miércoles, 11 de diciembre de 2013

Elegía a Nelson Mandela. Por Mariano Rajoy.

Cuando no se sabe qué decir, el fútbol viene a ser un tema de lo más socorrido. Eso lo sabe cualquiera que haya asistido a una cena de empresa o a un funeral de estado. El fútbol es además la lengua vehicular en las relaciones internacionales. Conmovido hasta el tuétano en ocasión del último adiós a Mandela, sin palabras y rodeado de guiris por los cuatro costados del esmoquin, Mariano sólo pudo apuntar que, sobre todas las cosas, era "un momento muy bonito y emocionante" porque ése era el estadio en el que España ganó el Mundial, como si el estadio fuera nuestro y el entierro de Mandela lo patrocinara la Roja.

Desde que le comunicaran la noticia del lamentable deceso, Mariano no ha podido evitar convertirse, por delante de Mandela, en el protagonista principal del acaecimiento. Incluso escribió un emotivo panegírico cuya única conexión con el Nobel de la Paz era el negro que lo abanicaba mientras sudaba tinta. Mariano, haciendo gala de esa sensibilidad que caracteriza a los que sólo saben posicionarse del lado de los buenos una vez que ha acabado el partido, se esforzó hasta el punto de subrayar el comportamiento ejemplar de su amigo Nelson cuando éste se pudría en el trullo por razones que ahora resultan encomiables. Nuestro presidente es ese invitado que consigue recordarnos que no hay celebración más ridícula que la de la muerte. Que no hay como estirar la pata para perder la identidad.

Ayer, todos los líderes políticos y Mariano se batieron en duelo por apadrinar a Mandela. Agradeciéndole el tránsito, le perdonaron todos sus pecadillos capitales de los setenta travistiéndolo de terrorista a héroe de la libertad en un visto y no visto. El propio Mariano se metió tanto en escena que, si le dejan, hasta se lo trae, y, conociéndolo, no se puede descartar que esté mirándole ya lo de los papeles por si, al final, se llega a demostrar que las concertinas son nocivas para la salud.

Mandela, extinguiéndose, ha logrado reencarnarse en un souvenir político, en un trofeo digno de adoración pero no tanto como para considerarlo de hecho un ejemplo a seguir. Ha sido un momento de aplauso, una lágrima provocada por el frío, una excusa para ensayar la mentira, una ocasión de estar por estar y regresar aceleradamente a otra cosa. En vista de los titulares de hoy, casi se puede afirmar que, si Mariano no hubiera sido invitado al responso, Mandela hubiera pasado a mejor vida sin pena ni gloria. La ventaja de que Nelson ya no estuviera es que así se puede decir cualquier cosa.

Nota de voluntad: El día que yo me muera, que me peguen fuego sin contemplaciones y, en este caso sí, que alguien se traiga a Mariano y nos echamos unas risas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Artículos más leídos