martes, 30 de diciembre de 2014

El año que fue

Una vez más, vamos cerrando un año de esos que nunca se nos irá del todo. Por lo que trajo de nuevo. Por lo que nos conservó. Por tantas cosas como se llevó que tampoco nos hacían ninguna falta. Por lo que nos obligará a echar siempre de menos. Por lo que nos regaló y no fue capaz de arrebatarnos. Por lo que supimos agradecerle y lo que no le agradecimos lo suficiente. Por lo que nos concedió de lo que pedimos y por lo que no. Por lo que, con tiempo, supo hacer mejor que nosotros mismos. Y, una vez más, por los pequeños detalles que lo coronaron y nos hicieron sentir felices durante tantos instantes.

La primera imagen de ese niño que nos tocó el alma y nos acercó la certeza de que también podemos ser infinitamente buenos. Su primera carcajada. Su primera caricia. Un reencuentro frente a un café tras seis años de ausencia y una merienda de orgullo. Despedir ese momento en el que temimos no tener nada que decirnos y que nos dejó el tintero a una sola palabra de rebosar. Aquel fin de semana que parecía que nunca iba a llegar y llegó. La playa después de un año. Una mirada al océano con ese punto de inmensidad en la retina y la arrolladora sensación de que todo es posible. Tener una semana y dejar simplemente que el tiempo pase durante siete días como si de aprovechar el tiempo no fuera siempre la vida.  La primera vez que vimos Intocable. La segunda vez que vimos Intocable. Reconocer que lo bueno, si breve, se queda corto y ponerle solución. Times Square a las seis de la mañana. El descubrimiento de un texto que querríamos haber sido capaces de escribir y que nos hizo reir y llorar a un tiempo. Decir y escuchar "Te quiero" a la vez. Amanecer juntos. Anochecer juntos. La soledad a veces. Esa conversación a oscuras que nos iluminó el camino. Después, mirar hacia atrás y saber que lo peor ha pasado. Mirar hacia adelante con seguridad. La esperanza infinita de que lo mejor aún está por llegar incluso cuando la emoción resulta irreprimible.  Una cena de navidad en julio porque nadie es quién para decirnos cuándo es Navidad. Reconciliarse puntualmente con los antiguos placeres sin entender por qué los llegamos a abandonar. Y perderse en el sinsentido de lo que sabe a viejo porque nos rejuvenece. Comer patatas asadas frente al fuego como cuando eso era todo. Viajar en cercanías. Comprar una postal en vacaciones y enviarla. Volver a leer un buen libro. En papel. Olvidar el móvil durante todo un día y sobrevivir. Y vivir, no para acabar con el hambre en el mundo, pero para hacer felices por un día a los que comieron con nosotros. La satisfacción de reír y haber conseguido que rían. O la de arrancarle una sonrisa a alguien para quien sonreír constituye algo extraordinario. El humor inagotable de este país al borde del agotamiento. Miles de personas ocupando la calle con un deseo en común y tomar conciencia de lo iguales que podemos ser con lo distintos que somos. Saborear esos privilegios sin garantía con los que nacimos y que para muchos son una meta por alcanzar. Sentirse bien de tanto en tanto. Sentirse vivo alguna vez. Saberse un afortunado casi siempre. Disfrutar de la oportunidad que nunca dejará de ser despertar cada día y soñar cada noche. Contar, en fin, con trescientas sesenta y cinco ocasiones cuajadas de momentos únicos que tampoco nos merecimos tanto, y desear, además, seguir siendo cuantos somos cada uno de enero.

Por lo que, de todo esto, nos traerá también el 2015, pero, sobre todo, porque nos lo hayamos ganado un poco más y mejor, ¡brindemos!


                                             


FELIZ AÑO NUEVO

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domingo, 14 de diciembre de 2014

La crisis es historia

Doscientos sesenta y cuatro cargos cobran más que Mariano Rajoy y, a mí, no se me ocurre qué puede ser más caro que presidir un país como éste. Sin embargo, una se levanta una mañana de diciembre, a un suspiro de la Navidad entrante, y escucha a su presidente proclamar que la crisis en España es historia del pasado y aún le da para valorar que hay días en que Mariano Rajoy cobra demasiado.

"La crisis en España es historia del pasado" y cinco millones de parados se miran como si acabase de entrar un elefante rosa en el Congreso. Y los padres de los tres millones de niños que viven bajo el umbral de la pobreza se preguntan si todos vivimos en el mismo país. Y el conjunto del país vuelve a sentirse excesivamente poco representado por el gobierno que lo representa. El mismo país que ha perdido la cuarta parte de su poder adquisitivo, la mitad de los derechos alcanzados y en el que la brecha que separa a los ricos de los pobres se abre como un profundo abismo, sin parangón en toda Europa, bajo sus pies piensa que lo de Mariano Rajoy tiene que ser un chiste sin ninguna gracia.

Sentirse en manos de un gobierno que tiene el valor de afirmar que el mayor problema de malnutrición infantil en este país es la obesidad asusta y mucho. Escuchar cada una de sus declaraciones invita por todo lo alto a quedarse sordo de una buena vez. Verlos representar cada uno de sus sainetes semanales no divierte aunque se esfuercen. Y vivir a merced de unos dirigentes que dirigen sin mirar da ganas de bajarse en marcha. Exasperan una barbaridad. Y exasperan, fundamentalmente, porque es imposible entender que no lo entiendan. Que no alcancen a darse cuenta de que sostener que todo ha pasado es negar la desesperación de una horda de trabajadores sin trabajo, es negar el dolor de miles de enfermos esperando un tratamiento, es obviar las necesidades de los dependientes sin ayudas, de los desahuciados, de los niños sin comedor... Es confirmar, otra vez, que les importa poco. Tan poco como que pueden felicitarse a sí mismos por haberlo solucionado todo tanto y tan bien. Por haber conseguido, contra todo pronóstico, que la crisis en España sea "historia del pasado".

La crisis en España podrá ser historia del pasado, pero, cuando cinco millones de personas no entienden lo que dices, es posible que no te estés explicando, Mariano. Cuando cuarenta millones de personas no están de acuerdo contigo, es posible que no tengas razón en lo que dices. Cuando todo evidencia lo contrario, quizá estés mintiendo como un cosaco. Cuando el país se sigue desmoronando mientras tú construyes castillos en el aire, posiblemente sea hora de asumir que no tienes ni repajolera idea de lo que estás haciendo. Y, si tres millones de niños te miran con ojos de hambre, cállate, por dios, cállate esa sarta de sandeces.

Pero, efectivamente, y por lamentable que nos resulte a casi todos, la crisis en España es historia. Una historia para no contar porque se nos acercan las elecciones. Una historia que poco tiene que ver con el cuento de Navidad que se escucha en el congreso. Es más una historia de Charles Dickens venida a menos. Un musical sin adaptar de la obra de Víctor Hugo. Una historia del pasado, sí, una historia de ese pasado que hemos recuperado a fuerza de recortes. Una historia en blanco y negro que todavía, pero sólo a veces, nos conduce a situaciones desesperadas. Mientras el gobierno de Mariano lo consigue cada viernes.

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jueves, 4 de diciembre de 2014

Los más listos de la clase

Uno de los peores errores que se pueden cometer es creerse uno más listo de lo que es y, en cualquier caso, creerse siempre más listo que cualquier otro. Y, no es que yo desee pasarme de lista, pero me parece que esta costumbre de tomarnos por tontos a todos suponiendo que se cuenta con una inteligencia preclara se está extendiendo por el mundillo de la política y aledaños a la velocidad de la luz que les falta. Quizá el hecho de haber llegado hasta donde están sea el que les empuje a convencerse de que deben de ser más que el resto sin que la casualidad ni la ceguera generalizada funcionen como eximentes. Y puede que el añadido de que traguemos siempre con todo sin atragantarnos ayude a sobrealimentar este convencimiento hasta límites insospechados. Puede ser. Pero, a mí, como pueblo, se me empieza a indigestar un poco el papel que me toca en este reparto de inteligencias fingidas.

Una puede ir llevando eso de pasar por tonta más o menos dignamente durante un tiempo prudencial y hacer como que los listos son siempre otros, incluso ellos, para ver si con el subidón de autoestima van poniéndose a solucionar algo sin que nos enteremos. Pero una misma deja de llevarlo con la misma entereza si, una vez que los tenemos convencidos de que los listos son ellos, este pensamiento sólo los conduce a considerar que no fue bastante con apoyar la integridad de Camps, la rectitud de Bárcenas, la decencia de Carlos Fabra o la inocencia de Granados, entre otras muchas cualidades que han venido salpicando al partido, como para no jugársela también por Monago a la hora de la verdad (una hora menos en Canarias). Y sea esta misma idea la que lleva a Ana Mato a tomar la decisión de dimitir de su ministerio argumentando que su nombre vinculado al de la Gürtel podría perjudicar al susodicho ministerio, pero dando por hecho que no perjudica en absoluto al parlamento, cuyo asiento no pretende abandonar. O cuando esta misma fe en sus virtudes intelectuales y en el defecto de las nuestras sirve para iluminar los adorables intentos de Soraya por aparentar que es posible gozar de un gobierno de manzanas buenas sacadas del cesto podrido del PP, en un momento en el que, lejos de sus propias filas, pocos se atreven ya a poner la mano en el mimbre.

Hace cosa de un año, la OCDE ponía de manifiesto que los españoles, en cuestión de números, andamos más flojos que de tripas. Un dato agregado que asiste a nuestro gobierno al estimar que los españoles hayamos podido no caer en la cuenta de que el 75% de los ministros de Aznar está, a día de hoy, imputado por alguna nadería, habiendo cobrado en diferido o, directamente, durmiendo entre rejas y hormigón sin merecerlo. Pues así parece ser. Y también parece que esta costumbre tan fea de ponerse a airear los trapos sucios de nuestros políticos sólo sirve para molestar a la gente de bien mientras el obrero de siempre se sirve de su posición en la fila del INAEM para quejarse sin hacer nada a cambio de cobrar un subsidio. Tan es así que, cada vez con más frecuencia, tienen que andar nuestros ilustres mandatarios inventando votaciones independentistas de pega y otros despistes para acallar a las malas lenguas y seguir manteniéndonos en la más fascinante inopia.

No obstante, existe un peligro derivado de creer que uno está dotado de una inteligencia superlativa, y es que resulta tentador caer en el riesgo de abandonar por completo el sentido del ridículo. De tal modo que, cuando lo de la corrupción empieza a ser una contrariedad incluso para los integrantes del gobierno, pongo por caso, se acabe determinando que, para corregir el escándalo, lo suyo sea sacar a Esperanza Aguirre a plantear un examen de honradez en el que el interrogante estrella ponga al candidato en el brete de tener que reconocer que llega a la política a robar lo que no es suyo. Un poco en plan aerolínea trasatlántica tratando de pillar al pasajero en un renuncio al preguntarle si viaja a EEUU para matar al presidente con la esperanza de que la verdad se imponga. "Pues mire, sí, tengo que reconocerlo; matar puedo, pero mentir, no."

Paradójicamente, de toda esta partida de listillos, es el jefe el que menos ínfulas se gasta. Ese Mariano tan de andar por casa, que, entre pasarse de listo o hacerse pasar por tonto, decide pasar de todo. Volviendo a los tercios catalanes, últimamente, dicen mucho los de la izquierda y algunos de la derecha que Mariano Rajoy, con eso de la consulta independentista de imitación, no ha estado a la altura, que no le ha prestado la atención que se esperaba, que no se explica, que ha sido más presidente del Gobierno que político, que no ha comparecido lo bastante, que se le ha ido de copas el asunto. Ganas de hablar por no callar. Justo lo que Mariano no tiene. Yo creo que ha llegado un punto en que, a Rajoy, como se deja, es que ya se le critica por deporte. Y, aunque, a mí, el deporte, así entendido, me arrebate las horas muertas, considero que todo tiene un límite menos la materia infinita y el fraude en este país. Mariano, fiel a su estilo, hizo poco más o menos lo que la mayoría esperaba; despejar la cuestión aclarándonos, con la ayuda de algún estadista de probada pericia, que si un tercio de los catalanes acudió a votar, hubo exactamente dos tercios que no lo hicieron, y, unos días más tarde, personarse en Barcelona para hablar exclusivamente con los suyos, como si el teléfono fuera uno de esos ingenios aún por descubrir y él el único que no se ha enterado de que hay viajes sin sentido que están dando mucho que hablar.

Entretanto, las altas instancias todavía deben de andar preguntándose si Artur Mas cometió alguna ilegalidad por desobedecer al Tribunal Supremo y gastarse ocho millones del erario público en poner en marcha una consulta inconstitucional que tenía prohibida por ley. Porque no está claro. Parece ser que puede no ser ilegal si eres el presidente de la Generalidad de los catalanes y tienes muchas ganas de independizarte, como tampoco lo es circular a 250 km/h por una autopista española si tienes mucha prisa. O si este mes, que es Navidad, cualquiera de nosotros va al banco a sacar dinero y, en lugar de sacar veinte euros con tarjeta, saca veinte mil a punta de cuchillo jamonero. ¿Constituye delito? "Yo diría que no, señoría, porque es que este mes yo tengo muchos gastos." Seguramente el magistrado comprobará el calendario y dictará: "Tiene usted razón, hizo bien, me hago cargo. Pero, para subir la cuesta de enero, ya que se pone, saque usted cuarenta mil de un golpe y no sea tonto." Pues, con el debido respeto, señorías, va siendo hora de que llegue el día en que no nos tengan que decir que no seamos lo que no somos.

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lunes, 20 de octubre de 2014

Andan presumiendo por ahí

Existe un arte muy extendido en nuestro país que consiste en sepultar los errores más gordos debajo de cualquier cosa con la generosa intención de distraer al oyente de los asuntos más feos de escuchar. Al amparo de esta realidad es como nuestros dirigentes se han ido ocupando, desde el inicio de su legislatura, en tapar su mala gestión destapando las corrupciones y en ocultar las corrupciones cometiendo nuevas incompetencias. Lo que sería, en términos culinarios, colocar una capa sobre otra, como si de una lasaña se tratase, hasta que alguien le dice al que la hace que ya se la puede comer. O, lo que toda la vida ha sido, en términos más de andar por casa, barrer la mierda debajo de la alfombra. Muchas veces al tuntún. Otras veces, incluso, pretendiendo acertar. Y una ya no sabe si están más orgullosos de lo que intentan hacer bien o de lo que hacen de pena a ciencia cierta.

El Gobierno de Mariano, desde que tomó posesión de sus escaños, quiso dedicarse en cuerpo y alma de cántaro a gobernar como Dios manda. Por eso, comenzó por incumplir, como Dios manda, cada una de las promesas hechas programa electoral mediante, completamente convencido de que se hacía cargo de su cometido como debía ser. Pero las cosas como deben ser no son como más agradan y, si de algo se muere Mariano, al frente de este Gobierno, es de ganas de complacer. Por eso, cuando trataba de justificarse y de esconder la cara menos amable de su mandato, supimos todos que los más altos cargos gubernamentales, dedicándose a la política, perdían dinero cobrando sobresueldos. Ganas de desviar la atención.

Sin embargo, la revelación de sus corruptelas como maniobra de distracción tampoco estuvo muy bien medida. Enfrentados al desencanto generalizado ante el destape del trinque y choriceo a manos llenas que pretendía ocultar una penosa gestión, vieron una ocasión de oro para invertir nueve millones de euros en comprar una candidatura olímpica imposible. Porque nos merecíamos una buena noticia, pero, sobre todo, porque el deporte desestresa como pocas cosas. Fue una verdadera penita honda que lo de las olimpiadas no saliera como sólo ellos esperaban, y Mariano, a los pocos días, se lo tuviera que jugar todo al Eurovegas, un antro de alcohol y perversiones con el que cubrir de largo las necesidades del espíritu español, que lo que no se bebe se lo pasa por el ministerio de interiores. Y, por encima de cualquier otra cosa, una nueva ocasión de hacer el ridículo internacionalmente que nadie como este Gobierno hubiera aprovechado más y mejor.

La cosa empezaba a ponerse fea y la legislatura a consumirse sin demasiadas medallas que exhibir en la calle. Había que intentar recuperar los votos distraídos. De modo que, en un profundo acto de contricción gubernamental, decidieron perdonarnos la reforma del aborto salvándonos a todos de su propia forma de legislar. Ya sólo quedaba ocuparse del voto piadoso, y, por eso, o por silenciar un poco el escándalo de las tarjetas opacas, decidieron traerse el ébola desde África, a gastos pagados de nuestro propio bolsillo y, de paso que congraciaban al Gobierno con ciertas órdenes religiosas, les descongestionaban  la epidemia a los africanos, que nada nos costaba. Una vez acomodado el virus en el pais, pudiendo sacrificar la diarrea mental, el derroche de estupidez del que alardean o, directamente a la ministra de Sanidad, sacrificaron al perro y, a Ana Mato, le brindaron mejor la ocasión de demostrar que, cuando el cargo se le complica, le basta con enchufarle el micrófono a Soraya y dejar claro que tampoco está tan enganchada al ministerio, que es muy capaz de dejarlo cuando quiera.

Cuando nos encontramos a escasas horas de que Mariano Rajoy nos anuncie que el gobierno del PP ha conseguido vencer al ébola, soterrando todo lo que queda atrás, yo me revuelvo en la silla de indignación preguntándome cómo es posible que los ciudadanos, siendo muchos más, estemos siempre en minoría. Porque este desfile de modelos de gestión que camina sobre una alfombra roja de corrupción ocultando un sinfín de ingresos y gastos inmerecidos a cuenta de lo que nos falta no es de aplauso, Mariano.  Ni tampoco para darse la vuelta por no ver. Este desfalco intelectual y monetario en un país en el que el mileurismo se ha convertido en un lujo es más una cuestión para tomar partido y medidas que el gintonic de las cinco. Que, luego, somos las malas lenguas las que nos empeñamos en desprestigiar un mandato que habla por sí solo, pero cada día que pasa en esta nación untada de sol y sombra deja más claro que, si la vida inteligente y cultural nació de las aguas del Mediterráneo, se nos debió de morir en llegando a Alcalá de Henares, cuna de Cervantes y sepulcro del razonamiento hispano. Uno que queda de relieve en cada empresa que acomete este Gobierno presumiendo, tan a lo Mae West que atonta, de que "cuando soy buena, soy buena, pero, cuando soy mala, soy mucho mejor".

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jueves, 9 de octubre de 2014

La fiebre del Gobierno

Existen momentos, cada vez más frecuentemente, en que a una le dan ganas de dimitir como ciudadana de esta España tan mariana. Porque algo hemos tenido que hacer muy mal también nosotros los viandantes (en ésta o en otra vida) para que las desgracias nos estén cayendo inexplicablemente como plagas de una época que creíamos haber superado, mientras a nuestros gobernantes se les llena el alma de gozo según las ven venir. Si tuvimos poco con la gestión del hundimiento del Prestige, del descarrilamiento de Santiago, del accidente de metro en Valencia o de la tragedia del Madrid Arena, catástrofes todas saldadas sin ninguna responsabilidad política, véase al Gobierno ahora pidiendo calma después de haberla liado parda en plena crisis sanitaria: desmantelando el hospital Carlos III, centro de referencia en el tratamiento de enfermedades infecciosas; recortando en formación del personal sanitario; jubilando a los dosmil médicos con más experiencia; poniendo a Ana Mato al frente del ministerio de Sanidad y trayendo, por último, el ébola en avión desde el foco infeccioso a crecer y multiplicarse. Obsérvese bien a ese Gobierno porque no puede uno perdérselo. Al mismo Gobierno que nosotros hemos elegido. Al mismo Gobierno que seguimos manteniendo día a día, ley a ley, euro a euro, en efectivo o con tarjeta.

Hacía falta un mensaje de tranquilidad y una justificación de los hechos, y allí estaba Ana Mato para decirnos a todos que no pasa nada por infectarse de un virus letal en un país en el que "la sanidad es la mejor del mundo", nada menos, y, por todo argumento sirva el irrefutable "porque lo digo yo" conocido incluso en las mejores casas. Como era de esperar, si en otras ocasiones la competencia del desastre fue del conductor, de la juventud, que se amontona, o del chapapote, que venía espeso; ahora que el ébola ha venido y nadie sabe cómo ha sido, la culpa sólo puede ser de la enfermera portadora del virus por ajustarse mal los guantes y mentir sobre los grados de temperatura que le calentaban el cuerpo cuando fue despachada con una caja de aspirinas y la recomendación de hacer mucha vida social hasta que se le olvidara la fiebre. La explicación de la ministra de Sanidad o del presidente del Gobierno al ser preguntados por la causa del despropósito no es otra que la rotunda afirmación de que España cuenta con auténticos profesionales en materia de seguridad y salud o, lo que es lo mismo, que manzanas traigo. La cara que se nos queda a los españoles, la misma que no se nos quita desde hace ya unos años y lo que te rondaré, morena.

Repito: algo hemos tenido que hacer muy mal los ciudadanos para que este Gobiermo siga tan enamorado de sí mismo que se le parta el pecho de orgullo y satisfacción pase lo que pase. Si el paro baja en el mes de junio, es sólo gracias a este Gobierno. Si la economía europea se deshincha, es porque la española está que revienta desde que gobernamos. Si la prima de riesgo crece los lunes, el caso es crecer. Y, si el ébola sale a la calle en una de esas volteretas del destino; era difícil el contagio, pero ¡también lo hemos conseguido! En esta ocasión, no ha hecho falta derribar las vallas de Melilla ni eliminar los controles de los aeropuertos a cuenta de la crisis. Para traer el virus a España con billete de primera, ha sido suficiente con dejar suelta a la ministra de Sanidad; la única, junto con Mariano, capaz de hablar del ébola como si fuera un elfo de la Tierra Media en lugar de una enfermedad mortal. Y sin quitarse un cero de la nómina. Con todo su saber estar y no irse. 

Por eso, creo que quizá seamos nosotros, los ciudadanos, los que tengamos que dimitir un poco. A mí, me apetece bastante empezar a dimitir. Dimitir de un país dirigido de boca hacia cualquier desastre por una pandilla de incompetentes, orgullosos de serlo y apoyados los unos en los otros sin condición. Dimitir de un país que lo consiente a cualquier precio sin que importe quién la hace, cómo la hace, cuánto cobra por hacerla o cómo la cobra. Dimitir de esta pena mora que es para sacarse las tripas e ir a votar con ellas en la mano a las próximas elecciones. Y es que, querido lector, como dice mi madre, luego que me enfado. Como para no enfadarse está la cosa. Si ya sólo nos queda acudir al colegio electoral cantando todos a una la próxima sintonía del PP y que ésta suene: "Hemos venido a emborracharnos y el resultado nos da igual".

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lunes, 15 de septiembre de 2014

Al tambor de la diada

Bueno, pues ya está. Otro año que hemos sobrevivido a la diada sin tener que lamentar bajas. La gente ha salido a la calle, se ha paseado, le ha dado el aire, se ha manifestado... Bien. A mí, la gente me parece bien, casi toda. Lo que me cuesta un poquito más superar es la resaca de los días de después. Concretamente, lo que trae de imágenes a todo color de Artur Mas en los medios la celebración de este día en el que no sé muy bien lo que celebran. Pero, bueno, como aún son españoles, si es por celebrar, pues venga, la diada tambien. Ahora, escuchar después a Artur Mas durante toda una semana entera con su sábado y su domingo es como tragarse un camión cargado hasta la lona de Fave de Fuca.

Hasta hace unos meses, la causa que justificaba su carrera hacia la independencia era que España les estaba robando, pero ahora que todos sabemos que no fue España, la razón principal ya no se sostiene. Por eso, ha habido algún periodista que se ha desplazado para hacerle una visita a Artur y algunas preguntas al respecto. Pura curiosidad. Gracias mil veces al susodicho periodista (no al susodicho Mas), nos hemos dado cuenta de que Artur esto del sueño soberanista no lo tenía muy depurado. Las respuestas esgrimidas por el rey de la independencia cuando el robo a la española ya no le ha valido más (perdónenme quienes alberguen sus propias razones) no invitan a independizarse precisamente, invitan más a tragarse el camión de Fave de Fuca con el conductor dentro. Y me explico. Lo que Artur Mas y sus acólitos defienden ahora como el motivo fundamental para seguir avanzando por la senda de la secesión es que, a los catalanes, no les gusta la forma de hacer política de los políticos españoles. Y, por eso, ha llegado Artur a explicarnos cómo se hace.

Al calor del cuestionario planteado por el periodista que lo entrevista, se permite Artur soñar una Nación que ya respira sola y que se dibuja como un Estado que no tendrá ejército (para qué, véase el Vaticano y allí están) en el que los peajes, por ejemplo, se seguirán pagando exactamente igual que hasta ahora, en el que los jubilados continuarán apoquinando la medicación como hasta ahora, donde no cabe derogar la reforma laboral para recuperar las indemnizaciones por despido, y en el que la edad de jubilación será...Adivínenlo... Efectivamente, exactamente la misma que en toda España y nunca más los sesenta y cinco años. Es decir, que, dibujando, dibujando, dibuja un jardín de las delicias muy poco delicioso, y demuestra que, en lo fundamental, la forma de hacer política de los políticos catalanes sería la misma que la de los políticos españoles pero en otro Estado que, básicamente, sería un mojón como el español, pero sin ejército y sálvese quién pueda.

Yo no soy catalanista, ni arturista, ni independentista, ni muchas otras cosas que, francamente, me importan otro mojón igual de gordo. Lo que sí soy es curiosa y me cuesta un poco creer que nadie hasta ahora le hubiera preguntado a este hombre cómo iban a ser las cosas después. No lo termino de entender, no sé si porque no tiene ningún sentido o porque esto del independentismo es como un fuera de juego, algo completamente incomprensible para el cerebro femenino. También es cierto que, en este país no somos muy de preguntarnos cosas, solemos ser más frecuentemente gente de acción, de movimiento, de salir corriendo a formar una V o de partirnos la cara sin saber muy bien a santo de qué. Y, si pocos se han preguntado hasta ahora adónde conducía todo esto es porque, en el fondo, a pocos les importa un carajo lo de la unidad de España. Si acaso nos importa un poco lo de la igualdad de España porque la igualdad es la única forma real de permanecer unidos y, según el propio Artur, en ese sentido, no va a cambiar nada. Un jubilado de Tarrasa se quejará de lo mismo que uno de Alcorcón. Y un político catalán se seguirá llevando lo mismo que uno español. Así que, españoles todos, no hay motivo para alarmarse. Podemos seguir pasándonos la preocupación que este asunto no nos despierta por donde más nos resbale y lo del ruido que están haciendo entiéndase como una actividad inherente al español de toda la vida y apréndase a convivir con él como toda la vida se ha hecho.

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martes, 26 de agosto de 2014

Ángela Merkel y Mariano Rajoy veranean juntos en la plaza del Obradoiro

Andaba estos días algo despistada recolocándome las vértebras cuando se nos ha colado la Merkel por la plaza del Obradoiro. No puede una bajar la guardia ni para recuperar el riego cerebral. Dirá algún pijo de esos a los que les gusta aparentar por encima de nuestras posibilidades que la visita de los dirigentes de otros países le otorga al nuestro una distinción especial, y quizá no le falte razón a quien lo diga, pero, a mí particularmente, me gusta poco que venga la Merkel a vernos. En concreto, porque la última vez que la canciller visitó España, el desplazamiento nos salió por el módico precio de 100.000 millones de euros de rescate bancario que venía a ser un rescate indirecto de las entidades alemanas dependientes del sistema financiero español. En resumen, que vino a salvar a los suyos a costa de los nuestros. Y, por eso, llámenme bruja lola o lo que les plazca, pero me da a mí en las cervicales que la Merkel aterrizando en Galicia es pájaro de mal agüero.

Lo que ha sucedido en España desde que Rajoy perdió el norte viendo a esta rubia alemana de caprichos millonarios es que la deuda pública total y lo que las generaciones venideras de españoles tendrán que devolver ha aumentado 430.000 millones de pelotes, a pesar del recorte social, la contención del gasto, la supresión de las becas de investigación y las medallas policiales a la virgen. Esto es, que la reverencia mariana a la Merkel nos sale por cuatrocientos treinta mil millones de euros. O sea, más de doscientos mil millones por año de legislatura mariana. O, lo que es lo mismo, cada español debe quince euros más por día que pasa bajo el mandato mariano. En definitiva, la ruina caracolera. Y todo para seguir manteniendo un Estado inviable y corrupto en el que casi dos millones de parientes y amigos de la casta política, colocados a dedo, vampirizan a un pais completo.

Sin embargo, al votante de costumbres le importan poco los números. Al ciudadano de papeleta no le importan ni los números de su propia cuenta. Lo que de verdad le importa al español de toda la vida son las ideas. Llevamos lo que parece una eternidad escuchando que la situación económica del país y su endeudamiento eran insostenibles en época de Zapatero. Pues, no sé, pero me gustaría mucho que un día de estos el español medio viniera a verme y me explicase lo que es éste record de casi millón y medio de millones de euros de deuda que ha atesorado el gobierno de Rajoy. Porque, a mí, ahora que tengo las vértebras en su sitio y me han dicho que el riego me llega entero al lóbulo parietal, me asalta la percepción de que, cuanto menos tengo, más debo y no me salen las cuentas.

Teniendo en cuenta que todo esto empezó con una visita de la Merkel y una sonrisa de Rajoy y la imagen de estos días venía a parecérsele tanto que equivalía a una foto de entonces, a mí, no me huele bien lo que se pueda estar cociendo. No, no me gusta la Merkel. Y no, no me parece que haga buena pareja con Mariano. Porque, echando cuentas, esta relación me sale más cara que empadronarme en Berlín y venir todos los días a trabajar a España. Desde que esta señora y Mariano se conocieron, la deuda española ha superado de largo el billón de euros, lo que son muchos, muchos euros, español de toda la vida. Y, no sé a ustedes, pero a mí la deuda me pesa y, acompañada de esta política de sacrificio para que otros acumulen en Suiza sin ton ni son ni años de vida para gastárselo, puede doler una barbaridad, aunque no siempre sepamos reconocer ese dolor hasta que termina con nosotros.

Precisamente, al acabar conmigo, la artista que me volvió a poner los huesos en su sitio hace tres días, me preguntaba por pura curiosidad:

- Tenía que dolerte mucho la cabeza.

- Bueno, es que yo no sé cuánto les duele la cabeza a los demás.

A lo que me respondió para mi completo pasmo:

- No, es que la cabeza no tiene que doler.

Esto pasa mucho. Conforme una va cumpliendo años, cree que el cuerpo es una atadura al suelo de la realidad, como pueda serlo la esclavitud a que nos somete cualquiera de nuestros gobiernos, y que los distintos apéndices corporales duelen alguna vez para dar fe de que siguen allí, de la misma manera que los diferentes ministerios nos azotan un calambrazo de vez en cuando para justificar su presencia. Pero es que resulta que no, mis adorados votantes, resulta que la cabeza no tiene que doler.

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viernes, 22 de agosto de 2014

No me violes los derechos

Resulta paradójico que en este país andemos en pelotas hasta para defendernos de las violaciones. Yo ya no sé si España es un país de cobardes o un país de un desnudo intelectual que abochorna. Lo que sí me parece un auténtico despropósito es que, cada vez que sale a pasear un tema relacionado con los derechos de la mujer, se tenga que topar de narices con ideologías paleolíticas de la altura de un Gallardón, un Fernández Díaz o un alcalde de provincias cualquiera, que empiezan metiendo la pata y acaban con una homilía.

Vivimos las mujeres españolas en un país en el que se nos escapan los derechos por las costuras del Gobierno. Nos estrenamos con el aborto de Gallardón (que, así dicho, parece un sueño), continuamos para bingo con el desamparo de las mujeres solteras en materia de fertilidad por parte de la Mato y ya iba tocando que nos hicieran partícipes de la preocupación que despierta el delito de violación en el sentir gubernamental. El alcalde de Málaga nos ha hecho saber que son cosas que pasan. El de Valladolid añade que una mujer tiene que cuidar por donde va, la cúpula del gobierno calla y el Ministerio de Interior... del Ministerio de Interior ya hablaremos luego. Me sale de la pluma añadir además que, en los últimos cuatro años, el presupuesto destinado a políticas de igualdad se ha reducido a la mitad y que los recursos empleados contra la violencia de género han decrecido un treinta por ciento. Se diría que este Gobierno a las mujeres en concreto quiere sacarlas de la crisis metiéndolas en Atapuerca, robándoles en una sola legislatura todo lo que el mundo civilizado les había conseguido. Yo, si fuera mujer, estaría indignada, pero desorientada como me hallo en esta tiniebla cultural de nuestros cargos oficiales, me nace más arrancarme por María Dolores Pradera y su famoso "devuélveme el rosario de mi madre y quédate con todo lo demás", Mariano.

Una juez en Málaga archiva la denuncia de violación presentada por una joven de veinte años contra cinco individuos y nuestros mandamases se roban la palabra proponiendo medidas contra el delito de violación que, despejadas las chorradas y memeces, se pueden reducir a dos sin que a nadie se le haya tambaleado el ministerio o la alcaldía ni un poco, a saber: el despliegue policial o el recogimiento femenino. Huelga decir que  España no es un país en el que se pueda esperar un policía detrás de cada violador. Sería un derroche presupuestario y actuación completamente innecesaria desde que Interior concedió, en el mes de febrero, la medalla de oro al Mérito Policial a la virgen María Santísima del Amor, quiera dios que nos ampare. De modo que, como las fuerzas del orden no proceden en estos casos que, a veces, pasan, el susodicho Ministerio se ha brindado también a redactar una serie de recomendaciones dirigidas a la mujer de hoy, del moderno calibre de: guardarse pronto por la noche, llevar un pito en el bolso (de los de silbar) o encender las luces de todas las habitaciones cuando una se encuentre sola en casa (que para eso nos han puesto la luz a buen precio) de manera que parezca que está acompañada de quince tíos, pero sin que se entere su madre.

A mí, este viril Pleistoceno de nuestros actuales gobernantes se me está haciendo largo de necesidad, qué quieren que les diga. Este yugo ideológico que nos cuelgan desde un Gobierno en el que hasta las ministras más monas militan del lado de los que se empeñan en rescatar aquel machismo bíblico que creíamos extinguido, me pesa como un collar de melones. Pero más me pesa el hecho de que, de los cuarenta y siete millones de españoles que éramos en época de votar, no haya llegado a los puestos de gobierno, que se sepa, una sola mente pensante capaz, en esta circunstancia, de elaborar un ensayo, planteamiento, programa o enfoque del riesgo de violación y cómo evitarlo susceptible de ser tratado desde el Ministerio de Educación, desde el Ministerio de Justicia  o desde el misterio del sentido común. No. "No podemos poner un polícía en cada parque" (León de la Riva dixit), dando a entender que son las mujeres las que tienen el deber de cuidarse a sí mismas y no ir provocando por lo verde. Lo que es tanto como decir que no podemos poner un policía detrás de cada asesino, sino alentar a los ciudadanos para que se compren sus chalecos antibalas y no se paseen por la vida a pecho palomo, que parece que van pidiendo que les descerrajen seis tiros.

Si no fuera porque no tiene ninguna gracia, sería para partirse.

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lunes, 18 de agosto de 2014

Tormentas de verano

Estas tormentas a destiempo que van regando el mes de agosto vienen a hablarnos un poco de la primavera que no fue. Lo de la bipolaridad del tiempo es un espejo de la ruina en que nos hemos acostumbrado a vivir, con la espalda alicatada de rencores, muchas fobias, pocas filias, menos glorias y una melodía de adaptación perfumando las calles con la nitroglicerina del todo pasa. Sobre el asfalto duerme un vacío agosteño teñido de esa resignación que todo lo empapa. Y, en las aceras, quedamos unos pocos lentos de digestión bajo la bóveda de un cielo escaldado que no sabe si lucirse más o dejarnos otro rato a la sombra del temporal.

De una de estas estadísticas en las que se canta el bingo de un triunfo en función de quién haga el recuento, ha salido que España despega del suelo de la crisis con el brío de un buscapiés, en tanto que, a Alemania, Francia e Italia, vuelve a acecharlas el fantasma de la recesión. Por encima de los Pirineos, Europa se torna gris. Pero aquí ya no porque el desgaste de la política ha emprendido su carrera contrarreloj y porque aceptar que la borrasca está de vuelta sería tanto como anunciar que todos nuestros sacrificios no han servido para nada. Aquí despertamos a un nuevo día, un día de esos que a algunos nos gustan poco porque la luz se abre paso turbiamente entre los celajes. Es una mañana de amanecer arrepentido, fea, encapotada, una de esas que alumbran veladamente la certeza de que, en cualquier momento, puede hacerse de noche en pleno día.

Pero no para quienes escriben ese relato dictatorial que nos convierte en el motor de Europa o, quizá, en una marioneta apuntalada en el esqueleto de las cifras que, con esa pose tan nuestra siempre un paso por delante de donde nunca llegaremos a estar, se cree en situación de rescatar hoy a su redentor de ayer. El gobierno y sus satélites, con su insistente "fin de la cita", quieren hacernos creer que han sabido salvarnos del temporal cuando todavía resulta difícil saber con precisión cuánto de tormenta falta por pasar o cómo alcanzar la creencia de que el mañana es posible en un país en el que aún queda tanto pasado por delante.

Y puede que el cielo de la recuperación exista y que, quienes únicamente vemos que nuestro codiciado despertar hace aguas por las esquinas del sol de agosto, seamos sólo unos cenizos incapaces de ver la luz. Pero también es posible la sospecha de que el verano de la recuperación transite todavía sólo por caminos de palabras, por senderos de ida y vuelta, con chaqueta de quita y pon. Y nada ni nadie sea capaz de aclararlo.

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lunes, 11 de agosto de 2014

Sin móvil, no somos nada

Sabrá el lector habitual de este espacio que, llegadas estas fechas, se me antoja abandonar el análisis absurdo de la prensa diaria para centrarme en comentar las cuestiones rutinarias de nuestra insignificante existencia por lo apasionantes que se tornan a la clara luz del mes de agosto. Y, por eso mismo, me andaba preguntando hoy si también ustedes lo habrán observado o es una impresión exclusivamente mía. La cuestión es que, en los últimos meses se me está dando con cierta asiduidad la circunstancia de encontrar gente que, a mitad de un viaje, se queda tirada en la carretera. Creo recordar que esto pasaba mucho hará unos treinta años, cuando los coches, con la mitad de ingeniería que los actuales, se calentaban en un puerto de montaña y dejaban a familias enteras de ocho miembros tiradas, dentro de un habitáculo en el que hoy no caben cuatro, hasta que pasaba una patrulla de la Guardia Civil de tráfico que los sacaba del atolladero. Eran otros tiempos, tiempos en los que existía una cierta humanidad que nos permitía detener el vehículo y ofrecernos a ayudar, tiempos en los que había cabinas telefónicas cada pocos kilómetros y en los que las madres solían llevar una tableta de chocolate en el bolso por si esto pasaba y había que echar la noche.

Pero los coches dejaron de estropearse y casi todas las carreteras se rellenaron de asfalto hasta la planicie y llegaron los teléfonos móviles y empezaron a relajarse las medidas de salvamento o supervivencia. Desde que la especie humana se convirtió en autosuficiente gracias a las nuevas tecnologías, raro es el viaje en que una se encuentra a las autoridades de tráfico circulando por la misma vía que el resto, o que alguien aprovisione el coche como si fuera a hibernar en la autopista, por no hablar de la espeluznante idea de tener que parar el vehículo para socorrer a otro conductor, como si nos lo fuera a robar a punta de navaja, que casos se han dado. No obstante, y me repito, últimamente, cada vez con más frecuencia, se ven coches parados en el arcén a causa de una avería. Lo que parece que sucede es que el parque de automóviles está envejeciendo sin que nadie haga nada por remediarlo. Y la razón más plausible parece que, si antes de la crisis, la gente, por regla general no dejaba que su coche cumpliera demasiados años e incluso lo llevaba al taller de vez en cuando para hacerle un chequeo antes de emprender un viaje, esto hoy es casi impensable y no lo digo sólo yo. El que no tiene para comer como antes, del coche ni se acuerda hasta que explota. No hay para coche nuevo, ni para revisiones, ni para cambiar las ruedas, pero, ojo, nunca, nunca, bajo ninguna circunstancia, puede dejar de haber para teléfono móvil de última generación con tarifa plana y acceso ilimitado a internet, que es artículo de primerísima necesidad y en el que todos confiamos para cualquier imprevisto. Decía mi amigo Gonzalo una de esas tardes de reunión de amigos en las que cada uno está pendiente de su móvil sin hacer el menor caso de los demás, a los se puede mandar un whatsapp luego, que llegará el día en que la conexión a internet brote de las hojas de los árboles. Pero, hasta entonces, parece que nadie haya caído en la cuenta de que siguen existiendo lugares sobre la corteza terrestre en los que el móvil se niega a dar señal por muy en huelga que se declare el coche o por muchos apuros en los que se encuentre una.

Y, en uno de éstos, me tuve que ver el viernes pasado, cuando, por circunstancias de la vida que no vienen al caso, me dieron las cinco de la tarde en una carretera de metro y medio de ancho por cuarenta kilómetros de largo, doble sentido y más curvas que el pelo de Beyoncé en su estado natural, destino: las tierras más altas de Soria. Empezó a llover como comienza todo lo que una no espera, de sopetón y a cubos, de modo que reduje la velocidad con la falsa esperanza de que el agua cayera también más lento y encendí todas las luces del coche, incluidas las de dentro, diciéndome a mí misma: "Ya que tú no ves ni la hora, por lo menos, que te vean". No iba tan mal la cosa cuando la lluvia paró de repente para dejar paso a una tormenta de granizo como no había visto yo despierta en todos los días de mi vida. Imaginaba el camino y los idílicos campos de Castilla, tan poéticamente tratados por Antonio Machado, siendo ya todo uno por delante de mí mientras, desde dentro del coche, escuchaba sin perder ripio lo que parecía la rompida de la hora de Calanda. Pensé en detenerme, no se crean que no, pero también pensé que, en una carretera en la que, curva a curva, es necesario poner el coche a dos ruedas para que pase entero, pararse a esperar que viniera uno por detrás con la misma visibilidad que yo, es decir, ninguna, a darme un apasionado beso en el maletero que me terminara de arreglar el día, quizá no fuera lo más inteligente, aunque también es cierto que no parecía haber un alma en kilómetros a la redonda. De modo que continué completamente a ciegas con el granizo llamando insistentemente a la luna delantera y tratando de pensar en algo más agradable que un barranco de tres o cuatro metros de profundidad en el que acabar de pasar la tarde. Qué sensación de abandono. Como ya habrán podido deducir a estas alturas, conseguí salvar los baches, que haberlos habíalos cada diez centímetros, con la dignidad que le queda a alguien que no sabe por dónde va, no recuerda de dónde viene y no tiene ni repajolera idea de dónde está, y avanza abrazada al volante, sin permitirse pestañear una sola vez en la eternidad en que puede convertirse un cuarto de hora, como si la vida pasara supersónicamente, pero con los caracoles subiéndosele a las ruedas. Era un momento perfecto para elaborar un compendio de pensamientos profundos, para detenerse a pensar en lo frágil que resulta la existencia humana o en que ya no se fabrican coches como los de antes y, sin embargo, seguro que lo comprenden, conducir en las citadas circunstancias o la certeza de que era prácticamente imposible salir de allí ilesa no resultó tan angustioso como para plantearme otra cosa que no fuera: "Y, cuando se rompa el cristal, ¿qué carajo hago yo aquí... ¡sin cobertura!?"

Así fue ni más ni menos. A esto se ha reducido nuestro extraordinario cerebro de homo sapiens en continua evolución. Años, décadas enteras de investigación científica y tecnológica y en esto es en lo que nos hemos convertido. En individuos capaces de prescindir de cualquier derecho fundamental, de la sanidad, de la educación, de una vivienda digna, de un coche medianamente fiable, de las comodidades del bienestar que creímos conocer. En gente capaz de morir de frío, o de hambre, o de cualquier enfermedad imaginable. En alguien, en definitiva, que puede aceptar cualquier desgracia sobrevenida, como, por ejemplo, pongo por caso, sentir que el cielo entero se le parte sobre la cabeza una tarde de viernes cuando tenía todo el fin de semana por delante y nadie con quien compartirlo, e incapaz de elaborar un pensamiento más digno con el que coronar ese momento que: "Por Dios, ahora no, ¡que no tengo móvil!"

viernes, 8 de agosto de 2014

Maletas

Es tiempo de hacer y deshacer maletas. Para salir de vacaciones, para volver a la vida real, para que se vayan los padres o los hijos o los maridos, para amortizar las playas y los pueblos o para dejar que se enfríe el asfalto urbano durante el fin de semana. Es tiempo de hacer y deshacer maletas con lo que esto conlleva de viajes de plancha, a la lavadora y al armario, que ni tiempo le queda a una de encender esa televisión que habitualmente tampoco ve, aunque en este país parece que comamos rayos catódicos, cuando lo cierto es que se le va a una un pastizal en pulgadas para que luego ni centrifuguen ni . Es tiempo de hacer maletas y empezar a añorar un año más aquellos maravillosos ochenta en que, con dos bañadores, vestíamos los tres meses de veraneo en un pueblo que ya entonces olía añejo, pero que, por lo mismo, no dejaba espacio alguno para estas complicaciones de la vida moderna.

Recuerdo que fue poco tiempo después cuando el vía crucis de preparar el equipaje comenzó a complicarse como no nos podíamos llegar a imaginar en la era del seiscientos. Un año de aquellos me decidí a hacer el camino de Santiago. Realmente, lo decidí un día de estos en que una se levanta creyendo que es Conan el bárbaro, aunque pese cincuenta kilos y tenga los pies planos. A quién no le ha pasado. Como una no suele hacer el camino de Santiago a diario, pensé en consultar un manual al respecto en el que se detallaban desde la concienciación previa a la que una debe someterse hasta la supuración de las últimas ampollas, pasando por la configuración de la mochila.

Lo de la concienciación previa me lo salté, como cualquier bárbaro hubiera hecho, empezando directamente por el relleno mochilero. Lo que la guía del buen hacer recomienda es introducir en el macuto lo exclusivamente imprescindible porque una o uno va a tener que cargar con sus pertenencias hasta la catedral y el camino se supone largo. Para llegar respirando, la idea estrella de la citada guía era desechar todo aquello que nos sintamos tentados de llevar "por si...". Por si nada. Abre la mochila por la parte de arriba e introduce: una camiseta, una muda, un par de calcetines y un chándal ligero (eso para vestirse durante quince días), una gorra, un chubasquero (imagino que por si llueve), tapones para los oídos (por si alguien ronca), hilo y aguja (por si apetece hacer punto de cruz), mechero (por si alguien fuma), un pequeño botiquín (por si alguien se hace el harakiri)... y así hasta la documentación. Los paréntesis son míos; el despropósito del autor. ¿Cómo se puede llegar a suponer que es factible salir de viaje con menos bragas que tapones para los oídos? Pero no queda la cosa ahí, que cuando acababa con la lista de todo aquello que yo hubiera desechado en el capítulo de los "porsiacasos", preguntaba el amanuense de tan magna obra literaria: "¿Ya lo tienes todo dentro de la mochila...? Bien, pues ahora, vuelve a vaciarla y mete sólo la mitad. Bien, pues yo ya no voy.

Efectivamente, por lo que me han contado después, el camino de Santiago está hecho para esos hombres a los que aún les preparan las maletas sus madres o mujeres y que la muda les cae bien de cualquier lado. Por eso, en los veranos sucesivos he ido eligiendo lugares de menos trashumancia y más estar tumbada a la bartola, que se lo tiene una bien ganadico tras el trajín de preparar un equipaje en condiciones. Y pocas cosas hay después tan gratificantes como una cena en buena compañía, al aire libre, con toda la noche por delante para una conversación abierta y sincera. O un buen desayuno tardío en otra terraza con ese sabor a domingo que te regala una mañana entera para leer un libro desde la dedicatoria hasta la bibliografía, sin prisas, forjando un infantil deseo de que dure para siempre, disfrutando la lectura de una forma radicalmente opuesta a la del resto del año cuando el último bostezo del día apenas da para pasar una página sin haberse enterado de la mitad. Ese café de sobremesa que se alarga hasta la hora de cenar. Las siestas de media tarde con el sonido de las olas como fondo de armario. Los paseos al atardecer con aroma a campo. El helado de tres pisos frente el mar sin contar calorías...

Son tantos los placeres por los que merece la pena hacer la maleta que ojalá tuviéramos ocasión de hacer más. E incluso diría, después de todo, que aunque no se salga de la ciudad en la que se vive sería necesario preparar la maleta. Porque hacer maletas significa tener que elegir, decidirse por una cosa o por otra, quedarse con lo imprescindible y desechar lo superfluo. Hacer maletas significa ponerse en marcha. Y hace falta ponerse en marcha. Por muy desencantado que se sienta uno, por muchos sinsabores que traiga el día, por muchas piedras que nos hagan tropezar, por muy abajo que se caiga.

De modo que ¡preparen el equipaje y pasen un feliz verano!

jueves, 7 de agosto de 2014

¿Podrán?

Decía Bernard Shaw que los políticos y los pañales se han de cambiar a menudo y por los mismos motivos. No obstante, hasta ahora, en España, este tipo de filosofía no aplicaba, pero no por desconocimiento de sus ilustrísimos votantes, sino porque no había opción. El pueblo se resignaba al bipartidismo por la misma razón que hace treinta años los hijos de familia numerosa cenábamos huevo una noche y tortilla la siguiente, porque era lo que había. Y ambos Partidos, con la tranquilidad que concede el monopolio, se iban rifando el despacho de la Moncloa a piedra, papel o tijera cada vez más alejados de la realidad, carentes de todo mérito e imprimiéndole el mismo esfuerzo que a un juego tonto de niños. Sin embargo, desde el inesperado éxito de Podemos en las últimas europeas, parece que se nos ha revuelto el avispero.

Hay quien atribuye la clave del hechizo ejercido por Podemos (un poco pronto tal vez) al arte de haber sabido recuperar esa antiquísima manera de hacer política mezclando diez partes de ideas con diez mil de calle. Y quizá sea por esto por lo que hace unos días, Pedro Sánchez, el nuevo secretario general del PSOE, le recomendaba a don Mariano algo así como que debería empezar a pisar un poquito la calle o a hacer un poquito la calle, por eso o porque para seguir ejerciendo la política hoy en España hay que ser un poco fresca y, en cualquier caso, más lista que el hambre que nos están haciendo pasar. Pero, sobre todo, porque el país estaba empezando a sospechar que no había vida inteligente en los despachos políticos, aunque los votara igual bajo el emblema conformista del "es lo que hay", huevo o tortilla. La vieja guardia gubernamental contaba con que el conjunto de los ciudadanos, ese ente amorfo que habita las calles y rellena las urnas, se hubiera habituado a convivir con la chapuza, la ausencia de criterio, la incultura, el trinque y el todo vale, cualquier cosa. Y ahora llegan unas gentes del montón, con una imagen más campechana que la de nuestro emérito rey don Juan Carlos y un mensaje, cierto o no, pero claro como la sopa del pasado invierno, y nos invitan a pensar que las cosas deberían ser de otra forma, aunque tampoco sea necesariamente la suya.

Los socialistas optaron por ir suicidándose poco a poco sin tener muy en cuenta lo paradójico que resultaba que todos viéramos cómo el partido de la rosa se marchitaba de amor por sus obreros y falta de ideas en plena primavera. Y hoy cuenta ya con un nuevo líder, joven aunque sobradamente preparado para empezar a prometer que van a hacer esto y lo otro mientras nadie se explica por qué no lo han hecho antes, que ocasiones han tenido. A Rajoy y los suyos, empezó a bajarles el paro con el buen tiempo, entre otros greatest hits, como si las 355.000 almas que han ido adelgazando las listas del INAEM en el último año hubieran sido esos grados de temperatura que le suman al cuerpo unas malas fiebres pasajeras, obviando también que en este mismo año la población activa ha descendido en 232.000 personas y que el país ha perdido 152.000 habitantes. En fin, que nadie sabe a ciencia cierta si a Mariano le baja el paro o es que se le muere. Y, entre unos y otros, mano a mano frente a los fogones, con el tiempo mordiéndoles el culo, se apuran a buenas horas en ir preparando un plato combinado en el que vuelvan a armonizar monarquía y república como hasta ahora, que vaya usted a saber cómo y por dónde nos lo meten.

Al lado de todo esto, que no viene a ser sino más de lo mismo con alguna inesperada exploración de los bajos fondos ministeriales, lo que sí representa un cambio es lo que se traduce de analizar las últimas cifras del CIS en relación a la intención de voto de los españoles. Según la última encuesta realizada, la gente con estudios superiores colocaría a Podemos al frente del Gobierno de España; los segundos en expediente académico optarían por el PSOE y son aquellos ciudadanos sin formación académica quienes votarían nuevamente al PP. A la luz de estos datos que, en principio, invitan a abrir unos ojos como ensaladeras, cabe preguntarse qué es lo que ha sucedido con la clase obrera en España. Pues yo se lo voy a decir, mis adorados lectores, la clase obrera de hoy en España es la que tiene un doctorado en ingeniería y un máster en administración y dirección de empresas, mientras que los que apenas saben leer (recuérdese a Mariano intentando entender su propia letra) son quienes integran las filas del PP y ejercen su derecho democrático votándose a sí mismos. Tiene que ser así.

No querría alargarme mucho más porque para qué, pero sí me gustaría confesar que, mientras todo esto ocurre, a mí, lo que de verdad me sigue asombrando es que todavía quede alguien que conserve dos dedos de fe para creer que de estas nuevas juventudes de la política, entre las que se hallan Pablo "el velloso" o Pedro "el hermoso", o de entre la muchachada de los de siempre vaya a emerger alquien capaz de sacarnos la barbilla del barro. Pero ¿qué sabemos? A nuestra incurable ingenuidad, no le queda otra que esperar a la próxima ocasión de voto y depositar una vez más la papeleta mumurando por lo bajo aquello de alea jacta est, locución latina que, según mi amigo Gus, significa "esa jaca quién es" y que se emplea normalmente y con la misma ilusión cuando uno entra en un bar y vislumbra al fondo a la futura madre de esos hijos que no pretende tener.

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lunes, 4 de agosto de 2014

La independencia económica de Jordi Pujol

Lo de las herencias de Pujol, al final, va a resultar un problema serio para algunos catalanes, en concreto, para esa inmensa mayoría que se cuenta por miles en las manifestaciones, pero que no se ve a pie de calle, y que creía que sus políticos estaban hechos de otra pasta cuando la realidad era que se estaban haciendo a sí mismos de la misma pasta gansa que el resto. Veintitrés años, veintitrés, ha invertido el muy honorable padre del independentismo catalán en ir llevándoselo crudo, del verbo trincar. Y a Artur Mas le da una pena que se le parte el patriotismo en dos. Digamos que estaba Pujol tan entregado a su labor en pro de la independencia que, en veintitrés años, no ha encontrado el momento que parece que le ha brindado la impunidad de sus ochenta y cuatro primaveras para confesar, a manos llenas, que no ha sido España, que he sido yo. Y ahí queda eso, menos los gastos.

Lo que a una servidora se le plantea es por qué, considerándose el susodicho ciudadano de nacionalidad catalana, no escogió España como país extranjero para poner a plazo fijo las mordidas, con lo a mano que le quedaba y lo paradisíaca que le ha parecido siempre la península al colectivo guiri. Por contra, acabó buscándose otros paraísos de menos sol y más sombras en los que depositar su catalanismo pela a pela. Y, precisamente, dio en elegir los mismos paraísos en los que ha venido veraneando el dinero negro de los políticos españoles, (que sus acólitos lo perdonen) como un españolazo más. Pues parece ser que los billetes de clase alta descansan igual y en las mismas cuentas independientemente de la supuesta nacionalidad de sus titulares. Independientemente.

En cualquier caso, lo inexplicable de las cuentas Pujol en el extranjero deja claro que no hay oasis sin corrupción ni en Cataluña, mal que les pese, ni alrededores. Que lo que, cuando se insinuaba en un periódico, eran ataques a Cataluña, hoy, convertido en confesión, no puede ser un asunto privado. Y que, al tiempo, no serán éstas las últimas cuentas del Partido que veamos abiertas allende los Pirineos. Pero hay que reconocerle al patriarca de la independencia catalana que ha hecho más por cargarse el sueño soberanista de Artur en menos de lo que tarda en leerse un comunicado, que el bueno de Rajoy en todas sus apariciones y aportaciones a la tormenta de ideas que llueve sobre el encaje de Cataluña en España. Y yo, que no creo mucho en las casualidades, me pregunto por qué ha confesado precisamente ahora, a un empujón del precipicio hacia el que sus seguidores se han abocado sin vuelta atrás.

Como curiosidad y por aquello de colaborar en lo de nada es lo que parece, les contaré una anécdota cuyo fondo, con matices, respiramos durante quince días a lo largo y ancho de la Comunidad catalana. Hace exactamente una semana, coincidiendo con la inmolación de Jordi Pujol por la patria o por los suyos, comíamos en un restaurante de Gerona tomando buena nota de cómo, una vez más, los medios de comunicación se han hecho eco durante meses de la voz de unos pocos soplagaitas promocionando una imagen de Cataluña que no se proyecta en la calle, haciendo un ruido que no suena, vendiendo un humo que no se ve, obligándonos a creer que Cataluña no encaja en España cuando los que no encajan son media docena mal contada que no da para vendimiar el Rosellón. La propietaria del local, más catalana que la barretina, después de cruzar apenas dos frases, indignada hasta la médula y, junto con la cuenta porque la pela es la pela, sacó el DNI del delantal y emprendió una cruzada ella sola al grito de:

- Aquí, ¿qué pone? España, ¿verdad? ¡Eso nadie me lo puede quitar!

Pues casi seguro, Montse, maja, pero, con suerte, será lo único.

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miércoles, 4 de junio de 2014

¿Monarquía o qué?

El rey se va. En un desesperado intento por que el recuerdo que deja no sea el de ese torpe robocop de los últimos años, sale a pasear, por enésima vez, su papel en la Transición del cajón de los pergaminos. A media España le suena a inglés de Botsuana. La otra media está jubilada. Esa mitad que, en cuestiones de monarquía, sólo conoce cacerías, princesas alemanas, turbios casos de presunta corrupción, la pasta que nos cuestan y lo que les queda por costarnos, se ha echado a la calle pidiendo democracia, poder elegir, poderlo votar, poderlos botar. Seguramente, porque ha sido tal el oscurantismo que ha rodeado a la Casa Real que son millones los españoles que no saben a lo que se dedica el Rey, o porque, más cerca de lo que hiciera cuando media España estaba por nacer, queda lo que se ha sabido que hacía al tiempo que esa España que le ha llenado las arcas de orgullo y satisfacción durante casi cuarenta años empezaba a pasar más hambre que en aquellos años del franquismo que inauguraron esta monarquía entre un montón de pantanos.

No voy a dudar de que esta decisión la tomara Su Majestad en el mes de enero pocos días después de haber afirmado en su discurso de Navidad que no pretendía hacerlo. Simplemente, no me lo voy a creer. Porque no me parece casual que esta retirada se produzca una semana después de que PP y PSOE, los únicos dos partidos políticos que apoyarán y garantizarán la pervivencia de la monarquía, se acaben de dar un batacazo de tres pisos en las elecciones europeas. No hay que ser muy listo para darse cuenta de que, si estos resultados se repiten dentro de dos años en el ámbito nacional y estas dos grandes fuerzas pierden la mayoría absoluta de la que hoy disponen, el contrato del futuro monarca, llegado el momento de la inevitable sucesión,  hubiera podido quedar retenido sine die en el consejo de ministros. El Rey, que está mayor pero no tonto, se ha dado cuenta (tarde, según algunos) de que la continuidad de una institución más baqueteada en los últimos tiempos que sus huesos de titanio, era, sin más tardar, la figura de su hijo o ya no era.

El Rey, según el Rey, se va para "dar paso a sangre más joven" y lo cierto es que nadie se cree, aunque lo diga el Rey, que la juventud sea hoy ningún mérito y, en cualquier caso, si lo es, se pierde con el tiempo. El Rey sólo se va para que su hijo sea Rey de España, a pesar de que, como apuntara Ignacio Escolar nada más conocerse la noticia tratando de marcarse un vaticinio, ningún Borbón ha visto reinar a su nieto en esta tierra. El Rey se va porque empezaba a palpar que el pueblo se le comía el soberanismo. El Rey se va con el tiempo pegado a la chepa, a la desesperada, porque no había más remedio. El Rey se va para que no tenga que irse también la monarquía, y no hay más cáscaras.

Mi amigo Berto que, aunque joven, siente una cierta simpatía por lo que somos con todo lo que tenemos, boquiabierto ante el revuelo que esta retirada Real ha suscitado, se cuestiona por qué todo el mundo se siente orgulloso de ser lo que es (republicanos, monárquicos, imperialistas, budistas o del Arsenal) menos los españoles. Reconoce que nada es perfecto pero apunta con convencimiento que el Rey es el mejor embajador que tiene este país. Yo creo que se imagina a Mariano como presidente de la República y la sola idea le provoca escalofríos. Mi amigo Martín, que es un poco perroflauta, añade que es el momento de marcarnos una revolución y provocar un cambio radical, sin tener muy en cuenta que estas cosas para hacerse bien requieren de un poquito de tiempo y organización, pero como él no se peina, de tiempo, anda sobrado. Mi amiga E. me pide que me ponga a escribir ipso facto porque la tengo muy desinformada y anda un poco perdida de referencias. No sé lo que espera exactamente de esta mente noctámbula más desnortada que la suya. Yo tampoco sé lo que quiero. Sólo sé que, para que los españoles nos pudiéramos permitir el lujo de elegir, España tendría que tener un líder en el panorama político que, obviamente, no tiene. Que, más allá de Alcobendas, pocos saben quién es Mariano Rajoy. Que, sin entrar a valorar la labor que desempeñará o no, a día de hoy, no hay político en España con mejor formación que la del aún Príncipe Felipe. Y que el hecho de que el Rey abdique no necesariamente marca el momento en que hay que darle la vuelta al país como a un calcetín sucio. No estoy segura de que España esté preparada para otra cosa. Lo que sí creo es que el mayor problema que se le presenta a España con la abdicación del Rey es que no cundirá el ejemplo.

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miércoles, 23 de abril de 2014

Día del libro

Existen conmemoraciones a lo largo y ancho del calendario gregoriano, como el día de la mujer trabajadora, el día del padre, el día de la madre, el día de los enamorados o el día de la marmota, que me conmueven lo mismo que lo haría el día de la berenjena rellena de pimientos. No me hacen falta. Sin embargo, año tras año, agradezco a quien proceda que, desde 1995, exista un día internacional del libro coincidiendo (aunque poco en algún caso) con el fallecimiento de personalidades de la talla de Miguel de Cervantes, William Shakespeare, Garcilaso de la Vega o William Wordsworth. Disfruto como una fiesta el hecho de que, al menos durante una jornada, las calles principales se conviertan en un escaparate de librerías, y en un hervidero de lectores, y que los escritores salgan de esos sótanos oscuros plagados de volúmenes en los que los imagino a interactuar personalmente con sus leyentes potenciales. Porque, a mí particularmente, me gusta conocerlos; porque, a la señora que hace fila detrás de mí esperando que José Luis Corral le firme su último libro, le parece que el libro firmado por el autor "mola más" o porque, si José Luis no estuviera, quizá, la mitad de los que esperan turno ni lo hubieran comprado. El caso es que no cabemos. Y me encanta esta manifestación de tan buenas intenciones.

Mi amiga Mercedes dice que, a ella, el autor no le interesa lo más mínimo porque lo mejor que tiene que ofrecer ya lo ha dejado en su obra. Yo me deleito con su presencia en la calle, posiblemente, porque soy una cotilla sin enmienda y creo que la persona del autor todavía alberga un buen conjunto de anécdotas alrededor del texto que, si la fila no es larga, suele compartir con quien sienta el impulso de acercarse a robarle un momento. Así es como hoy conocemos a Santiago Morata, autor de CAT, una novela que aúna la ficción en una trama trepidante y la realidad del independentismo catalán desde el punto de vista de la manipulación histórica. Nos cuenta que, en pleno siglo XXI y de la libertad de expresión, El Corte Inglés de Barcelona ha vetado la venta de su libro retirándolo de las estanterías, que la editorial que lo ha publicado no ha conocido un caso igual en lo que lleva de andadura y que existen numerosos periodistas que se niegan a mencionarlo por escribir tan abiertamente de lo que muchos piensan y pocos dicen. El prólogo se aventura a escribirlo José Luis Corral, que firma libros a un lado de Morata, como secundándolo, y con quien ya hemos tenido el gusto de hablar anteriormente. El año pasado nos deleitamos recordando juntos el curso en que fue mi profesor de Historia Medieval; éste, está demasiado solicitado y sólo nos saludamos mientras me garabatea la hoja de guarda. Parece cansado pero no lo expresa, dice estar encantado de vernos a todos y yo lo creo. Es un día para estarlo si se es escritor.

Visitamos algunos puestos más. Nos gustaría comprar los libros de todos los autores que se han prestado a estar allí. Nos enternece que algunos de ellos no estén rodeados de admiradores, que se paseen de un lado al otro del mostrador agitando el boli con una incomodidad tan evidente que es contagiosa. Porque entendemos lo que son y lo que les debemos. Ellos crean los libros. Esa otra vida que vivimos al margen de la nuestra, en la que encontramos nuestros recuerdos, nuestras manías, nuestras limitaciones, lo que querríamos ser a veces. En los libros uno imprime su propio yo y se encuentra a sí mismo como en muy pocos espacios más. Hay verdades que son enteramente nuestras y sólo se nos revelan en los versos de un poema escrito por otro, en el primer renglón de una novela, en el punto final de un texto por el que no apostábamos tanto. Este día nos lo recuerda. Y hoy ellos, los autores, estaban allí, como un anzuelo para el negocio, dicen algunos, como carta de presentación, quiero creer yo. Y ha sido un día estupendo.

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domingo, 13 de abril de 2014

Amanece, pero es poco

Sube por la orilla del canal un sol de primera hora lamiendo el sueño de la ciudad con una primavera que se acomoda en el alma. La luz va lentamente borrando el frío de la noche y, con un silencio atronador, despierta el latido sordo de la soledad. La insensibilidad de un tiempo que no se detiene ante nada se extiende por todo el paisaje. En este momento, la vida se muestra infinitamente frágil y desarreglada. Y existe un vacío intenso para el que no conocemos espacio. Es la dolorosa certeza que deja la muerte después de haber pasado tan cerca.

Cuando la crudeza del último amanecer nos mira tan fijamente a los ojos, la existencia parece sólo un furioso malentendido. Una torpe pirueta de identidad sobre un mundo que se reduce a la calle que habitamos y, a veces, a una habitación de un blanco amargamente sospechoso. La luz completa del día empieza a fundirse con las paredes. Y un olor a anestesia, que no duerme pero lo impregna todo, espera turno.

Hay blancos que apuñalan como el anuncio que son de la oscuridad que esperamos. La claridad de esta mañana se dibuja así, con la nítida evidencia de lo que podía haber sido y será un día. Hoy, nunca sabemos por qué, vuelve a amanecer, pero sabe a poco. Porque somos conscientes de que es esa incertidumbre y el paso incansable de amaneceres como éste lo que nos va matando. Y, sobre todo, porque hay despedidas que nunca nos sentiremos capaces de afrontar.

En días como hoy, duele mirar de frente a la realidad y duele más observarla rodeada de seres incapaces de rendirse a la humanidad. A un lado de esta cama hecha de oscuras convicciones pintadas de blanco, pasa de largo el orgullo maquillado con el carmín de la indiferencia y aprieta el paso fingiendo no haberte clavado el tacón a un suspiro del alma mientras aún tiritas sobre el alambre de la vida. Hay personas que respiran un aire que no se entiende. Obligándonos a comprender, con la misma claridad de esta primera hora del día, ese tipo de verdades que el hombre no defiende ni reclama como propias, pero que lo son. Que, en los momentos decisivos, nada nos pertenece. Que, cuando la vida duele en serio, sólo la sangre llama. Que, cuando la muerte saluda, sólo la sangre entiende.

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martes, 25 de marzo de 2014

Un aeropuerto

Dice mi amiga Puri que uno de los mayores placeres que existe es devorar una tableta de chocolate de una sentada sin pensar en las calorías. Para mí, ese placer consiste en devorar la misma tableta de chocolate pensando en el bocadillo de jamón que me voy a comer después para compensar el exceso de azúcar. Esta tarde me proponía alimentar ese pensamiento, medio saliendo ya de las calderas gripales de Botero, medio entrando en el sombrío pozo de la astenia primaveral, cuando leo que a nuestro Gobierno se le ha ocurrido la felicísima idea de cambiarle el nombre al aeropuerto de Barajas. Adolfo Suárez lo quieren llamar. Casi un millón de euros nos va a costar la marianada. Ni el chocolate me apetece ya.

Teniendo en cuenta que la idea del renombramiento parte de Ana Botella, casi huelga seguir elaborando una opinión, pero tendremos que echar el rato ahora que no vamos a merendar. Veinticuatro horas ha tardado la alcaldesa en alumbrar la propuesta. Básicamente, lo que le ha costado calibrar que, a Suárez, una plaza se le quedaba estrecha, una calle se le quedaba corta y tampoco era cuestión de ponerse ahora a alargar la de Alcalá hasta Logroño. Sólo quedaba el aeropuerto: calles largas, plazas amplias y "a todos los ciudadanos les parece bien", ha apuntado, después de preguntar a los cuarenta y siete millones de españoles, se entiende. Y se queda más ancha que la reina madre.

Cualquier cargo político de hoy y más, si cabe, la alcaldía de Madrid lleva asociado un mundo paralelo que, en ocasiones, conduce a pensar que éste es un momento como cualquier otro para fundirse, en placas de señalización y otros ornatos, la friolera de un millón de euros con la seguridad de que todos los ciudadanos aplauden la idea. A los ciudadanos, en realidad, ni fuerzas nos quedan para sonarnos los mocos, mucho menos para aplaudir nada. Pero son ya tantos los años de corrupciones, engaños, sandeces, renuncias a cuenta de la torpeza de otros que ya todo se encaja. La crisis era esto: caer de golpe y conseguir que la gente se acostumbrara a vivir allá abajo. Y, ahora, ¿un aeropuerto? o un océano, lo que haga falta.

No quiero decir que el primer presidente de esta democracia no merezca un reconocimiento como el de imprimir su nombre en algo de eso por lo que el tiempo no pasa, pero sí digo que, puestos a entregarle un aeropuerto a título póstumo, le podían haber dado uno sin estrenar, como el de Castellón, que lo tendremos aún sin rotular ni nada, y ese millón que nos ahorrábamos para investigación o tratamientos contra el alzheimer, por ejemplo. Pues no se le ha ocurrido a nadie. Y Adolfo tampoco va a venir para quejarse. Es lo que tiene morirse, que todo te da igual ya, supongo. Además de la ventaja que para los demás supone que el muerto ya no pueda defenderse del rosario de idioteces y falsedades que le van a endosar junto con los dos palmos de tierra. Así que todo se conjuga para mejor hacer el ridículo, que viene siendo lo nuestro.

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viernes, 7 de marzo de 2014

Nuevo diccionario de la lengua bífida

De muy buena mañana esta mañana, un café cargadito de posos y una noticia de última página me han dejado los ojos como platos hondos. Para que luego se diga que, en este país, la justicia no rige, el Tribunal Supremo acaba de considerar que llamar "chalado" al alcalde de Salamanca, no sólo no le vulnera el honor ni un poco, sino que entra sobradamente dentro de los límites de la libertad de expresión de cualquiera. Los magistrados argumentan que, aunque el término "chalado" pueda tener un matiz despectivo, no constituye un insulto dado que existen acepciones recogidas por la Real Academia de la Lengua (bendita sea) admisibles en la crítica a políticos y gestores públicos.

Invito, desde estas líneas, a la curiosidad del lector a asomarse y consultar el volumen en que nuestros académicos recogen la susodicha acepción por si yo, que llevo gafas, no he visto lo que tan juiciosamente han visto ellos, los jueces. Lo que se recoge en la entrada que define tan coloquial adjetivo es, desde mi punto de vista cansada: "Chalado, da (del participio de chalar). 1. Alelado, falto de seso o juicio". Eso es todo. Entiendo, y corríjaseme el fallo de cometerlo, que, si las lupas no me fallan, lo que el fallo de tan alto tribunal nos viene a corroborar es que políticos y otros cargos administrativos, por serlo, andarían por nuestros estamentos oficiales, gestionándolos, altamente descualificados del entendimiento y la cordura que tan necesarios pudieran parecernos para el desempeño de sus funciones y que les son puramente accidentales cuando les son.

La Gaceta Regional de Salamanca ha llamado "chalado" a su alcalde y los jueces consideran que la calificación es, no sólo admisible, sino incluso oportuna, por alcalde y por alelado. Y, sobre todo, porque en un artículo de opinión está llamada a volcarse la libertad de expresión de quien lo firma, dentro de la cual cabe llamar "chalado" a un alcalde, concejal, ministro o presidente del Gobierno porque así lo estiman conveniente. Todo ello puesto uno a expresar, libre y ampliamente, la opinión que le merecen aquellos que, sin juicio ninguno, se meten a administrar lo que es de todos, a mi juicio. Como abajo firmante que suelo ser de la opinión que nutre estas líneas, tengo que decir que estoy en total acuerdo con el Tribunal Supremo por cuanto me libera, a partir de hoy, de seguir mareando las neuronas para buscarme las habichuelas semánticas y no caer en el insulto simplón susceptible de multa, cárcel o cisma familiar. Es de agradecer esta insultante jurisprudencia que nos sientan a los que, durante tanto tiempo, nos hemos sentido obligados a circunvalar la exactitud del idioma para expresar lo que libremente se podía expresar con un sólo epíteto. Es de agradecer. 

Sin embargo, y discúlpeme el Tribunal Supremo por pejiguera, no deja de parecerme esta libertad que nos confiere tan liberadora como peligrosa, y querría aprovechar esta ocasión tan calva, por si alguno de sus superiores magistrados se dejara caer por esta humilde morada, para sugerir a sus ilustrísimos que alumbren nuestras libertades lingüísticas redactando en un rato que tengan un nuevo diccionario al uso al que poder recurrir cuando la pluma se nos desata. Con ánimo de no atascarles más de lo debido las salas de juicios con nuestras libres opiniones, me permito proponer a sus eminencias que nos definan con una cierta exactitud lo que, a partir de esta mañana de marzo y sol de justicia, se considera insulto ilegal y lo que no, lo que supone un exabrupto que entra dentro de esta nueva libertad de nuestras manifestaciones y lo que sigue constituyendo una injuria de las de celda y pijama a rayas, lo que es definir con insultante precisión a un oficial y lo que le vulnera el honor hasta la medula. Que lo decidan los jueces. No vaya a ser que nos levantemos mañana con unas irrefrenables ganas de llamar a nuestros dirigentes por su nombre y, en lugar de tildarlos de chalados, los califiquemos de chorizos lameculos de mierda y nos estemos equivocando en la definición.

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miércoles, 5 de marzo de 2014

¡1949!

Andaba ayer medio profundamente atribulada con la noticia de la supresión de sueldos fijos para los parlamentarios de Castilla la Mancha cuando, de pronto, ¡1949! Al escuchar la cifra, no sabía si es que estrenábamos año o que teníamos que cambiar la hora a toda prisa. ¡Las ocho menos once y yo con estos pelos! Luego ya, sacaron a Fátima en la tele diciendo que el mercado laboral se había dado la vuelta solo y me volví a sentar en el sofá. Pero 1949 parados menos en un mes de febrero que ni siquiera es bisiesto es una noticia excelente. Parece una broma para un país de cuarenta y siete millones de habitantes, incluso parece broma para una ciudad con la densidad de población de Teruel, y, sin embargo, no deja de ser un comienzo. Según mis cálculos, a este ritmo mensual de 1949 parados menos, en unos trescientos años cuadramos las cuentas. Es un poco más de lo que había anunciado este Gobierno, pero menos de lo que nos costó abandonar las cavernas en el Neandertal.

Entre que salimos de la cueva y no y antes de que el INAEM supere al país en número de empadronados, parece ser que el Gobierno no descansa en su empeño de apuntalar aquello de la creación de empleo hasta que, de este nuevo y ejemplar modelo productivo que se han inventado, manen la miel y los contratos indefinidos a partes iguales. Creíamos los impacientes que, al Gobierno, la mayor preocupación del país no le robaba un minuto de sueño y, hoy, 1949 nuevos empleos después, sabemos que nuestro presidente vivía sin vivir en sí y moría porque no moría cada vez que tenía un rato. Resulta que aquel sarpullido de dos millones de parados más que le había salido a la espalda desde que se fotografiara en la cola del paro de Zapatero con las manos en los bolsillos como un inspector de trabajo a la caza y captura del desempleo, le impedía dormir en la posición de cúbito supino en la que quedaba el 26% de la población activa. Han hecho falta más de dos años, una reforma laboral desesperada y la intervención de la Virgen del Rocío, pero, por fin, la urticaria empieza a remitir a ritmo de pasodoble español.

En realidad, tampoco me siento capacitada para decir si este 1949 que nos levanta del sillón de un salto es consecuencia directa de la reforma laboral del PP o ha sido un accidente. En cualquier caso, es una llamada al optimismo vital y al fervor profético que no podemos desaprovechar quienes, hasta ayer, vivíamos anclados en los números rojos. Mariano, que ha visto cómo se nos descorchaba la tapa de los sesos con el notición, ha pedido calma. Mariano sabe bien que 1949 tampoco es un número como para quedar a cenar con la Merkel, aunque sí para ir encargándose el traje. A mí que, acusada de no encontrar un dato positivo en lo que va de esta legislatura, se me estaban yendo un poco ya los pies, me sorprende que, por una vez, sea el propio Mariano el que me corte el rollo sandunguero, pero parece ser que hay que esperar algo más de primavera.

Yo siempre había tenido la certeza de que el paro juvenil sería un problema que se solucionaría con el tiempo, bien por medio de nuevas contrataciones, bien, y más probablemente, con el cumplimiento de años. Y, de pronto, ayer ¡¡1949!! Es que cierro los ojos y lo veo en luces de neón. Abro los ojos, y el careto de Mariano. Vale, 1949 no es una cifra muy redonda ni para asaltar la Cibeles como si hubiéramos ganado la copa del desempleo, pero, oigan, menos es nada. Y creo firmemente que, a pesar del cenizo de Mariano, deberíamos salir todos a la calle y celebrarlo con unas cañas y una tapa de aceitunas a todo trapo en el bar que nos quede más a mano, no vaya a ser que en el mes de marzo cerremos con 1949 camareros de vuelta al paro.

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sábado, 1 de marzo de 2014

Tiempo de oportunidades

Hay días en que me miro al espejo y me veo triste. Debo de tener la moral un poco anoréxica. La tristeza, como la obesidad, es un concepto muy subjetivo. "No estoy gorda, estoy cerca", dice una amiga mía que hace años que no se ve los pies. Supongo que es este optimismo visual el que echa de menos en mí alguien que se aburre a veces conmigo y me pide que cambie el disco. Hay quien, allí donde algunos escuchamos la sicofonía de un país en ruinas, es capaz de oir un tango y bailarlo hasta el amanecer. La vida, al final, puede ir de eso, de proyectar lo que no suena, de convencerse de que las crisis no existen, de que nada, en realidad, es más que un estado de ánimo.

No importa que uno sea albañil en paro en tiempos en que ya no se construyen ni casas de palillos. Lo importante es no perder el optimismo vital y el espíritu emprendedor. Que se lo digan a la parada más famosa de Villarrobledo, que acudió al ayuntamiento en busca de trabajo y salió con dos ofertas firmes: dar a su hija en adopción o meterse puta. Existe otra posibilidad, que sería meterse en política, pero quizá esta opción suene demasiado desesperada y, esta noche, no querría caer en derrotismos. Lo que debería salir de todo esto es que, a pesar de que hay momentos en que parece difícil vivir incluso con los ojos cerrados, se puede coger el toro por los cuernos y hacerse un estofado con el rabo.

Por eso, mejor les hablaré de mi amigo Juan, profesor desde que terminó la carrera hasta que comenzó la desaceleración en seco. Entonces, recluido en un bajo sin calefacción de un barrio tradicional, decidió invertir su tiempo en escribir un diario de humor negro en plan "si la vida te da limones, pide tequila y brindemos". Juan está hecho de esa pasta especial que no se derrite en el fragor de la batalla. No como yo, que a los seis o siete años  ya había decidido que, de mayor, sería payaso y aquí me tienen, calzando un treinta y siete. Está claro que me faltó entusiasmo porque ser payaso en este país es una de las profesiones más viables y que requieren de menos inversión.

Juan, sin embargo, ha pasado casi cinco años tumbado para poner en pie un manual de vida escrito de esa esperanza que tanta falta nos hace. Resulta que hay personas con la capacidad suficiente para alumbrar el tiempo que pisamos sin amarrarse al tiempo unicamente. Personas que sobrevuelan lo que nos ata a nuestros miedos huyendo de tópicos pluralizados sin resignarse sólo a lo que se ve. Juan es de esas personas que nunca pierde y hoy el día en que una editorial ha decidido comprarle sus horas de insomnio por el precio de un invierno de calefacción bajo un nuevo techo y el brindis que merece por no dejar de invertir en optimismo, por saber darle la vuelta al frío, por ser uno de esos individuos que, donde todos vemos menos, ve más. Y, así, también se vive.

Por tanto, estimados lectores de la crisis a lo mondo y lirondo, entérense, no es que Suiza ahora esté más cerca, es que España está más gorda. Tanto que, en vez de Mariano, parece que a esta España la haya pintado Botero. Visto así, quizá sea hora de empezar a reirse de esta vida de porcelana que parece que se nos rompe. Háganlo. Báilense un zapateado sobre el charco de la pena, jueguen a construir castillos con los restos de esta ruina, cómanse los brotes verdes a mitad del túnel, y, sobre todo, empéñense en cumplir sus sueños y no se conformen con roncarlos. El resto es todo mentira.

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jueves, 27 de febrero de 2014

Rescatados por Mariano

Aunque para presidente del Gobierno no haga falta estudiar casi nada, para registrador de la propiedad, había que opositar. De allí, le debe de venir a Rajoy ese discurso aprendido de presunto dirigente medio anclado en la oposición que reza incansablemente: yo no he sido, pero tú más. Rajoy se sabe lo que tiene que decir tan de carrerilla que da igual lo que le pregunten, contesta lo que le da la gana. Mariano, puesto a repetir sin criterio, es el único presidente capaz de mentir hasta por la oposición, el único líder mundial que habla con pelos en la lengua y el único dirigente de un país que no sabe ni qué país dirige. Mariano es la encarnación con gafas de ese eslogan que reza "la imaginación al poder". Por eso, a Mariano, es tan difícil ganarle un debate que hay veces que incluso a él le resulta imposible superarse a sí mismo.

Mariano amanecía esta semana pletórico por haber sido invitado, en segundas nupcias, a debatir sobre el estado de la nación después de haber dejado la nación en este estado. Afortunadamente para todos, los debates sobre el estado de la nación no van de la nación y menos aún de su estado, sino de ver quién mea más lejos. Si se había creído el PSOE que, tras ocho años de aznarato, llegaba meando fuerte, a Mariano le han hecho falta apenas dos para mearse al país entero y cortarle el chorro a Rubalcaba. Mariano, que ha gobernado como un tío, con dos riñones, llegaba al hemiciclo dispuesto a reclamar su orinal de plata, y no por haber batido el récord de desempleo que tenía Zapatero, ni por habernos devuelto a ese estado de pobreza que tanto echábamos de menos, que todo esto a él le importa un bledo, sino por habernos rescatado del rescate destilando una gracia y un salero que ya le hubiera gustado desaguar a la oposición. Con la herencia recibida y el zapato de la Merkel pisándonos el moño, lo que ha conseguido Rajoy no ha sido evitar el rescate, ha sido un milagro de los que ya no estábamos acostumbrados a ver. 

Mariano es ese ectoplasma que habita la Moncloa, que un día oyó que los suyos estaban gobernando como Dios manda, y creyó que se referían a él. Por eso, este año ha decidido presentarse a sí mismo como el salvapatrias que, con sus reformas, no sólo ha logrado que España esquivara el desastre total, sino que la ha elevado a los altares de la recuperación para admiración y reverencia del mundo entero. España avanza a toda máquina sin que a Mariano se le haya movido un pelo. España no va a tener Historia bastante para agradecerle a este hombre que se arriesgara a mear fuera del tiesto y nos dejara un reguero de recortes, desempleo, malestar y desafección que da buena cuenta del movimiento del país, porque va dejando estela. Si el devenir es justo, Rajoy (sólo él lo sabe) debería pasar a los anales como ese líder mundial, que únicamente Obama supo reconocer, y que movió la montaña del rescate con una mano atada a la espalda mientras España, lamentablemente, no era capaz de darse cuenta de que, si en lugar de Mariano nos llega a rescatar Europa, hoy estaríamos como Portugal: con los sueldos resumidos a su mínima expresión, las pensiones recortadas a cuchillo, la educación y la sanidad reducidas a escombros, los impuestos por las nubes y una insostenible tasa de paro del 15%.

Un pelo ha faltao.

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jueves, 20 de febrero de 2014

Frontera con Suiza

España es un territorio pantanoso que limita al sur con los EREs andaluces, al este con la Gürtel, al oeste con Pokémon y al norte con la banca suiza. España es un barrizal atravesado por caudalosos ríos de corrupción que arrastran un fondo de desvergüenza y financiación ilegal de los Alpes a Marruecos y de las Rías Bajas a Oriol Pujol. Con los últimos deshielos, la Península quedó nuevamente anegada por el imparable caudal del torrente pepero, que nace en el pico más alto de la cordillera helvética y desemboca directamente en el Senado sin pasar por casa. España, mal que nos pese, ya no es esa tierra fértil acotada por la frontera de los Pirineos, como aprendimos de la vieja escuela, sino un taco de arcilla amorfa en proceso de liquidación que, a medio derretir, se nos extiende hasta Centroeuropa. España es esa patria en la que un día no se puso el sol y hoy, si pudiera, no saldría.

Una patria que, para nuestro insigne Gobierno, se quedaba tan chica que tuvieron que ponerse a colonizar a toda prisa algunas cuentas en Suiza y otros paraísos fiscales para acomodar su obra como Dios manda. Según el más reciente comunicado emitido desde nuestras nuevas fronteras alpinas, Francisco Granados, exsecretario general del PP en Madrid, tenía una cuenta en Suiza desde hace catorce años en la que se le llegó a acumular la cantidad de un millón y medio de euros. Tanto Granados como el Partido quedaron encantados con la noticia. Que la banca suiza se preocupe de informar de estas cuestiones siempre es de agradecer porque el propio Francisco ni se acordaba ya. Primero dijo que él nunca había tenido un euro en Suiza y, luego, en un inesperado alarde de memoria, le pareció recordar que sí había tenido una cuenta, pero que eso fue en 1996 y que, entonces, ni siquiera existía el euro. Probablemente, la abriría en pesetas, o en maravedís del siglo XI, o con un puñado de garbanzos que ganara en una buena mano de mus. Lo que ocurre cuando se tienen estas cuentas tan perdidas de vista es que las vas dejando y, a fuerza de intereses, se te hace allí un montón que, cuando las vas a liquidar, no te cabe en la cartera.

Granados aprovechó, ya que estaba por allí, para anunciar su irrevocable dimisión, que nada tenía que ver con los citados acontecimientos porque él pensaba en dimitir hacía ya mucho tiempo, seguramente empezara a rumiar la idea también en 1996. Como Cospedal que, desde que dijo que, si se encontraba una cuenta en Suiza de un miembro del PP, ella dimitiría; hemos visto ya unas cuantas y allí sigue, en diferido. Claro que, tal y como se están poniendo de verdes estos brotes, no le va a bastar con entregar el cargo, va a tener que poner hasta el carnet de la biblioteca a disposición del partido.

Lo que, en el fondo, no deja de sorprender (además de la noticia, que la evasión de capitales siempre parece que nos pilla de nuevas) es la torpeza recurrente de esta subespecie del territorio extrapeninsular. Porque podrán tardar catorce años, pero, al final, los suizos informar informan. Queremos suponer que lo que le pasó a Granados (y a Bárcenas, y a Urdangarín, y a Solbes, y a Blasco, y a Dívar... y al duque de Lerma) es un poco como lo que le sucedió a Ana Mato en su día, que no vio venir el jaguar, si bien es cierto que, a estas alturas de la escalada, la cosa tiene delito. Y, en eso, todo hay que decirlo, Aguirre, que no tiene el horno para bollos suizos, estuvo bien acertada apuntándole al senador que tener una cuenta en Suiza no es delito para un ciudadano, pero es un delito como la copa de un pino alpino para un político, que, como todos sabemos, de ciudadanos tienen bastante poco.

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