úlcera de estómago imaginarme el polvo acampando en el armario abandonado de esta mujer, que no le aporta la posibilidad de ataviarse para el anonimato ni el día del juicio final. Si bien consuela poder admitir que los trapitos sucios de esta doña a una servidora le quedarían grandes, no digamos los del rey de la peineta.
 
Pues eso, que con el miedo de que se nos escapara Luis, la que se pira es ella, compuesta y sin ropa. Gracias a Dios y a la crisis que el lunes nos pillan las rebajas con toda la tela sin vender. Yo, si fuera un paparazzi en edad de hacer méritos, a esta mujer, la buscaría en algún rincón del imperio Inditex aprendiendo a acudir sin ser vista. Que es bien sabido que las mujeres, los disgustos, nos los sorbemos deslizando la visa.

viernes, 28 de junio de 2013

El PP se nos va de varetas

Estas Navidades, estaba convencida de que me tocaría la lotería. Tan segura estaba que ni jugué creyendo que no me hacía falta porque me iba a tocar igual. Hace un año y medio, era tan evidente que sería el PP el que nos sacaría de la crisis en un rato, que once millones de españoles votaron al partido de Bárcenas con los ojos cerrados. Ahí están los resultados. Cuando la suerte está de que nos caiga el gordo, el gordo cae del lado de la mantequilla. Y eso es la vida para casi todos; la esperanza constante de un golpe de buena fortuna entre el primer pañal y el último. Pura expectación, como la que despertaba el partido de ayer entre España e Italia. Cero goles en ciento veinte minutos. Apasionante. Mereció la pena perder horas de sueño.

Tampoco los miembros del PP esperaban tener que usar pañales a su edad y, de pronto, ayer...¡ay, que se me escapa! El comunicado que medía la reacción del partido no llegaba a la extensión de un tuit. El papel temblaba solo. El clima que se respiraba dentro de la camarilla se enrarecía por momentos. La figura que flotaba sobre el imaginario Popular era la de un Luis Bárcenas atado a una bola negra frotándose las manos con papel de fumar. Cuando su peor pesadilla se embutía en el pijama a rayas, muchos se preguntaban cómo explicará ahora Mariano su defensa a ultranza del que se ha convertido en el más famoso de los tesoreros, o si María Dolores, presa de sus peores miedos, superará los dos minutos más dolorosos y vergonzantes de la historia de la política protagonizados en diferido por sí misma, o si serán capaces de volver a pasar silbando y mirando para otro lado mientras el del pijama amenaza bomba. Conviene recordar en todos los casos que les sigue asistiendo la presunción de inocencia hasta de ser miembros de su partido.

Desde ayer, la cárcel de Soto tiene nuevo inquilino y el nidito en Suiza ha quedado descubierto. Han sido necesarios cuatro años y cuatro jueces para acorralar a la gallina de los huevos de oro. El hombre que se lo llevo por las patillas engominadas tiene a la cúpula del PP que ni tuitear puede de lo que le flaquea el pulso. Nadie imagina lo que esta mente preclara es capaz de urdir entre tres paredes y una hilera de barrotes. Nadie se hace cargo de la frustración de un ser humano que, durante treinta años, se ha dedicado en cuerpo y alma al robo y al fraude para que ahora nadie se lo reconozca en la medida del sacrificio que ha sido. Nadie sabe lo que este profesional del reparto puede llegar a repartir en su estado de conmoción.

Desde que estas Navidades no me tocó más que bajar la basura, estoy muy sensibilizada con la desdicha ajena y lo puedo llegar a entender. El pobre "Luis, el cabrón", el único español agraciado con el euromillón sin haber jugado, tiene que andar más encabronado que nunca por los cuatro metros de celda que pisa desde que sabe que se le acabó la suerte. La decepción de un hombre, peinado hacia atrás porque la vida siempre le ha venido de cara, es inconmensurable si, de golpe y porrazo y contra todo pronóstico meteorológico, se entera de que este mes de julio no va a poder irse a esquiar sólo porque la Justicia tiene que seguir su curso. E imaginar que en el mismo centro penitenciario pueda quedar algún escaño libre le tiene que soltar las tripas a cualquiera que lo haya conocido. Empezando por arriba y acabando por arriba.

jueves, 27 de junio de 2013

Fuera de lugar

La primera vez que me publicaron un escrito en una antología, yo tenía veinte años y una pluma nueva. Acudí a la presentación y firmé algunos ejemplares estrenando estilográfica. Después, empecé a recibir invitaciones para participar en tertulias literarias, encuentros de autores, recitales, etc, y, en todo el proceso, no hubo un momento en que me sintiera en mi lugar. La segunda vez, no asistí a la presentación.

Hoy, como consecuencia de la publicación de este blog, me encuentro de nuevo en el mismo punto. Me han pedido que colabore en un taller literario de una universidad y no sé cómo decir que sí o que no. A mí me gusta escribir, me gusta bailar con las letras y con las cifras, me gusta sentarme ante un ordenador y teclear, me gusta recabar información, pasear por la ciudad, por los estamentos oficiales, por las entidades bancarias, me gusta tomar un café o tomar el sol y mantener una conversación de dos o de cuatro, me gusta la tarta de queso, me gusta leer hasta en las cajas de galletas, me gusta escuchar, me gusta que me leáis, pero no me gusta hablar para muchos. Ése no es mi sitio. Lo anterior puedo hacerlo incluso bien, sobre todo, comer tarta, pero soy muy consciente de que no valgo para tener público. Me siento cómoda presentándome en este rincón y muy incómoda haciéndolo de viva voz tras un atril.

Porque uno puede ser un escritor aceptable y un aburridísimo orador, de la misma manera que se puede ser un buen registrador y un mal presidente del Gobierno, o ser un excelente profesor y un pésimo ministro de Educación. Sin embargo, la sociedad, inexplicablemente, se empeña en sacarnos de nuestro puesto para situarnos donde no sabemos estar. Nadie es capaz de cualquier cosa aunque tenga el valor de creer que sí.

Hoy tengo que tomar una decisión y también soy malísima tomando decisiones: o escribir para mí o escribir y hablar para ellos. Sentarme aquí a liberar tensiones o sentarme a seguir acumulando. Sentarme libremente o hacerlo por obligación...

Y lo único que tengo claro es que, de momento, me tomaré un café con tarta de queso y conversaré un rato más conmigo misma. Si alguno se apunta, por favor, de uno en uno.

martes, 25 de junio de 2013

Corrupción y tentetieso

En algún momento en la Historia de España, cruzamos el punto de inflexión del tiempo y comenzamos a incumplir años. Pisamos con un pie la edad adulta y regresamos por la línea del devenir en un ejercicio de involución perdiendo el raciocinio paso a paso. Así, hemos retrocedido hasta esa edad en la que nada importa porque nada sorprende. Dicen los psicólogos que, si aterrizara una nave de extraterrestres en el jardín de casa, como aterrizó el jaguar de su marido en el jardín de la Mato, un niño de menos de un año no se extrañaría en absoluto porque, para él, todo es nuevo y no distingue entre lo que es normal y lo que no lo es. Tan insólito o tan natural le resulta un hombrecillo verde como un perro negro paseando entre los geranios. En ciertos casos, la impresión se modifica con los años.

Los españoles hemos vuelto a no impresionarnos por nada. El caso Bárcenas regresa a las portadas y a nadie le indigna lo que hay de nuevo. En tiempos de permanente crisis y con una tasa de paro insostenible, la formación se convierte en un lujo wertgonzoso y a nadie le da un ictus. Ya no importa que, con nuestros impuestos, se paguen sobresueldos, los gintonics del Congreso o los menús de televisión española en lugar de educación. El balón de Urdangarín sigue colgado en el tejado del juzgado y nadie espera ver si cae o no. Las operaciones registradas junto al DNI de la infanta conforman un espacio de segundo orden en los programas del corazón entre un anuncio de alcachofa y los desamores de la Hormigos. La Gürtel y los EREs andaluces se salen de la página y ya no nos interesa seguir leyendo. Preferentes, desahucios, desempleados, sanidad, miseria, todo pasa y nada queda porque lo nuestro es pasar, como diría Machado si nos viera y le diera un arrebato poético en lugar de ponerse a repartir sopapos, que sería lo suyo.

Nadie cree que esto vaya a arreglarse ni que los culpables vayan a pagar por los crímenes cometidos. Lo damos por sentado. Lo aceptamos como es y no debiera ser. Si salta un nuevo escándalo, ya no nos extraña. Si no, casi lo echamos de menos. Ya no nos alarmamos por nada. Todo forma parte del diario político, periodístico y español. Estamos adaptados a caminar entre balas de fogueo. Cualquier noticia, por grave que sea, está dentro de la normalidad e, incluso, podemos llegar a celebrarla.

En Italia, sin ser Italia ejemplo de justicia ni de demasiados valores, Berlusconi ha sido condenado a siete años de cárcel por prostitución de menores y abuso de poder. A Berlusconi, lo ha condenado no haber nacido en España porque, si lo hubiéramos juzgado aquí, los españoles le hubiéramos dado el Príncipe de Asturias de las artes y luego nos lo hubiéramos llevado de copas por Oviedo. Con los años que tenemos, vamos restándoles gravedad a los asuntos más serios como si no tuviéramos ni años ni asuntos que resolver. Aquí ya ni se juzga, ni se condena, ni se castiga, ni se dimite. Todo se acepta con naturalidad.

El hijo de mi amiga Áurea ha cumplido el primer año y su madre no duerme de preocupación porque todavía no le han salido los dientes. Él se le parte de risa. Cuando llega la hora de merendar, le da la galleta al perro para que se la vaya ablandando mientras se traga el yogurt y luego se mete la galleta en la boca. Sin talento, sin escrúpulos, sin entender la preocupación de su madre. Como un español hecho y derecho. Y le sabe a gloria bendita, como a nosotros las injusticias de cada día.

domingo, 23 de junio de 2013

Ciudadano 14

La infanta Cristina estaba predestinada desde la cuna, a ser infanta y al infortunio, con un DNI maldito. Fue Franco quien impulsó la creación del actual DNI y empezó a contar a los españoles poniéndose el primero. Así fue como se autoasignó el número 1; el número 2 fue para su mujer y el número 3, para su hija. También fue Franco quien impulsó a la familia real al trono español y para ella reservó los números que van del 10 al 99, evitando el 13 por superstición, como en las ediciones de Gran Hermano. Cosas de reyes. La infanta Cristina lleva colgado del cuello el DNI 14-Z de Zúrich (principal ciudad de Suiza). Está claro que, si se saltaron el número 13, ella era, en la línea de sucesión, la destinataria de toda la mala suerte que pretendieron evitar. Su destino estaba escrito en las estrellas del paseo de la fama cuesta.

Despertarse un día nadando en medio del chapapote salpicado por Hacienda por un error inexplicable hasta para Montoro tiene que dejar un cuerpo como de haber nacido con el DNI equivocado. Tan malo es enterarse por la prensa de que los chanchullos que una creía haberle escondido al fisco descansen de pronto sobre la mesa de un juez, prescritísimos, como que nunca se hayan tenido ni vendido fincas por valor de un millón y medio de euros y la Hacienda Pública lo deje, como el que no quiere la cosa, a la sombra de la sospecha de todo un país que ya andaba con la mosca detrás de la oreja. En cualquier caso, a mí, el cuerpo que se le haya quedado a la infanta me importa poco, seamos francos. La cuestión me parece otra. Imagínense ustedes que un día hubieran sido propietarios de algún pedazo de tierra, más allá de la que todos tenemos en las jardineras del balcón, y que les hubiera dado el soberano capricho de venderla toda por 1,4 millones de euros. A los cinco minutos de declarar el pelotazo, Hacienda les hubiera enviado una paralela por mensajero urgente con un susto en las cejas que ni el de Zapatero, si bien esta operación justificaría su nueva residencia en un palacete en Pedralbes, por ejemplo. Imagínense que esas propiedades nunca les hubieran pertenecido y que nunca hubieran vendido ni pipas, pero que, presentando una declaración de ingresos de 200.000 euros al año, les arrolla el mismo majestuoso antojo de comprar un palacete en Pedralbes que cuesta la friolera de 7 millones de euros. A los tres minutos, Hacienda les hubiera enviado al mismísimo Zapatero con la paralela.

Sin embargo, si se es un ciudadano de dos cifras, uno no se entera ni de lo uno ni de lo otro ni de nada de nada. Hacienda sólo revisa los DNIs de más de tres cifras y se lía con los de dos porque eso tiene que ser un cajón de sastre y por la falta de costumbre. La infanta no realizó una venta de propiedades por valor de 1,4 millones. Ha sido un error de DNI. Si sólo los miembros de la Familia Real portan DNIs de dos cifras y no fue la infanta Cristina, ¿quién lo hizo? ¿Cuál es el DNI al que se le puede asignar la venta? ¿Quién era el terrateniente? Pero esto es harina de otro costal.

Aquí, la cuestión es que, a la Hacienda Pública, no le cuadran las cifras de la infanta empezando por la del DNI y, lo que es muchísimo más importante, que, por lo visto, todos estamos expuestos a que la Agencia Tributaria nos endose un muerto que no nos toca y, con un DNI de más de dos cifras, justificar la inocencia se complica.

jueves, 20 de junio de 2013

Las herencias buenas

Hay cosas que entiendo pero querría no tener que entender. Hace unos meses, leí una noticia que llamó mi atención y que informaba de un importante incremento en el número de renuncias a una herencia por miedo a recibir las deudas de nuestros ancestros. No niego que éste motivo que apuntaba la prensa explique ciertos casos, pero me sorprendió que, llevando como llevamos apenas un año de desaceleración y cuatro de caída libre (que no son pocos, pero tampoco tantos) el resultado sea que un importante número de ciudadanos deje este mundo legando sólo pufos y ésa sea la única razón para que tantos se nieguen a recibir lo que les toca. Después de investigar un poco sobre el tema, me atrevo a afirmar que esta información era absolutamente parcial y que, para la mayoría de los que se ven obligados a tomar esta decisión, la causa es otra y, posiblemente, no interese contarla.
 
Durante muchos años en España, la mejor forma de salvaguardar nuestros ahorros ha parecido invertir en ladrillos. Por tanto, muchos españoles lo que tienen son inmuebles en todo tipo de suelos. Durante los últimos años, lo que la gente no ha podido defender es su liquidez. Con lo cual, habemus piedras, pero no pasta, y todavía hay Comunidades Autónomas en España en las que es imposible heredar sin efectivo. Que manda narices que los padres de uno se pasen la vida tratando de ahorrar al tiempo que cumplen con todas y cada una de sus obligaciones tributarias, les llegue la hora de dejar de pagar impuestos y, sus sucesores tengan que volver a hacerlo por lo poco que han conseguido salvar de los piratas. 
 
Pongamos por caso que papá tiene un piso que, hoy en día, vale menos que nada, pero tiene un valor, y, si lo adquirió hace treinta años, sigue valiendo más de lo que le costó. Digamos que 120.000 euros. Heredar esta joyita arquitectónica supone liquidar un impuesto de sucesiones que en mi Comunidad Autónoma, sin ir más lejos, significa el 21% del valor del palacete, es decir, 25.200 euros. Que hay que tenerlos. Y, si no, renunciar a la herencia. A más pedruscos, mayor el importe. Por eso, hay familias que se plantean arreglar el entuerto antes de perderse en el hueco del nicho.
 
La semana pasada me acerqué a una administración (pública, no de lotería) y expuse el caso:
 
¿Cuál es la mejor opción para transmitir un bien a un hijo en vida y qué impuestos están obligadas a pagar ambas partes?
 
Bien, pues, al loro. La opción menos gravosa aquí es hacer una donación del inmueble, que, para quien recibe el bien, está libre de impuestos (que no en todas las Comunidades), pero el donante ya puede rezar todo lo que sepa porque no le va a hacer falta esperar a que se lo coman los gusanos. En primer lugar, tiene que liquidar en el ayuntamiento del municipio el impuesto de plusvalía que se calcula en función de lo que se ha revalorizado el suelo desde que adquirió la vivienda hasta el momento en el que se la transmite al fruto de sus entrañas. Teniendo en cuenta que, en los últimos tiempos, el valor del suelo se ha multiplicado hasta el infinito con la finalidad de que los ayuntamientos engorden sus arcas a golpe de IBI, la antigüedad lujosa de 120.000 euros puede estar asentada sobre un suelo tasado por un valor similar al de la propiedad entera, lo que, después de treinta años de tenerlo en propiedad, supone soplarle al ayuntamiento más de 10.000 euros. Pero no termina aquí la cosa. En la siguiente declaración de la renta, la donación hay que declararla porque Hacienda no distingue entre una donación y una venta, y, a pesar de que el donante no ha percibido un euro al quitarse de encima el ladrillo, tiene que abonar un porcentaje del incremento del valor del piso desde que se compró hasta el día de la donación. En el caso que nos ocupa, alrededor de un 25%, total: 30.000 euros.
 
Y ésta es la mejor opción para regalarle a un hijo en vida el piso que a su padre le ha costado esa misma vida pagar: volver a apoquinar cuarenta mil euros en impuestos más los gastos de notaría para ponerlo a su nombre.
 
Un consejo libre de impuestos: Véndanlo todo ya a más tardar, liquiden los mismos importes con el efectivo calentito, y no esperen a que, mientras a ustedes se los meriendan las larvas, a sus hijos se los meriende el Estado.
 

martes, 18 de junio de 2013

Derechos tenemos todos

La cultura no da de comer. Aquí estaría yo, escribiendo este blog, y ustedes leyéndolo si nos lo pudiéramos tragar. Por eso y porque la crisis a algunos les viene que ni al pelo, la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) apunta unas pérdidas de casi dos millones de euros en el año 2012, y esto sí que no hay quien se lo trague. Que una sociedad que se dedica a cobrar por algo tan intangible como es un derecho de autoría anuncie que tiene unas pérdidas millonarias, para mí, requiere explicación. Porque esto es como si yo me pongo a cobrar por que me sobrevuelen el espacio aéreo que me queda por encima de la cabeza y registro pérdidas. ¿Pérdidas de qué si la inversión es cero? Que no es lo mismo perder que dejar de ingresar. Lo cierto es que, en el mismo orden de hacer desaparecer los beneficios, los socios de esta entidad se han repartido 384 millones de euros en un momentico y ya es fácil que se les haya ido la mano y por allí venga el desaguisado. Pero no tomen muy buena nota, que yo también soy de letras.

Es posible que en mi ejercicio de relativización y respiración profunda, esté llevando demasiadas cosas al pozo del absurdo, que lo tengo que me voy a tener que poner a dragarlo cualquier tarde, pero ¿no les parece irracional también a ustedes que, estando en la situación en la que estamos, los menos desfavorecidos traten de sumarse a la desdicha como si esto fuera una competición de plañideras? Lo que es una realidad y una tragedia es que, desde que comenzó la desaceleración de Zapatero, han tenido que cerrar más de 180.000 empresas en España cenándose sus pérdidas. Pérdidas reales. Económicas y personales. Y que no han tenido el privilegio ni la publicidad de una portada en martes de lluvia. Otra realidad y una vergüenza es que, al amparo del mal tiempo, entidades que deberían estar colaborando en la superación de esta desgracia, se suban al carro del dolor sorbiéndose los mocos con pajita. Se aprovechen de las medidas que un Gobierno, zurcido a la medida de los grandes, finge poner en marcha para facilitar a la pequeña empresa el trámite de la contratación de personal. Pongan en la calle a miles de trabajadores para renovar la plantilla a precios de todo a cien. Provoquen que los ciudadanos no puedan permitirse seguir comprando en la tienda de la esquina, que tiene que cerrar; llamar al fontanero, que deja de cotizar; llevar el coche al taller, que deja de facturar; llevar el coche sin más o comerse un plato de garbanzos. Y consigan, entre todos, que España se convierta en una rueda de ratón en la que podemos seguir dando vueltas eternamente.

Cuando ya no me quedan sapos en el estómago, pienso si esta respuesta tan descarada y generalizada no tendrá mucho que ver con nuestro propio carácter. Los españoles tenemos la necesidad de aparentar estar siempre peor que el que está enfrente. Si a un extranjero se le pregunta qué tal está, siempre contesta, muy educadamente, que está bien, gracias. Sin embargo, un español te cuenta la pena de Murcia. Y, no sé si por servir de consuelo o por no ser menos, el primero que pregunta responderá con una descripción detallada y exagerada de todos sus males, que siempre serán más que los del murciano. Una vez tuve un jefe, en un equipo íntegramente compuesto por féminas, al que llegaron a dolerle los ovarios más que a nosotras. Y, es posible, que ése sea el auténtico origen de esta catarata sin freno de desgracias. Que, si uno llora, el resto se contagia y todos a mamar hasta que la vaca no da más leche.

Los titulares de prensa de esta mañana se imprimieron, sin lugar a dudas, en la calle que discurre frente a la sede de la SGAE. Saldría Antón a tomarse el café de media mañana cuando se ha cruzado con la prima de su mujer en el mismo momento en que pasaba por allí Pedro J. Ramírez con la libreta y el boli a la caza de la noticia de hoy:

- Hombre, Mari, ¿cómo estás?
- Pues, hijo, Antón, fatal. Hace un año, perdí el trabajo; poco después, mi marido cerró el taller y se marchó llevándose a mis hijos; gasté lo poco que tenía ahorrado en comprarme unas preferentes; me quitaron la casa por no pagar el IBI y ahora precisamente iba a ver si me dan algo de comer en Cáritas antes de que llegue Rouco y nos deje sin primer plato.
- No te quejes, Mari, que lo tuyo no es nada. Yo vengo de perder dos millones de euros en derechos de autor y aquí me tienes, como un tío.

domingo, 16 de junio de 2013

Los extranjeros somos nosotros

Llegamos a la costa española el viernes y los extranjeros nos recibieron con miradas de extrañeza, como si hubiéramos irrumpido en su casa sin llamar. En un primer momento, creímos que, en cierta medida, estábamos obligados a no devolverles el desaire, por lo fundamentales que resultan, hoy más que nunca, esas carnes rosadas sobre la arena para el sostenimiento del país. La recepcionista es la única que parece alegrarse de vernos cuando nos susurra que ella también es de aquí y, casi por debajo del mostrador, nos brinda la mejor habitación del hotel. Tal vez, a modo de consuelo. El único que sabe que tendremos. Lo más español que vemos nada más llegar son las camisetas con las que se visten los niños guiris en cuanto se bajan del avión. España es un baño de sol y fútbol. Y, para algunos, este año, un vestuario de miseria y corrupción. Por las caras de acelga con que nos niegan el saludo y en vista de que nos permitimos subir en el mismo ascensor, creo que nos han metido en el último saco. No entienden lo que hacemos allí que no nos estamos muriendo de hambre.
 
Decidimos ser discretos y, en llegando a la playa, discretamente, entre el agua y lo mojado, extendemos nuestra toalla sin hacer ruido y nos tumbamos en nuestra trinchera a ver sin que se nos vea. A los diez minutos, llega una familia descolorida con ánimo de acampar. En la medida de sus egos y con la seguridad de quien se siente amo y señor de esas playas, empiezan a caer la sillas, las toallas, la hamaca, las colchonetas, la tienda de campaña (me piden que me aparte con una patada en los riñones), la nevera, la sombrilla, la abuela, la litrona vacía, la litrona llena, el balón, los cubos, las palas y el avión de Ryanair. Intento concentrarme en la lectura ajena a la colonización salvaje cuando, de pronto, se levanta un aire de mil demonios y me veo arrollada por un trasatlántico de goma. El dueño de la embarcación se acerca hacia mí tan rápido como cincuenta años a dieta de hamburguesas le permiten, me quita el hinchable de encima y vuelve sobre sus propios pasos sin dejarme ni una disculpa junto al periódico desparramado. Con la misma volada de aire, se me hubiera podido clavar el palo de su sombrilla en el esternón y de igual manera me la hubiera arrancado y me hubiera dejado allí tirada como una necrológica más. Llega un momento (a los quince minutos de tumbarnos) en que empezamos a sentirnos fuera de lugar. Y yo me pregunto si esta gente no tendrá playas en Gibraltar para todos los que son desde las que arrojar sus miradas asesinas contra el peñón.
 
Nos miran como si debiéramos un billón de euros. Nos miran como si fuésemos el tercer mundo del continente al que estamos atados por los Pirineos, por el euro y por la correa de la Merkel. Nos miran como si cada uno tuviéramos cuarenta y siete millones de euros en Suiza y les estuviésemos vendiendo la moto de la pena. Nos miran como si todos lleváramos un yerno bajo el brazo que comprara palacetes a su antojo. Nos miran como si, en lugar de geranios, nos crecieran las sucursales bancarias en la terraza. Y más y peor nos miran cuando nos oyen hablar y no nos entienden. Nosotros, como respuesta, les tendemos una alfombra de McDonald´s por todo el paseo marítimo, sustituimos las cadenas de establecimientos propias por las suyas, eliminamos la dieta mediterránea del menú y nos apartamos para dejarlos pasar. Trabajamos para ellos con contratos temporales fuera de casa sintiéndonos fuera del país. Comemos la misma basura que cocinamos para ellos porque queremos que se sientan en su sitio. Y permitimos que nos arrinconen en el nuestro por lo que sea que traigan de fuera. Éste es el precio al que queremos el turismo en España.
 
Y, hablando de pasta, mientras en las playas españolas ya nadie habla en cristiano, el cardenal Rouco Varela se permite amenazar con reducir los fondos dedicados a Cáritas si se obliga a la Iglesia a pagar el IBI. Bienaventurados los pobres porque de ellos será el reino de los cielos, hasta que lleguen los guiris con la sombrilla.

viernes, 14 de junio de 2013

Servilismo

Ahora que el asfalto empieza a freirnos la planta de los pies, parece un buen momento para sentarse a planificar las vacaciones. Hasta que se es dos para decidir. Uno pretende ir a la playa, otro a la montaña; uno quiere salir al extranjero, otro prefiere dejarse las divisas en el país; uno elije ponerse moreno, el otro seguro que no. Da igual. Allí está la compañía aérea para que sea el billete el que lo condicione todo. Esto es como cuando una se casa y es el restaurante el que pone la fecha, o como cuando se vota y el Gobierno empieza a decidir al margen de sus votantes. A mí, que las cosas que deberían estar a mi servicio me roben la capacidad de decisión me solivianta un poco. Me siento, en cierta medida, como debía de sentirse la pobre Mary Shelley, que creó un monstruo para acabar devorada por él. O el pobre Arthur Conan Doyle, al que pocos lo conocen más allá de los muros de su propia casa, mientras Sherlock se cuela en la de todos. O Alan Alexander Milne, autor de Winnie the Pooh, para el que tuvo que ser triste que lo más relevante que hiciera en su vida fuera dibujar la historia de un oso con un tarro de miel y éste lo condenara al olvido. Pero así es. Es el personaje eclipsando a su creador. Y eso es lo que ha sucedido con Mariano Rajoy. Que la criatura se nos ha ido de las manos.

Mariano Rajoy es el Winnie the Pooh dibujado por el pueblo español. Mientras él va por libre, a su bola comiendo miel de un bote, nosotros ya no pintamos nada. Podemos vivir o morir, seguir dibujando o bajar los brazos, intentar borrarlo del papel o cerrar el libro definitivamente. Mariano ya no nos pertenece. Se ha salido de la página, ha pisoteado el argumento y se ha reído de la historia ocupándose únicamente de chupar del bote. Nosotros ya no importamos. Mariano ha cobrado vida. Los padecimientos de este pueblo, a su Gobierno, le son indiferentes mientras el frasco esté lleno. Y éste es el único hilo que todavía lo vincula a su inventor. Aunque no quiera, aunque no lo parezca,  aunque parezca no saberlo, lo necesita para que le siga suministrando su pringue.

Por eso, algunos días, tan entrañable en su simpleza como el oso amarillo de Milne, Mariano nos compensa de nuestro anonimato susurrando lindezas que él entiende a su conveniencia y nosotros necesitamos creer a la nuestra: Si tú vives para llegar a los cien años, yo quiero vivir para llegar a los cien menos un día para no tener que vivir sin ti. (En el original, o si Mariano hablara el lenguaje de Winnie: "If you live to be a hundred, I want to live to be a hundred minus one day so I never have to live without you"). Encantador, pero no somos nada. Hemos sido anulados por nuestro propio personaje. Somos esclavos de su protagonismo. Es él quien maneja los hilos. Vive de nosotros sin tenernos en cuenta. Vivimos a su sombra sin ser nadie. Siervos de nuestro sirviente. Víctimas de una criatura con aires de peluche.

miércoles, 12 de junio de 2013

El pan nuestro de cada día

A veces, me acuerdo de Paquita, la panadera de mi infancia, que a sus inconfesables cincuentaytantos acudía a las siete en punto de la mañana a hornear el aroma de toda la calle por cinco mil pesetas diarias. Se colocaba su delantal, abría su libreta por la siguiente página en blanco y sostenía su jornada laboral sobre un mostrador que aún lo recuerda todo. Paquita hubiera podido escribir un libro. Conocía el nombre y los parentescos que tejían el mapa del barrio. Lo que se cocía en cada casa y lo que se comía en cada mesa. Su libreta de anillas sólo recogía las cifras del "ya me lo pagarás mañana" por si acaso esas cosas de la edad, como el alzheimer, le sobreviniesen a Paquita un lunes de resaca. Todo lo demás, lo archivaba en la memoria.

Hoy Paquita se ha convertido en un anuncio de televisión con un 902 ocultando la letra pequeña. Las necesidades actuales ya no se cubren en el local del barrio. Para personas maniáticas como yo, a las que no les gusta dialogar con máquinas, se inventaron los puntos de servicio, que pretenden ser lo que fuera el horno de Paquita sin Paquita. La señorita que me atiende me pide que me identifique y fotocopia hasta mi carné de la biblioteca, toda documentación es poca, pero no me llama por mi nombre ni una sola vez en todo el trámite. Realiza seis consultas distintas para venderme un producto que debería conocer y que le resulta tan extraño como yo. Se hace un lío con el teclado del horno y me dice que ya está, pero me marcho con las manos vacías (craso error). Quince días después, me veo obligada a llamar al ínclito 902. Al otro lado del teléfono, desde lo que parece y seguramente también es el otro lado del Atlántico, una voz morena me comunica que la solicitud no se ha llevado a cabo, mientras Barack Obama escucha toda la conversación desde la Casa Blanca por mi seguridad, y se lo agradezco, porque empiezo a notar que se me hincha la vena dramática. Tras una conversación de cinco euros y de besugos, todo lo que puedo hacer yo, que para eso le pagan a la telefonista, es interponer una reclamación en el establecimiento en el que contraté el servicio.

En la segunda llamada o dime tu nombre y te haré reina en un jardín de rosas, la operadora me confirma que parece que la contratación está hecha pero no como debiera. Dame pan y dime tonto. Donde todo era gratis, nada lo es. Que sí, que no, que caiga un chaparrón sobre el punto de servicio personalizado. Ella no puede hacer nada y he de entender que, si alguien puede, soy yo o que no hay nada que hacer. Obama se debe de estar partiendo la caja mientras yo busco los estribos. Déjalo, hija, no te canses, que me vais a oir y además me vais a ver.

De vuelta en el punto de servicio, la cuestión es qué hace una chica como tú en un sitio como éste. Mi firma de hace quince días se ha extraviado durante la limpieza del local. Donde dije digo, digo Diego, y me toca la moral rozando lo inmoral. Como ya tiene una bastante con lo que tiene, es imposible tener lo que no se tiene. Pierdo un poco más de mi tiempo y la paciencia en lo que se ha convertido en una cuestión de honor y, una vez metida en harina, redacto una reclamación, pero me fío tan poquito de esta Paquita de saldo que me cuelgo del móvil una vez más.

Tercera llamada. Esta vez, conduce un hombre (¡ahora, ahora!) y me aconseja que visite el área ciente en  la página web de la compañía.

- Discúlpeme, en el área cliente, no aparecen mis datos.
(Una ópera de Carmen después)
- Efectivamente, ahora veo que no le aparecen los datos.
- Ya se lo decía yo.
- Pero deberían aparecer, ¿por qué no aparecen?
- ¿Me lo pregunta a mí?
- Sí, claro, disculpe la demora.
- ¿Puedo o no puedo consultar los datos?
- No se retire, por favor.
Me deja nuevamente disfrutando de los cuatro actos de Bizet de principio a fin.
-¿Sigue usted allí?
- Sí.
- Le confirmo que hay un problema con el sistema y no puede usted acceder a sus datos.
- Ya. ¿Y cuándo voy a poder acceder a mis datos?
- No se retire, por favor.
- ...
- Discúlpeme, doñita, entonces, ¿le incluyo los datos o le doy de alta el servicio?, que me está usted volviendo loco.
- ¡Por Dios, páseme con Paquita!
- ¿Paquita? ¿quién es Paquita? Aclárese, señora.
- ¡Señora, tu madre!
- No se retire, por favor, enseguidita le comunico con ella.

A estas alturas, Paquita hubiera vendido hasta el horno, pero las facilidades de la era moderna y cuatro empleados más el mismísimo presidente de EEUU controlando todas las llamadas telefónicas por mi seguridad personal se me ríen en la cara. Ay, Paquita de mi otra vida, qué tiempos aquellos en que sólo de pan vivía el hombre.

martes, 11 de junio de 2013

Insomnio

Desde que tengo uso de razón (hace algo más de una semana), a mis días les faltan horas. Hubo una época en la que no era capaz de dormir por la noche y la desesperación me llevó a ocupar un espacio de tiempo, que cunde mucho porque no se comparte, con un sinfín de tareas a las que hoy no llego. Seis horas de sueño diarias me han robado la parte de mi vida que era más mía y han despojado a mis cosas del sabor que solían tener. Los libros han perdido el aroma que desprendían. La música no suena como sonaba. El chocolate caliente no tiene la misma textura. Los amaneceres irrumpen sin ningún encanto. Ya nada es lo que era y no tengo tiempo para lo que es ahora.

Ahora vivo de día. Algunas tardes, me resigno a vivir con gente que cree que cuenta con una profundidad que yo sólo capto de noche. Que pasea por la vida dándose una importancia que no tiene, adornándose de un misterio tan grande como el del atractivo de Paquirrín. Es gente que vive desdoblada, actuando más para los demás que para sí mismos, impostando el gesto facial para transmitir lo que no piensan, intentando simular que están pensando, tratando de pensar lo que aparentan. Gente que pone sus movimientos a merced de quienes les rodean creyendo que su vida merece el interés ajeno. Que creen que, cuando entran en una estancia, todos los ojos se vuelven para observarlos. Que piensan que construyen tan bien su artificio que cualquier hombre querría ser como ellos y que a todas las mujeres se nos caen los interiores al verlos pasar. Que se convencen de que su existencia es una película de la que son protagonistas únicos. Que pasan encantados de que los hayamos conocido. Como el primogénito de mi amiga Puri, que es gilipollas.

Vivir de día en días como hoy me vuelve a robar el sueño.

Cuando no se puede dormir, todo adquiere otra dimensión. La noche les proporciona a las cosas una profundidad real que pierden a la luz del sol. El poema que me regalaste un día no dice lo mismo a las tres de la tarde que a las dos de la madrugada. A veces, todavía me levanto temprano y echo un vistazo a través de la ventana para descubrir un paisaje totalmente nuevo. Será que la primera luz es otra luz, o mi estado de ánimo, o el sueño que no he dormido. Lo que quiera que sea le otorga un aspecto distinto a lo que no ha podido cambiar en unas horas. Y entonces, querría llamar al hijo de la Puri y enseñarle lo que es ser auténtico.

Nota de la autora: Los nombres propios de las personas que aparecen en este post han sido alterados u omitidos para salvaguardar su identidad. Los hechos, las actitudes, la caracterización y los descriptivos son los que son. El que es gilipollas es gilipollas y no se le puede llamar otra cosa.

lunes, 10 de junio de 2013

No es país para viejos

No hay lunes malo sino malos despertares. Como éste en que despertamos con la voz de los expertos del comité señalado por el Gobierno para hacer su trabajo. Cuando yo he solicitado un comité de expertos para que este mes me cierre la cuenta de explotación, mi jefe ha señalado la puerta. Se ve que no va conmigo. O que los comités son sólo a los ministros lo que el anillo al dedo, el agua al cuello o el culo al aire. Así que, este lunes, yo, a mis cuentas y todos, a las de Montoro.

Las mías salen mal, pero las de Montoro no salen. España, de nuevo por encima de sus posibilidades, tiene más viejos de los que se puede permitir. La respuesta del comité: castigados sin la pensión de toda la vida. A partir de ahora, cuando un ciudadano llegue a la edad de jubiliación, se le calcularán los ingresos en función de la guerra que le quede por dar. De momento, primará la media, pero llegará el día en que el cálculo se individualice y se presente uno con todos sus achaques (cuantos más, mejor) ante la ventanilla de pensiones, y una señorita, de entre dieciséis y setenta años, estime si son muchos o pocos. A usted le calculo una larga vida de padecimientos, pensión mínima. A usted le quedan dos telediarios, ha tenido suerte, firme aquí y disfrútelos. Hasta que lo único que pueda hacerse mayor en este país sea el sistema bancario, para el que toda pensión es poca.

No hay dinero para subsidios, pero sí para pagarnos un comité de sabios que cobra la conclusión a precio de bálsamo de Fierabrás y unos políticos que cobran por determinar que necesitamos un comité de sabios. A pesar de la paradoja, a mí me parece que, sean cuales sean las condiciones económicas del país, un comité de expertos nunca está de más en un Gobierno, pero empieza a sobrevenirme la vaga impresión de que lo que está de más son los políticos que lo conforman. Porque, para votar a unos políticos que nos representen y que éstos voten comités de expertos para que nos representen, pudiéramos directamente votar nosotros al comité de expertos y todo eso que nos ahorramos para pensiones. Pero no me hagan mucho caso, que también soy de las que piensa que, cuando acudimos a las urnas, esperamos que los sabios y los expertos sean los ministros a los que elegimos y no que éstos se conviertan en meros electores de la sabiduría que se les supone. Que no esperamos pagar duplicidades cuando estamos obligados a perder nuestros derechos porque no nos los podemos pagar. Que esperamos estar eligiendo un Gobierno que nos elija como benificiarios de lo que es nuestro y no que se ocupe exclusivamente en pagar favores políticos. Que esperamos que quienes cobran su sueldo a costa de nuestras pensiones hagan su trabajo con sus propias manos. Y, por lo visto, también esperamos por encima de nuestras posibilidades.

En mi obcecada ignorancia, iba creyendo en las sabias palabras de María Dolores que rezaban que cualquiera puede dedicarse a la política en sus ratos libres. Por eso creía que yo, en mi ministerio, también sería suficientemente imbécil como para saber nombrar a un comité de expertos que hiciera el trabajo que no me siento capacitada para llevar a cabo esta mañana. Pero resulta que, para eso, hay que ser más listo que un ministro. ¿Quién es más idiota que quién? Si todavía vivimos esperando que sea la política la que nos saque de la miseria en la que nos mete; esperando, que es gerundio, nos vamos a hacer viejos. Y éste, según los expertos, no es país para viejos.

viernes, 7 de junio de 2013

Un trabajo tan seguro como inseguro

Yo no soy muy de partir piernas, pero cuando me tengo que sentar a escribir estas letras porque lo que veo a través de la ventana me estrella los ojos contra el cristal, algo hay que hacer y, a mí, el punto bobo no me relaja. La calle es ancha, pero sólo veo la escalera que tengo enfrente. Un chaval de unos treinta años sujeta con unas bridas los cables eléctricos del trenzado a la fachada subido hasta una altura que, así, a palmos, le calculo de unos cuatro metros. Sin arnés, sin anclajes, sin manos y sin conocimiento. En primer término, lo que se me antoja es salir allí afuera y bajarlo a gorrazos del último peldaño de madera. En segunda instancia, pienso en salir a pedirle el teléfono de la madre que lo parió, llamarla y contarle lo que hace su hijo en horas de ganarse la vida. Finalmente, lo veo bajar, se agarra a la escalera (ahora sí) con las dos manos para llevársela, y aquí no ha pasao nada.
 
Para lo que podía haber pasado, lo que pasa ante nuestros ojos es una imagen cada día más repetida porque hay empresarios a los que todo les viene de cara, incluida la última reforma laboral, y gente que todavía trabaja con muy poco talento o con mucha necesidad. No son tiempos para meterle a un jefe la escalera desplegable por el radiador corporal cuando te manda a la calle, sin flotador, a currarte el plato por el que muchos matarían. Así que, si hay que matarse, se mata uno y agradecido de haber tenido la oportunidad de jugarse la vida. Tener un trabajo hoy en día es más importante que la propia existencia. Hace un momento, me acordaba de la madre del pobre diablo que se marcha con su escalera bajo el brazo, pero, sobre todo, de la del que lo espera sentado en el sillón de su despacho despreocupado de su trabajador hasta límites insospechados.
 
Hace siete meses tuve que acudir, como representante de mi empresa, ante la inspección de trabajo de Pamplona. Uno de los trabajadores de la compañía sufrió un accidente laboral, que paso a relatar fielmente. Basilio trabajaba como chófer de una hormigonera. Contaba, para realizar su cometido, con el equipo de seguridad que se requiere: chaleco reflectante, casco para entrar en las obras, botas reforzadas y guantes. Lo llevaba todo puesto cuando bajó del camión para informarse de dónde tenía que descargar. De camino al puesto del encargado, pisó unas tablas que cubrían el suelo y cayó cuatro metros por debajo de sus pies hasta el suelo del sótano de la construcción: cuatro metros de caída libre para aterrizar sobre su propia espalda. Nadie lo vio. Basilio se rompió la columna vertebral, el brazo derecho y seis costillas en el acto. No podía gritar porque le faltaba el aire (me contaba después). Lo que le faltaba era el espacio necesario en los pulmones encharcados en sangre. Consiguió sacar el móvil del bolsillo y llamar al encargado, pero éste no entendió lo que le decía. Cuando empezaron a echar de menos el hormigón que ya tendría que haber llegado y del móvil de Basilio no llegaba la voz, salieron a la entrada de la obra a buscarlo y encontraron el camión vacío. Cuarenta minutos después, vieron a Basilio en el fondo del garaje.
 
A Basilio le salvaron la vida sus compañeros por tres milímetros. El encargado de la empresa que tenía la concesión de la obra y que nos había subcontratado el transporte del hormigón, cuando lo vio allí abajo, dio orden de sacarlo del sótano y dejarlo tirado al lado del camión para sacarse el muerto de encima. Cuando intentaron moverlo, los demás chóferes se amotinaron encima del cuerpo de Basilio, llamaron a la Guardia Civil, a la Policía Foral y a la ambulancia y se enfrentaron a quienes les daban de comer a ese coste. Cuando Basilio llegó al hospital, los médicos certificaron que la columna vertebral estaba partida por tres sitios y que, si lo hubieran tocado en algún momento, le hubieran seccionado la médula con toda seguridad.
 
Basilio tiene 27 años, una invalidez permanente y cree que, además, tuvo mucha suerte. Tuvo la suerte (mala) de que el hueco estuviera tapado por unas tablas sin señalizar. Tuvo la suerte (mala) de pisar justamente encima. Tuvo la suerte (mala) de caer de espaldas desde una altura de más de cuatro metros. Pero tuvo la buena suerte de contar con unos compañeros que se tumbaron en su lugar. Para el resto, esto que os cuento es lo que importamos cuando salimos de casa. Ése es el precio de nuestras vidas cuando llegamos a nuestro puesto de trabajo. Ésa es nuestra valía. Así nos la pagan y así se la cobran. Doy fe.

miércoles, 5 de junio de 2013

La Marca España

Ayer se destapó, por fin, la intención de este Gobierno desde su toma de posesión. Todo su empeño se ha centrado en cambiar la imagen internacional del suelo patrio. Ayer, con un año de retraso, se celebró la puesta de largo de la Marca España en la capital de nuestro país, Bruselas. Hasta allí se desplazaron 500 personalidades, españolas todas, para llenar el hueco que dejó la ausencia del presidente de la Eurocámara, Martin Schultz. Así, la personalidad europea más destacada fue el vicepresidente de la Comisión y comisario de la Competencia, el español Joaquín Almunia; y la española, Pedro Ballvé, consejero delegado de Campofrío. Lo que pretendían con esta reunión era salvar al país de sus estereotipos y promocionar el sol, el flamenco, las tapas y la moda ante la plana mayor de Europa, que no acudió. Es decir, que lo que fueron a anunciar son tres de los grandes clichés con que todo el mundo relaciona a España desde que se inventó la tortilla de patata, y los trapos elegantes, que los sucios ya los conocen.

Hemos de admitir que la imagen que España proyecta fuera de sus fronteras nada tiene que ver, de un tiempo a esta parte, con la fiesta que solía parecer y, en ese sentido, a la clase política hay que reconocerle que, una vez más, ha cumplido con sus deberes. Hasta que Mariano empezó a viajar por Europa, los españoles teníamos nuestros defectillos, que saltaban delante del toro junto al valor que también arrojábamos extramuros. Podíamos ser una pandilla de vagos que ni generaba, ni destruía y en nada se transformaba, pero que iba a trabajar todos los días con una de las jornadas laborales más largas y peor distribuidas de Europa. Ahora, sólo somos una pandilla de vagos sin contrato tirando de subsidio. Hace cinco años, los españoles parecíamos vagos, pero nobles. En este sentido, la reputación de España en el exterior era intachable. Hoy España es un vergonzoso colgador de chorizos ibéricos que han llevado la economía del país directamente al matadero. Los expertos coinciden en que el mayor problema de la Marca España es lo mal que los españoles hablamos de nosotros mismos y de nuestros políticos, algo que también han conseguido variar, acentuándolo. Efectivamente, España no es ni una sombra de lo que era. Para los extranjeros, la Marca España no ha podido transformarse más en menos tiempo. Para los españoles, la Marca España se ha convertido en un hierro de marcar ganado.

En un país en el que la única opción que cabría para cambiar el concepto sería cambiar de políticos, el Gobierno ha puesto toda su carne ibérica en el asador para impulsar nuestra imagen bajo el eslógan de la "Marca España", que no es otra cosa, o eso dicen, que "mostrar la realidad de nuestro país, nuestros puntos fuertes". (¿En qué quedamos?) El evento de la Marca España fue concebido como un escaparate de nuestras fortalezas, que nadie vio con interés. Un intento desesperado del Ejecutivo por sacar pecho de nación. Un buffet de jamón y flamenco que, si algo promocionó, fue la siesta. Y una excelente ocasión, para Margallo sólo, de superar el cliché de "la España de charanga y pandereta". Sí, hijo, si, para panderetas estamos.

lunes, 3 de junio de 2013

Imprudencias que pagamos todos


Cuando cumplí diecinueve años, me saqué el carnet de conducir. A la primera. Aquel mismo sábado decidí inaugurarlo acudiendo a la fiesta de celebración motorizada y la grúa se llevó mi coche. A la primera. A Mariano Rajoy, le sucedió algo parecido; sentarse al volante del Gobierno y que la grúa de la Merkel le aplastara el coche fue todo uno. Las alegrías y las decepciones suelen llegar de la mano para que la felicidad y la tristeza se vayan compensando. Sin embargo, las penas no se reparten igual. Aparcar mis diecinueve años en el badén de correos, me costó oncemil pesetas de un sueldo de canguro por las tardes. Que Mariano aparque su incompetencia en los jardines de la Moncloa ha costado seis millones de parados, que no acuchillan su sueldo aunque se le salgan de los bolsillos, y una millonada en multas que pagaremos, dios mediante, los contribuyentes y los pensionistas contribuyentes hasta que los pensionistas sean exterminados.

De camino al exterminio, Bruselas vuelve a sacar la libreta y ordena subir el IVA, bajar pensiones, endurecer todavía más la reforma laboral y reducir puestos de trabajo públicos. Mariano, por toda respuesta, clava en el plasma su cara de circunstancias, pero nos endosa la nota a los peatones. La imprudencia es suya, pero el castigo, no. Así es que yo me suelo pasar las penas del Gobierno por el mismísimo cárter. Mientras los españoles nos ahogamos económicamente y en nuestro propio vómito, Mariano Rajoy conduce sin puntos. Del programa electoral con el que ganó las elecciones hace un año y medio, ya no le queda ni una sola promesa por incumplir. Pero continúa al volante del país dirección Berlín arriesgándose a que paguemos sus negligencias con el país entero. Mariano se ha creído a estas alturas que España es un coche teledirigido desde Europa y se permite el lujo de conducirlo con el culo.

Sin falsas modestias, Mariano reconoce que, con sus maniobras, hemos dejado la crisis atrás. Porque, cuando lo de detrás se lleva delante, uno pierde la perspectiva. Mañana nos llega la nueva cifra del paro incluyendo la caída del mes de mayo y Mariano está convencido de que será esperanzadora. A toro por pasar, todo cuela. A toro pasado, todo se nos cuela por salva sea la parte con la que, ut supra diximus, conduce Mariano. Los viandantes pagamos sin más y, si nos quejamos, nos quejamos de vicio. Sabemos que, al final, sólo seremos muchísimo más pobres. Sabemos que hemos salido de la crisis gracias a que Mariano se aproxima sin freno al borde del abismo. Que estamos que nos salimos. Vamos que nos vamos.

Las temeridades de este Gobierno nos están costando más caras que el coche, pero, para quien no las paga, siempre salen baratas. A mí, disculpen la ingenuidad, me sigue asombrando la facilidad con que esta panda de kamikaces nos encaja sus facturas de tráfico y sus fracasos como logros. Me cuesta asumir que los errores de una conductora postadolescente inexperta se paguen doblando turno y los del conductor del Gobieno, poniendo bote.

sábado, 1 de junio de 2013

Sin cargo de conciencia

La conciencia está en desuso. Ha caído en el saco de los valores olvidados, como el arpa de Gustavo Adolfo, del salón en el ángulo oscuro. El día a día amanece a la sombra del delito, del desorden, de la barbaridad y de una desvergüenza con cargo a cuenta del ciudadano común y sin cargo de conciencia o de justicia. Bárcenas se lo llevó crudo y todavía tuvo la moral que hay que tener para denunciar a su partido y solicitar la prestación del paro tras su despido improcedente. Urdangarín cobró por lo que no hacía de donde no debía al invisible amparo de una infanta de España que, por demostrar un mínimo de escrúpulos o remordimiento, debiera haberse presentado voluntariamente a declarar y no dar lugar a este vergonzoso juego de imputaciones y desimputaciones. Ana Mato, así lo documenta debida y algo tardíamente el Ministerio de Hacienda, disfrutó de un viaje a Euro Disney y otro a Suiza con cargo a la tarjeta del tío Gürtel y ahora se gasta además la santa pachorra de decir que no se acuerda, en lugar de negarlo o afirmarlo sin más. Siento decirte, Sabina, que ser cobardes les vale la pena.
 
Hace unos siglos, si no a la conciencia, se recurría al honor para evitar los desmanes que hoy no es capaz de evitar ni una legislación bien pensada. Son los que mean más alto quienes cobran y roban al tiempo que reducen pensiones, limitan la sanidad y la educación, engañan al pequeño ahorrador, y lo funden a impuestos expropiándolo de esto y de aquello y sembrando el camino de un ejemplo impagable para cualquiera. Ser chorizo es hoy un título de nobleza. Estar imputado, un signo de distinción. A menudo, acompañado de alguna otra categoría, excepto en el caso de la Mato, que, de momento, es Ministra de Sanidad a secas, por su madera (de alcornoque) y su falta de memoria. Con esta gente, como casi con cualquiera, una ya no sabe si es más jeta que tonta o viceversa.

Si hace una semana que no me dejo leer es porque la he invertido toda en buscar seis mil euros extraviados o sustraídos de una caja sin nombre pero con dueño. Quien los sacó de donde estaban (como Bárcenas o Urdangarín) manifiesta no acordarse (como Ana Mato). La que suscribe parece, desde todos los puntos de vista, la menos sospechosa del robo y, por eso mismo, porque todo el mundo cuenta con que tan a menudo las apariencias engañan, sabe que la sombra de la sospecha le sobrevuela el moño y no le permite dormir en cuatro días. Se buscan seis mil euros y no hay conciencia a la que apelar. La cuestión no se entierra sin culpables, pero nos rendimos al cansancio, a la ausencia de pruebas y a la falta de moralidad. Desde aquella educación basada en la honradez que tanto se esforzaron mis mayores en inculcarme, empiezo a darme cuenta de que la conciencia ha pasado a ser algo así como el apéndice del intestino; sólo sirve para acumular mierda hasta su extirpación.

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