viernes, 29 de noviembre de 2013

El arte de la Botella

Los humoristas de este país están perdiendo la gracia. Resultan sosos. A mí, a estas alturas de la vida, me dan a elegir entre visionar el club del chiste o una comparecencia del PP y, si de verdad me quiero reír, elijo a los del PP. Esta formación tiene un elenco cinco estrellas. Ana Botella, por ejemplo. Cierto es que nadie la hubiera colocado en el puesto que, a veces, ocupa y, precisamente por eso, el partido en el Gobierno lo hizo por los contribuyentes. Porque no nos lo podíamos perder. No hay alcalde ni alcaldesa ni profesional de la risa en la península con más gracia que esta mujer. Alcaldes incompetentes los tenemos en todas las Comunidades Autónomas, pero tan graciosos, en ninguna. Como no está la economía para muchas risas, el gracejo es una cualidad que empieza a escasear y, sin embargo, esta señora, otra cosa no tendrá, pero chispa, como para que arda Troya. Personalmente, no conozco ningún chiste que sobreviva a la repetición con la frescura de aquel que invitaba a tomarse una "relaxing cup of café con leche" este verano. Cada vez que me pongo el vídeo, lo tengo que parar a medias so pena de partir la silla. Que no se me pasa. Pero es que, con esta mujer, no has terminado de reír el anterior que ya está escupiendo el siguiente. Es un no parar.
 
Ayer, que andábamos aburridillos, era día de Pleno en el Ayuntamiento de Madrid. A priori, no sonaba muy divertido, pero bastó echarle un vistazo al reparto para dejarlo todo. Ana Botella, señora de Madrid y alcaldesa de Aznar, defendía el pensamiento político del Partido Popular. El portavoz del PSOE, Jaime Lissavetzki, hizo muy feas acusaciones a la alcaldesa de la capital provocando una densa tensión en el ambiente que obligó a la Botella a descorcharse con lo más grande: "La ideología del PP es la que ha traído mayor progreso en la historia de la Humanidad". Di que sí, alcaldesa, tanto o más que la Revolución Industrial, el movimiento obrero, el descubrimiento de la penicilina o el de la compresa con alas. Tan graciosa resulta la afirmación en sí como considerar que los miembros del PP se mueven en virtud de ideología alguna, que es algo así como decirlo del PSOE, del perro de mi vecino o de las petunias del jardín en San Valero, pero tampoco hay que bajar tan al detalle. Lo importante es que nos hace reír. Que falta nos hace.
 
Ana Botella apareció "investida" con esa chaqueta verde ídem y esa flor en la solapa (un clásico) de la que parecía que, en cualquier momento, iba a manar un hilillo de agua directo a la cara del representante del PSOE, pero no cayó en estereotipos. Se limitó a sentenciar en su estilo parco y contundente, como cuando afirmó en enero de dos mil ocho que "todos los ciudadanos han visto esas escenas realmente espeluznantes de niños de siete meses de gestación en las trituradoras", sin aportar prueba alguna, aunque pretendiendo llevar tanta razón como llevaba cuando, a propósito del matrimonio homosexual, nos deleitó con una lección magistral de la escuela de Barrio Sésamo sumando peras y manzanas: "Las manzanas no son peras. Si se suman una manzana y una pera nunca puede dar dos manzanas". Con más razón que una santa.
 
Desde el Palacio de la Cibeles, gracias mil veces al Partido Popular, la excelentísima Ana Botella domina la villa y corte sin proponérselo con la agudeza y el ingenio que para sí quisiera más de uno que lo pretende. Después de todo lo dicho y lo que me dejo por decir, tengo que admitir que han estado muy bien pagados todos los sueldos y sobresueldos que se ha llevado la política. De no ser así, cuántos de sus integrantes hubieran tenido que emigrar al extranjero y cuánto se hubiera podido agravar la fuga a chorro de cerebros que padece este país. Yo es que no me lo quiero ni imaginar.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Eufemismos, por lo bien que suenan

De buena mañana, mi amiga Puri, que leyó de sus andanzas en este rincón, me pregunta que quién es la Puri. Por no darle una patada en todo el ego, le tengo que contestar que la Puri es un personaje de ficción, convenciéndome a mí misma de que mi respuesta no es mentira del todo, dado que, en la realidad, la Puri se supera a sí misma. Lo importante es que se conforma con la respuesta y que, una vez más, certifico que el poder de la palabra debería ser el primer poder reconocido. La palabra tiene, en la misma medida, la capacidad de decir y la de transformar la realidad.
 
El Gobierno con el país, como yo con mi amiga Puri, se ha ocupado de decir, evitando decir, y de transmitir transformando la visión de las cosas. Así, cuando la situación empezó a desmoronarse a ojos vistas y el partido en el poder consideró que la mejor salida iba a ser la de aplicar esta condena de renuncias, no por nada la denominó política de austeridad, evitando por activa y por pasiva, en directo y en diferido, pronunciar la palabra recorte. Porque el sentimiento que provoca la palabra austeridad es absolutamente contrario a la reacción que hubiera desatado reconocer que le iban a meter la tijera de lleno al montante de nuestros derechos. Como el ahorro y el control de los gastos siempre ha estado bien visto, la necesidad de ser un poco más austeros no parecía tan mala. Nos hacía creer que habíamos cometido un exceso durante décadas y generaba una inevitable sensación de culpa que asumimos redimir. Nos conformamos.

Lo mismo nos sucedió al escuchar que había que ajustar en calidad de urgencia las partidas presupuestarias de lo social. Con un cambio de denominación, se estaba transmitiendo a todo el país que los gastos no estaban bien repartidos, que no podíamos sostener el nivel de consumo que nos había conducido al lugar en el que nos encontrábamos, que estaba desajustado. El Gobierno no reconoció que nos estaba restando de lo que nos correspondía, lo que dijo fue que no había para tanto. Nos conformamos.

Tan en el papel de permutar vocablos se metieron que comenzaron a lanzar disparates tales como que la sanidad o la educación eran partidas deficitarias, cuando la realidad es que un servicio o actividad que se financia en el marco de un presupuesto público no puede tener déficit o superávit en sí mismo, si acaso lo hará el presupuesto del que salga esa partida, pero no la partida en sí misma. Del mismo modo que a ningún ministro se le ocurriría decir que la jefatura del Estado es deficitaria, porque no tiene ningún sentido, tampoco lo tiene decirlo de la justicia, la sanidad, la educación o las pensiones. Sin embargo, el Gobierno sabe que pronunciar la palabra déficit y que todo dios se ponga a temblar son dos acciones entre las que media un microsegundo. El remedio para acabar con ambas, el recorte, sin nombrarlo. Y nos conformamos.

El Gobierno sabe bien que no tiene el mismo efecto, ni parecido, utilizar una expresión u otra que significa casi lo mismo pero no lo parece. Los españoles escuchamos que lo público es deficitario, que debemos regresar a la senda del ahorro y la austeridad como buenos cristianos, que las cosas no están ajustadas a la medida de lo que son. Y aceptamos que se recorten. Porque si se hablase claro y se dijese que nuestras necesidades básicas se van a financiar con menos, los españoles pediríamos más recursos, obligando a los de arriba a rascarse el bolsillo tanto como los de abajo. Y no están por la labor.

En el fondo, todos los españoles, los cuarenta y siete millones, aunque nos conformemos, sabemos perfectamente lo que se esconde detrás de este disfraz que es la palabra. No nos engañan, pero consiguen el efecto que persiguen. Por eso, hoy, que para eso es lunes, me atrevo a dejar una pregunta flotando en el aire cibernético e invito a cualquiera que se sienta tentado de contestarla con honestidad a que lo haga. Si esta crisis, como sabemos, no la han provocado los ahorradores, ni los pensionistas, ni los estudiantes, ni los trabajadores, ni los enfermos, ¿por qué la están pagando los ahorradores y los pensionistas y los estudiantes y los trabajadores y los enfermos?
 

jueves, 21 de noviembre de 2013

Agüita de noviembre

Hoy quiero romper una lanza en favor de las viejas que van por la calle con el paraguas abierto ocupando todo el porche (esta misma mañana en fila de a una calle abajo mientras yo me hartaba de agua calle arriba). Que se me moja el paraguas, dicen. Las secundo. Porque, después de dos años y un día con Rajoy en el Gobierno, espacio de tiempo que, más que media legislatura, ha sido una condena entera, a nadie le cabe duda de que, a España, la han hecho a la medida de los previsores (y de los chorizos a gran escala, pero esos van en coche oficial). Como yo soy más de que me caiga todo encima, allá que voy sin paraguas, ni porche, ni chaleco antibalas en días en que Mariano tiene previsto comparecer. Luego me toca aguantar a la Puri: "si es que eres masajista perdida, que te lo vengo diciendo hace años luz". Y, aunque me congratula darme cuenta de que no me ha sido necesario estudiar cosmología para llegar al punto en que la curvatura espacio-temporal se reduce a una sola dimensión, me basta e incluso me sobra con conocer a la Puri.
 
Pero hoy era el día de los previsores y, además de la Puri, ha hablado Mariano, a micro abierto. Previendo, previendo, prevé que no subirá el IVA y que bajará el IRPF, pero que, para lo que le queda en el convento, Dios dirá. Prevé que haya más ajustes, pero menos que antes. Prevé un cierto crecimiento y una mejora de los ingresos, aunque no aclara de los de quién. Y, sobretodo, prevé (porque las ve antes que nadie) luces, que podrían ser las de Navidad o las que lleva viendo desde enero al final del túnel. Para la Puri, es mucho tomate y se me atasca en los ajustes. "Más ajustes, Dios mío, adónde vamos a llegar. Hay que ver lo que tenemos que sufrir las madres ¿eh?". Me lo dice a mí, que no tengo hijos ni nada, pero hay días en que me debe de ver un poco madre, o que ni siquiera me ve. Yo qué sé. Me hubiera gustado terminar de escuchar a nuestro presidente por si nos regalaba algún consejo aplicable a este tiempo que se nos presenta, pero la verborrea de la Puri me lo ha impedido. En cualquier caso, creo que no ha habido nada de eso, más que nada porque Mariano ni idea tiene de lo que llueve fuera. La Puri, sí, que sale de casa con un paraguas que parece un paracaídas, porque nunca se sabe y ella es de las de por si acaso, aunque no hay paraguas bastante para las dos, también lo tengo que decir, y que la Puri me perdone.
 
Así salimos, aún cuando Mariano, en la radio, continúa prometiendo como prometió hace ya dos años lo que ha quedado en agua de borrajas. En la calle, el país sigue haciendo aguas también y la Puri, que en cuanto se le mojan las suelas se cree que soy Neptuno, me pregunta que esta lluvia cuándo se acaba. Yo le pronostico que para rato hay caldo, por no decirle que se irá cuando le dé la real gana, e imagino cómo se lleva las manos a la cabeza, aunque no lo haga por aguantar el paraguas abierto debajo del porche, mientras yo camino con kilo y medio de agua por pernera sorteando charcos a la más pura intemperie. Me hace saber, para alimento de mi acervo cultural, que esto es buenísimo para el campo, pero yo ya empiezo a luchar entre escuchar las voces que me suenan fuera y las que me suenan dentro de la cabeza en un jueves en que, al tiempo que Mariano celebra su segundo año de gloria, los españoles andamos de barro hasta la rodilla, calados de escepticismo, sin gorro hasta el que estar, aguantando el temporal.
 
El porche se acaba y la Puri decide que hasta allí ha llegado, que no tiene sentido continuar. Bastante que me ha hecho el favor de salir de casa. Se para y me mira como si fuera a despedirse. "Sécate ese pelo", me dice. Se da la vuelta, se aleja con el paraguas abierto ocupando todo el porche y obviando, en plan mariano, porque tampoco le importa, que, a mí, me pueda partir un rayo.

martes, 19 de noviembre de 2013

Ley de ¿Seguridad Ciudadana?

Cuando salgo de casa y vuelvo la esquina del edificio, me suele sorprender un golpe de cierzo que me corta la respiración. Sé que siempre es así, que el viento gana velocidad en la avenida principal, pero siempre me sorprende. No tengo pulmones para gestionar la llegada de todo el aire de golpe. Igual que yo, la sociedad española lleva dos años tratando de respirar ese bofetón de aire que sorprende a la vuelta de la esquina y que no está capacitada para inspirar en dosis tan altas. Sueldos, sobresueldos, donaciones, desaparición de pruebas, finiquitos en diferido, mensajes de la presidencia con su imputadísimo tesorero, privatizaciones de lo más sospechoso... Es tanto de un solo golpe que atonta.

En cualquier otro rincón del mundo, un presidente de Gobierno, ministro, yerno, tesorero o edil de este calibre español hubiera perdido el cargo al primer bufido. En este país, todo pasa dejando una vergonzosa sensación de impunidad flotando en ese mismo aire de corrupción que solivianta a propios y a extraños. Mientras nosotros tragamos polvo a bocanadas revolviéndonos contra corriente, la prensa internacional hace meses que se pregunta hasta dónde aguantarán nuestros pulmones viendo cómo nuestro presidente, para quien la corrupción es "su única piedra de molino", sigue compareciendo sólo ante quienes todavía lo aplauden para poder enorgullecerse de sus imaginarios éxitos al cumplir su segundo año en la Moncloa.

El Gobierno nos ha ido suministrando sobredosis de aire sucio a diario tomándonos no sólo por idiotas sino por idiotas sumisos y manejables. Para mejor regodearse en sus logros exclusivamente personales, hoy nos sopla una nueva Ley, que tiene el valor de denominar "de Seguridad Ciudadana", y que viene a ser la mordaza de los que se atreven a protestar. Parece ser que, apabilados por esa ráfaga de injusticias que nos abordaba de una forma irrespirable, nos hemos echado a la calle a condenar auténticas tonterías. Que nos bajaran el sueldo, que nos dejaran sin trabajo o sin casa, que las grandes fuerzas del país: el Gobierno, la oposición o la familia Real nos metieran la mano en la caja al descuido, que las fuerzas del orden nos molieran a palos cuando clamábamos por esas otras insensateces... Ya estaba tardando el Gobierno en poner un poco de orden y, de paso, aprovechar para nutrir las arcas.

El Consejo de Ministros aprobará este viernes el anteproyecto de la Ley de Seguridad Ciudadana: un texto redactado en paralelo a la reforma del Código Penal con el que el Gobierno quiere acabar con las protestas ciudadanas, la grabación de excesos policiales y otras realidades que restan credibilidad al Ejecutivo, a sus recortes y a la Marca España. Las multas por tratar de interrumpir las tropelías de la autoridad con nuestros llantos de plañidera oscilarán entre los 30.000 y los 600.000 euros.

Españoles, la democracia ha muerto. 

sábado, 16 de noviembre de 2013

Los abrazos que no damos

Cuando alguien a quien queremos desaparece de nuestro lado, a menudo, nos preguntamos si lo abrazamos lo suficiente. Sólo cuando nos falta ese ser querido, nos damos cuenta de cuánto se nos ha quedado dentro, de cuánto más pudimos haberle demostrado. No hablo tanto de la familia (aunque también), como de los amigos. Amigos a los que queremos a pleno pulmón y a los que nunca cogimos de la mano para transmitirles que estábamos allí, con ellos, cuando lo necesitaron e incluso cuando no supimos que lo necesitaran. Quizá porque, en el momento en que nos sentimos tentados de hacerlo, creímos que parecería raro. Tal vez porque pensamos que, si hubiéramos intentado abrazarlos, habrían dado un paso atrás. Y, aunque hay quien opina que es mejor arrepentirse de algo que se ha hecho que de algo que no se ha hecho, lo cierto es que no hacemos según sentimos. Apreciamos a las personas con modestia. Amamos a escondidas.

En noches de soledad como ésta, miramos a nuestro alrededor y pensamos en las personas que nos importan y en si las estaremos abrazando bastante. Y comprendemos que existen muchos gestos fortuitos, tropezones por el pasillo y por debajo de la mesa pero pocas manifestaciones premeditadas. Porque cada vez es más frecuente convivir con personas compuestas de una infinita ternura que no se sienten capaces de canalizar. Personas a las que abrazas y se hunden hacia dentro y callan y esperan que el suelo se abra bajo sus pies y se los trague o los escupa, pero los saque de esa posición incómoda que los aterra sin saber por qué. Nos rendimos y lo dejamos pasar. Dejamos que se pierdan los abrazos hasta que llegan las ausencias. Y, aunque, en la vida, hay ausencias que regresan con los años, entonces sucede que el abrazo que les hubiéramos dado y no les dimos se nos enfrió por el camino. Perdóname porque no te abracé como debía cuando tenía sentido.

No sé por qué corren tiempos en los que el contacto físico nos frena, nos acobarda, nos avergüenza. Más allá de ese cortés apretón de manos, de los besos al viento o la palmada de ánimo en la espalda a mano abierta, nos cuesta expresamos a través del tacto. Por lo que quiera que sea, ésta es la época en que la transmisión de afecto de una forma física intimida. Nos escondemos tras las maneras de lo políticamente correcto y dejamos que se pierdan nuestras pasiones.

Sin embargo, a lo largo de los años, encontramos personas que aprenden a abrazar y otras que aprenden a valorar esa superación de las barreras que flotan en el aire encarcelándonos en nuestra soledad. Es de agradecer. Es maravilloso asistir a ese despertar a la vida de los tiernos gestos físicos, a la superación de los miedos, a la extraordinaria comunicación no verbal. Esta noche, desde el calor de estas líneas, siento el irresistible deseo de lanzar un llamamiento en pro del abrazo.

Por la falta que nos hizo, por si creemos que aún hace alguna falta, por si hiciera falta y no lo adivinásemos... O por que no se nos quede dentro irremediablemente.

jueves, 14 de noviembre de 2013

¿Y tú qué?

Una vez tuve una profesora, de inglés precisamente, que sabía menos inglés que su peor alumno (seguramente yo). Su programa consistía en esforzarse en enseñar en la medida en que nosotros le demostráramos nuestras ganas de aprender. Como a mí estas prepotencias mal argumentadas me revientan un poquito el estómago, aproveché la ocasión una vez más para perder esa magnífica oportunidad de hacer una amiga. El día en que nos hizo saber sus intenciones, decidí levantarme en medio de la clase para aclararle lo que debe ser la filosofía docente. "Disculpa, reina, no deberíamos tener que recordarte que éste es tu trabajo, no el nuestro. Que, a ti, te pagan por impartir clases de inglés de la mejor manera en que seas capaz. Y que nosotros pagamos para que lo hagas. Que, con que a uno sólo de los que estamos aquí le interese lo que tengas que decir (no seré yo), estás en la obligación de dejarte las uñas preparando esta clase. Y que nadie, de momento, te ha faltado al respeto para que consideres que tiene que ser de otra forma." No se lo tomó muy bien. Afortunadamente, tampoco estuvo en el tribunal que me examinó de aquel curso.
 
Del mismo modo que un alumno se motiva ante un profesor ejemplar, un ciudadano crece ante unos mandatarios dignos del cargo. Pero no hay alumno ni ciudadano, y menos en este país, que pueda tomarse en serio las exigencias de alguien que no es paradigma de lo que pide. Cuando hoy se ha sabido que el Ayuntamiento de Sevilla ha emitido una ordenanza según la cual, a partir de ahora, los taxistas de la ciudad deberán saber inglés para serlo, yo he pensado: "espérate a que se levante el primer taxista sevillano, que nos vamos a reír". La mayoría de ellos ha declarado manejarse con soltura en un nivel de inglés "Ana Botella". La inmensa minoría afirma tener nociones básicas y hace una demostración que me siento incapaz de transcribir porque la fonética nunca ha sido mi fuerte. El resto se defiende en el clásico inglés nivel-medio que a los españoles siempre nos ha sacado del aprieto. En cualquier caso, todos pasan el examen mejor que Rajoy (por eso, Mariano nunca quiso ser taxista) y todos se preguntan lo que se tienen que preguntar. ¿Por qué un taxista tiene que saber inglés para conducir a un guiri hasta su hotel en Sevilla y a un político no se le exige para conducir a un país por todo el mundo? Y ¿quién es ese político, que no sabe inglés, para exigirle a un taxista que lo aprenda?

Estudios a propósito de nuestro conocimiento de otros idiomas apuntan que España sigue suspendiendo en inglés, a pesar de lo que se nos ha insistido desde la transición en lo importante que llegaría a ser para encontrar un buen trabajo (que se lo pregunten a los taxistas sevillanos). España es el mejor ejemplo de que una cosa es estudiar idiomas y, otra bien distinta, aprenderlos. Y, hablando de ejemplos, de todos los presidentes que han gobernado en España desde 1975, sólo Calvo-Sotelo dominaba el inglés. El resto, mejor que nunca lo hubiera hablado. A la vista está que el problema de España no es que siga suspendiendo sólo en inglés. El problema en España, y muchas veces con razón, ha sido y sigue siendo el "¿y tú qué?".

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Basura

Hay veces en la vida en las que hay que trabajar. Y otras, pues que no. Ana Botella es de las que rara vez se encuentra con las primeras de estas veces. Si el año pasado, con cinco cadáveres de cuerpo presente, se marchó de vacaciones a Portugal como si la cosa no fuera con ella, este año, que la cosa no va con ella, es bien capaz de marcharse de rositas dejando la calle sin barrer. Bastante ha hecho que, sin tener por qué, se ha molestado en aclarar que las toneladas de basura que alfombran Madrid no son asunto de su alcaldesa, del mismo modo que el reguero de miseria que arrastra a España no es asunto de su Gobierno. Y, al que le pique, que se rasque las pulgas. Porque no se puede esperar de quien no es capaz de asumir ni sus propias responsabilidades que asuma las ajenas por mucho que éstas afecten directamente la parcela de lo que es competencia suya.

Después de diez días de huelga, el olor de la basura de Madrid llega hasta Alemania y a Ana Botella le importa tanto el hedor que desprendemos como la imagen que dimos cuando se presentó en Buenos Aires queriendo hablar en inglés. Esta mujer se ha propuesto, sin que nadie se lo pida, deleitar todos nuestros sentidos. Con respecto a lo que se publica hoy en algún periódico extranjero, yo creo que los alemanes tenían poco que decir, sobretodo, viendo esa cara que tiene la Merkel como de llevar un huevo podrido en el bolsillo, y porque a los españoles nos importa ese mismo huevo lo que opinen los germanos de nuestro país. Con respecto a lo que aquí se nos queda, lo que a los españoles nos inquieta es no ver respuesta de ningún tipo al pago puntual de nuestros impuestos. Porque esta estampa del país como una papelera volcada empieza a resultar ya un poquito cansina. Los trabajadores de la empresa encargada de retirar los residuos de la capital, de huelga, peleándose sus lentejas, como Dios manda y como debe ser, pero otra vez; los cargos públicos encargados de mirar por la salud pública de los ciudadanos, pasando, otra vez, de largo; los españoles, pagando, otra vez, el pato; y la alcaldesa, con esos pelos, que, como la mierda acumulada, no van con el cargo.
 
Me voy a evitar señalar las similitudes, evidentes por primera vez en seis años, entre la calle y el Gobierno. Y sí apuntaré que ésta es la muestra de que, en tanto que unos creen que nos sacan de la crisis, al resto nos sigue subiendo hasta la luz al final del túnel. Y, fíjense, que, a propósito de todo esto y con todo lo que nos han dado que criticar las privatizaciones, a mí, hay días en que me parece que hemos privatizado poco. Porque hemos contratado gestores privados para retirar la basura y cosas así y, sin embargo, hemos mantenido alcaldes y políticos pagados directamente de lo público que ni se retiran ni retiramos. Y, así, mientras Génova 13 aparenta seguir limpia por fuera; por dentro, alcaldes, ministros, presidentes y demás componentes de la derecha se encuentran en posición de empezar a sentirse, y cito textualmente a mi buena amiga Cándida, como un cerdo a la izquierda.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Lo que la crisis se llevó

Si ayer hablábamos de lo mejor que nos despierta la crisis, hoy lo haremos de lo mejor que se nos duerme. Lo mejor que se nos ha llevado este trance ha sido la capacidad de disfrutar de las cosas que antes nos inspiraban cierta ilusión. Hoy mismo, sin ir más cerca, he bajado al súper a comprar un palo de escoba y, de buenas a primeras, he tenido que parar a una dependienta para preguntarle cómo se salía de allí. Entre lineales de turrón, panetones y figuritas de mazapán, me he sentido más perdida que nunca. "Disculpe, señorita, todo esto ¿qué significa? ¿Es que estamos en Navidad o qué?". "Claro, si ya es once de noviembre". Claro. Pues no lo entiendo.
 
A cambio, la misma crisis nos ha traído ese qué se yo que anima a consolarse incluso sin querer. No sé si alguno habrá tenido ganas últimamente de visitar sitios como el Palacio Real, por ejemplo. Si lo hizo, tal vez haya notado que, cada vez, son más frecuentes las parejas en las que él contempla embebido, con cara de Garcilaso, los relojes marcando los cuartos mientras ella apunta: "Pues sí, muy bonito, pero, anda, ponte a limpiar todo esto. Mucho más práctico nuestro apartamento de cuarenta metros. Dónde va a parar". O viceversa, ella pasea por las estancias ojoplática, porque los ojos no le cierran frente a los tapices, pinturas y otros espantos. "Ay, qué maravilla, Manolo, ¿cómo te quedas?" y Manolo se queda dormido porque, ante lo que no va con él, como si le pones la vida de Jane Austen en versión original.

En estas estampas es en donde reconocemos que la crisis ha ido compensando las parejas y frenando los abusos. Casi todo el mundo admite a estas alturas que hemos vivido a lomos del exceso y, en consecuencia, ahora, somos mucho más sensibles a lo que no hace falta. Este verano mismo que, por no salir, nos hemos tragado hasta la vuelta ciclista. Quién no ha pensado, este año por primera vez, en lo absurda que resulta. Un pelotón de tíos pedaleando sin descanso hasta llegar a Madrid por el camino más largo, en verano, con lo que se suda, y venga a beber porque, para dar la vuelta a España en bici, hay que estar muy bebido. Detrás de ellos, un ejército de ingenieros que se han ocupado de pensar en que hasta el último tornillo de la bici resulte aerodinámico para que luego llegue el tío y pedalee con la boca abierta. Y nosotros, tiraos en el sofá, que ni bajar a por pan merece la pena con la que está cayendo y porque tanta reflexión nos deja para pocos excesos (afortunadamente), conscientes de que lo único que podemos cambiar es el canal para darnos de bruces con la pitonisa de Telecinco, la del incombustible "si algo te inquieta, te atormenta, te perturrrba" acompañado de un lenguaje gestual absolutamente incomprensible y una guasa que ni el ministro Von Wert... En pocos años, lo hemos visto todo.

Tanto es así, que nada nos espanta. Hoy he leído que un tío se quemó vivo en una fiesta de Halloween en Los Ángeles entre risas y caras de pasmo. Imagínense en una fiesta multitudinaria a la que todos los asistentes acuden disfrazados, de zombi del Congreso, de parado mutante o de hamburguesa del McDonald´s y, de pronto, uno se enciende por combustión espontánea y a nadie le da por dispararle con el extintor ni por si acaso ni por participar de la broma. Cientos de personas se quedaron mirando con cara de susto postizo mientras el bonzo perdía el sentido y, a continuación, la vida. Si es que ni humanidad nos ha quedao...

viernes, 8 de noviembre de 2013

Regreso a la picaresca

A los que empezamos a tener una edad, lo mejor que nos ha despertado esta crisis ha sido esa educación de la posguerra en que la picaresca y la rapiña eran carta de presentación. Recuerdo (y esto es tan cierto como que mis padres aún no lo saben) que, hace una buena porrada de años, que no confesaré del todo, mi padre me llevó de excursión a su pueblo natal. Yo tendría unos cuatro años, aunque muy bien llevados. Como en los pueblos valía todo y más en aquellos tiempos en que todos se conocían, mis padres me soltaron en la plaza sin collar y se enzarzaron con los saludos y parabienes, olvidados de mi existencia. Enseguida me sentí empujada por esa curiosidad inherente al aburrimiento infantil y conseguí averiguar que en el bar vendían seis gominolas por cinco pesetas. La astucia de los setenta y la de no llevar ni borra en los bolsillos me ayudó a hacer un cálculo rápido de parvulario para deducir que una gominola salía gratis, ya que la peseta, como el átomo, en aquella época, era indivisible. También para entonces, observando a mi hermano mayor, había descubierto que la candidez de los cuatro años me permitía hacer cosas que más tarde me serían imposibles. Así que, en pleno despiste de mis padres, corrí al bar a ritmo de zapato merceditas a pedir una sola gominola, la gratis. La estrategia consistía en ir pidiéndolas de una en una hasta llegar al atracón. El camarero, a quien mi cerebro de infante había subestimado en extremo, me pilló a la primera y, en lugar de una, me entregó cinco, evitándome los cuatro viajes siguientes, que ya tenía programados en intervalos de cinco minutos, y los posteriores porque, al mirarle a los ojos mientras masticaba mi premio a dos carrillos, noté que me sonrojaba un poco y no volví. En cualquier caso, lo más cierto es que me hice con cinco gominolas por mí misma, sin pedirle nada a nadie (no cuento, claro está, al camarero, que intuyo se recuperaría de aquel dispendio).

Según han pasado los años, nadie sabe exactamente dónde o cuándo, hemos ido perdiendo esta característica tan española de rebañarnos el cerebro para conseguir, de lo gratis, un puñao y que, desde mi punto de vista, era lo mejor de lo que llevábamos en el ADN. Ahora, cuando tenemos hijos, nos olvidamos de que un día también tuvimos cuatro años y, cuando se nos pasan las crisis, no recordamos que un día tuvimos ideas. Aunque muchos recibimos una educación como Dios manda, aprendimos a contar para no contar y a leer para no leer y a pensar para que pensara otro. Aprendimos y olvidamos al compás de tonto el último. Había llegado la cosa a un punto de relajación tal que el español, incluso el español catalán, empezaba a pagar sin revisar los cambios. Entregaba un billete, le devolvían un manojo de monedas y pista, sin contarlas. Estas cosas no duran.

Hoy, para sorpresa y regocijo de ésta que no volverá a cumplir cuatro años, he sido testigo presencial del regreso de la picaresca a nuestras calles. Me encontraba esperando fila en la frutería, medio comiéndome las uñas medio mirando el móvil medio pensando en las cosas que hay que hacer en casa, cuando una señora por detrás de mí levanta la voz en dirección al frutero preguntando por el precio de la naranja.

- Pues, mire, está usted de suerte que la tengo de oferta. A 1,99, el kilo. Pero, si se lleva usted tres kilos, le dejo el kilo a 1,70. Si se lleva cinco, el kilo le sale a 1,50; si...

- Pare, pare, no siga, vaya usted atendiendo que traigo el coche y me lo llene de naranjas hasta que el kilo me salga gratis.

Yo, sinceramente, empezaba a echar un poco en falta eso de darle al coco para ganarse lo que una no se puede pagar, que alguien sepa valorarlo y, si se tercia, le recompense a una el ejercicio. Empezaba a estar un poco harta de esa nueva forma de conseguir sin habérselo merecido ni un poco. Que yo no sé en qué palacete de los siete pares de Francia habrán crecido estos políticos y banqueros nuestros, que roban y consiguen con tan poca gracia. Oigan, que ni la sonrisa picarona nos han dejao en prenda. Y, a mí, eso de no firmar con la marca de la casa como el Zorro con la Z, qué quieren que les diga, me parece poco español. De muy poco estilo, vaya.

domingo, 3 de noviembre de 2013

El final del verano

No sé a ustedes, pero, a mí, este año, no se me acaba de pasar el verano. Todavía me da para sentarme en una terraza frente a una playa tibia y ver cómo las gotas de lluvia comienzan a caer disputándose una batalla con el océano. Y no puedo apartar la vista preguntándome por un momento cuál de los dos mojará la arena antes, si el mar o el cielo, hasta que, por uno o por otro o por los dos, la tierra se empapa y resulta difícil definir dónde acaba el agua y empieza el suelo.
 
Una guarda una estampa como ésta en el recuerdo porque sabe que la necesitará para sobrellevar el invierno. Porque una imagen así en el mes de octubre y más, si cabe, en el de noviembre es un último regalo de cumpleaños que la vida nos pone delante tratando de decir que cualquier día puede acabar siendo especial. Porque son los detalles inesperados los que marcan la diferencia: una tormenta de verano en otoño, una puesta de sol a las cinco, un abrazo llegado desde tan lejos, un mensaje del pasado a última hora.

Puedo sumergirme en estos humildes fragmentos de la existencia y reconocerme en ellos. En el agua que fluye, en la vida que pasa, en las grandes pérdidas y las pequeñas alegrías. En las lealtades debidas. En lo que no conozco y un día creí conocer. En lo que el paso del tiempo nos trae y, sobretodo, nos quita. Y, aunque la vida, bajo esta mirada, puede resultar angustiosa, hoy no puedo evitar contemplarla con esos ojos de nostalgia que intentan adivinar el futuro.

Éste ha querido ser un fin de semana de memorias, propias y ajenas. Ahora, el mar sigue mojando la arena por sí solo, la vida sigue robándonos las horas minuto a minuto, la luz vuelve a perderse en algún punto hacia el que ya no queremos mirar. Ya no toca. Aunque, por un instante, haya sido necesario detenerse un momento a observar que estamos donde estamos por el camino que hemos recorrido. Que somos quienes somos por lo que fuimos. Que cada momento pasado nos compone.

Que Dios nos conserve la memoria por si lo que está por llegar no llega como esperamos.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Historias de la Historia

Teniendo en cuenta que hoy es día de todos los Santos, no ha sido tan de asustar que, con la primera luz del día, se nos haya aparecido a todos los españoles San Mariano Rajoy Brey en el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia. La RAH presenta tres nuevas entregas de su obra magna e incluye en ella a nuestro actual presidente antes de que pase, o no, a la Historia. En las cinco columnas que le dedica, nos descubre a un nuevo Mariano que ha resuelto con una diligencia sin precedentes los pequeños problemas que han ido surgiendo en el país durante su intachable trayectoria política. Del mismo modo que un candidato sin méritos para un puesto de trabajo serio adorna su curriculum vitae con conocimientos de idiomas y ofimática de los que carece por completo, la entrada biográfica de Mariano Rajoy en la historia académica ha tratado de ser antes la hagiografía novelada de un presidente que nadie conoce que el relato fiel de la cruda realidad.
 
Así, Mariano pasará a los anales como un hombre amante de la lectura, sin entenderse su propia letra, y un apasionado de los deportes, como atestiguan sus veraniegos trotes de dos tardes por los prados gallegos en el mes de agosto. Por lo demás, la biografía de Mariano, más que una suma de méritos es una resta de desméritos. No aparece en ella ni sombra del rescate de la banca, de su récord de parados, de los ajustes en sanidad, pensiones o educación, de la trama Gürtel o de su intercambio de llamadas y mensajes con su entrañable amigo Luis. Han recortado tanto el curriculum de Rajoy que casi consiguen borrarle hasta la miopía. Vamos, que llegan a frotar un poco más las manchas de nuestro presidente y nos lo dejan a rayas.
 
La rectificación histórica ejecutada por los académicos se ha convertido en un salvavidas de personajes pasados y presentes que aprovecha la fecha en que se publican sus tres últimos volúmenes para incluir entradas tan huecas como buñuelos de viento, lo cual, para retratar a un presidente que lo mejor que ha hecho ha sido vender humo, no parece inapropiado. A resultas de lo dicho, y sin entrar en otros capítulos del mismo ejemplar que hacen llorar de igual manera, el retrato sin mácula de Mariano Rajoy en tiempo real no puede resultar más irreal. Mariano irrumpe en un Diccionario cuyo supuesto rigor nos cuesta a los españoles siete millones de euros y, al igual que en los retratos de reyes, la estampa es la de un Mariano más guapo que el que cualquiera de nosotros recordará nunca. En un intento académico por limpiar, fijar y dar esplendor, Elena San Román, la historiadora encargada de maquear la figura de Mariano, ha dibujado un perfil de nuestro presidente tan inmaculado que más que añadir una entrada histórica ha convertido el tomo en un divertidísimo volumen de historias de "Ariel" y de hoy. Ideales para pasar el rato.

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