jueves, 27 de febrero de 2014

Rescatados por Mariano

Aunque para presidente del Gobierno no haga falta estudiar casi nada, para registrador de la propiedad, había que opositar. De allí, le debe de venir a Rajoy ese discurso aprendido de presunto dirigente medio anclado en la oposición que reza incansablemente: yo no he sido, pero tú más. Rajoy se sabe lo que tiene que decir tan de carrerilla que da igual lo que le pregunten, contesta lo que le da la gana. Mariano, puesto a repetir sin criterio, es el único presidente capaz de mentir hasta por la oposición, el único líder mundial que habla con pelos en la lengua y el único dirigente de un país que no sabe ni qué país dirige. Mariano es la encarnación con gafas de ese eslogan que reza "la imaginación al poder". Por eso, a Mariano, es tan difícil ganarle un debate que hay veces que incluso a él le resulta imposible superarse a sí mismo.

Mariano amanecía esta semana pletórico por haber sido invitado, en segundas nupcias, a debatir sobre el estado de la nación después de haber dejado la nación en este estado. Afortunadamente para todos, los debates sobre el estado de la nación no van de la nación y menos aún de su estado, sino de ver quién mea más lejos. Si se había creído el PSOE que, tras ocho años de aznarato, llegaba meando fuerte, a Mariano le han hecho falta apenas dos para mearse al país entero y cortarle el chorro a Rubalcaba. Mariano, que ha gobernado como un tío, con dos riñones, llegaba al hemiciclo dispuesto a reclamar su orinal de plata, y no por haber batido el récord de desempleo que tenía Zapatero, ni por habernos devuelto a ese estado de pobreza que tanto echábamos de menos, que todo esto a él le importa un bledo, sino por habernos rescatado del rescate destilando una gracia y un salero que ya le hubiera gustado desaguar a la oposición. Con la herencia recibida y el zapato de la Merkel pisándonos el moño, lo que ha conseguido Rajoy no ha sido evitar el rescate, ha sido un milagro de los que ya no estábamos acostumbrados a ver. 

Mariano es ese ectoplasma que habita la Moncloa, que un día oyó que los suyos estaban gobernando como Dios manda, y creyó que se referían a él. Por eso, este año ha decidido presentarse a sí mismo como el salvapatrias que, con sus reformas, no sólo ha logrado que España esquivara el desastre total, sino que la ha elevado a los altares de la recuperación para admiración y reverencia del mundo entero. España avanza a toda máquina sin que a Mariano se le haya movido un pelo. España no va a tener Historia bastante para agradecerle a este hombre que se arriesgara a mear fuera del tiesto y nos dejara un reguero de recortes, desempleo, malestar y desafección que da buena cuenta del movimiento del país, porque va dejando estela. Si el devenir es justo, Rajoy (sólo él lo sabe) debería pasar a los anales como ese líder mundial, que únicamente Obama supo reconocer, y que movió la montaña del rescate con una mano atada a la espalda mientras España, lamentablemente, no era capaz de darse cuenta de que, si en lugar de Mariano nos llega a rescatar Europa, hoy estaríamos como Portugal: con los sueldos resumidos a su mínima expresión, las pensiones recortadas a cuchillo, la educación y la sanidad reducidas a escombros, los impuestos por las nubes y una insostenible tasa de paro del 15%.

Un pelo ha faltao.

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jueves, 20 de febrero de 2014

Frontera con Suiza

España es un territorio pantanoso que limita al sur con los EREs andaluces, al este con la Gürtel, al oeste con Pokémon y al norte con la banca suiza. España es un barrizal atravesado por caudalosos ríos de corrupción que arrastran un fondo de desvergüenza y financiación ilegal de los Alpes a Marruecos y de las Rías Bajas a Oriol Pujol. Con los últimos deshielos, la Península quedó nuevamente anegada por el imparable caudal del torrente pepero, que nace en el pico más alto de la cordillera helvética y desemboca directamente en el Senado sin pasar por casa. España, mal que nos pese, ya no es esa tierra fértil acotada por la frontera de los Pirineos, como aprendimos de la vieja escuela, sino un taco de arcilla amorfa en proceso de liquidación que, a medio derretir, se nos extiende hasta Centroeuropa. España es esa patria en la que un día no se puso el sol y hoy, si pudiera, no saldría.

Una patria que, para nuestro insigne Gobierno, se quedaba tan chica que tuvieron que ponerse a colonizar a toda prisa algunas cuentas en Suiza y otros paraísos fiscales para acomodar su obra como Dios manda. Según el más reciente comunicado emitido desde nuestras nuevas fronteras alpinas, Francisco Granados, exsecretario general del PP en Madrid, tenía una cuenta en Suiza desde hace catorce años en la que se le llegó a acumular la cantidad de un millón y medio de euros. Tanto Granados como el Partido quedaron encantados con la noticia. Que la banca suiza se preocupe de informar de estas cuestiones siempre es de agradecer porque el propio Francisco ni se acordaba ya. Primero dijo que él nunca había tenido un euro en Suiza y, luego, en un inesperado alarde de memoria, le pareció recordar que sí había tenido una cuenta, pero que eso fue en 1996 y que, entonces, ni siquiera existía el euro. Probablemente, la abriría en pesetas, o en maravedís del siglo XI, o con un puñado de garbanzos que ganara en una buena mano de mus. Lo que ocurre cuando se tienen estas cuentas tan perdidas de vista es que las vas dejando y, a fuerza de intereses, se te hace allí un montón que, cuando las vas a liquidar, no te cabe en la cartera.

Granados aprovechó, ya que estaba por allí, para anunciar su irrevocable dimisión, que nada tenía que ver con los citados acontecimientos porque él pensaba en dimitir hacía ya mucho tiempo, seguramente empezara a rumiar la idea también en 1996. Como Cospedal que, desde que dijo que, si se encontraba una cuenta en Suiza de un miembro del PP, ella dimitiría; hemos visto ya unas cuantas y allí sigue, en diferido. Claro que, tal y como se están poniendo de verdes estos brotes, no le va a bastar con entregar el cargo, va a tener que poner hasta el carnet de la biblioteca a disposición del partido.

Lo que, en el fondo, no deja de sorprender (además de la noticia, que la evasión de capitales siempre parece que nos pilla de nuevas) es la torpeza recurrente de esta subespecie del territorio extrapeninsular. Porque podrán tardar catorce años, pero, al final, los suizos informar informan. Queremos suponer que lo que le pasó a Granados (y a Bárcenas, y a Urdangarín, y a Solbes, y a Blasco, y a Dívar... y al duque de Lerma) es un poco como lo que le sucedió a Ana Mato en su día, que no vio venir el jaguar, si bien es cierto que, a estas alturas de la escalada, la cosa tiene delito. Y, en eso, todo hay que decirlo, Aguirre, que no tiene el horno para bollos suizos, estuvo bien acertada apuntándole al senador que tener una cuenta en Suiza no es delito para un ciudadano, pero es un delito como la copa de un pino alpino para un político, que, como todos sabemos, de ciudadanos tienen bastante poco.

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miércoles, 19 de febrero de 2014

Incompatibilidades

Hay días en que se llega a estar tan desencantada de tantas cosas que una querría tomar medidas drásticas. Los disparates del país se van sucediendo con tanta naturalidad que ya no esperamos ningún acierto. Lo que esperamos es un milagro, mientras el hartazgo va calando y lo vamos asumiendo como parte de lo que somos, de lo que siempre hemos sido. Por eso, me gusta conversar de vez en cuando con un informático, porque me da una idea de lo impreciso que suele ser todo y de que siempre se pueden aplicar soluciones radicales sin lugar para debilidades nostálgicas. Yo no sé de las experiencias del lector en el mundo de la computación, sé de las mías, pero a lo largo de unos cuantos años he recogido la impresión de que ningún problema sencillo se solventa de forma fácil. Esta mañana, tan a tiempo, mi ordenador ha dejado de entenderse con la impresora. He tratado de arreglarlo por mí misma, pero esto es algo que casi nunca resuelve nada. Finalmente, he llamado a mi amigo Jose, de acentuación llana, informático de profesión, muy majo.

-Buenas, Jose, ¿cómo vas?
-Muy liado.
-¿Te llamo en otro momento?
-No, mujer, no, dime.
-Que no puedo imprimir. El ordenador me dice que no reconoce ninguna impresora.
-¿Tienes la impresora encendida?
-Sí, Jose, hijo, tengo la impresora encendida y el ordenador también.
-Vale, muy bien, pues ponme el control remoto y suelta el ratón.

El cursor empieza a moverse solo por la pantalla. Reinicia la cola de impresión. Trata de eliminar la impresora. El ordenador le dice que, de eso, nada. "Y ¿por qué no me deja?". Supongo que se lo pregunta a sí mismo o a la inmensidad cibernética, qué sabemos de la mente de un informático. Regresa a la cola de impresión. La reinicia de nuevo. Trata de eliminar la impresora. "Jose, eso ya lo he intentado yo y no funciona". Ni caso. Vuelve a la cola de impresión. Reinicia. Trata de eliminar la impresora. Vuelve a la cola de impresión, reinicia... "Jose, ¿cuánto rato vamos a estar así?" "A veces, pruebas quince veces y no funciona y, a la decimosexta, se arregla". 

Veo que la cosa va para largo y entablo una conversación porque me siento un poco inútil.

-¡Qué paciencia tenéis los infomáticos! Yo es que, como soy filóloga...
-Bueno, yo, en realidad, soy físico.
(¡Qué pais!)
-Y ¿cómo te dio por los ordenadores?
-Ya ves.
La verdad es que no lo veo, pero no insisto por no molestar. Vuelvo a sentirme fuera de lugar durante unos quince minutos. Él continúa preguntándose por el porqué de las cosas informáticas. Y, finalmente, elabora un diagnóstico. 

Un diagnóstico informático es una suerte de conclusión basada en una opinión absolutamente personal que puede ser cierta o no, pero que nadie se siente capaz de rebatir.

- Yo creo que lo que le pasa es que tienes un sistema operativo incompatible con los drivers de esta impresora, porque no me deja hacer nada. La única solución sería formatear el ordenador entero y volver a cargar lo que necesites.
Formatearlo entero, dice, sin piedad, sin que le duelan prendas. A pequeños problemas, grandes soluciones.

Extrapolando conclusiones y según la teoría de Jose, el problema de este Gobierno, que tampoco nos deja hacer nada, sería sólo una cuestión de incompatibilidad con los drivers de la impresora. Una cuestión de incompatibilidad, y un puntito de incompetencia también,  lo han llevado a elevar la política nacional del error tonto a la aberración monumental, mientras cuarenta y siete millones de usuarios nos hemos quedado contemplando la pantalla y esperando un milagro por control remoto. Haber votado al PP ha sido otro error del sistema y, sin embargo, algunos volverían a votarlo de la misma manera que mi amigo Jose vuelve a reiniciar dieciséis veces la cola de impresión, a ver si hay suerte y echamos la mañana. Decía Einstein que no podemos esperar que las cosas cambien si hacemos siempre lo mismo. Pues este pais no imprime y no lo hará por mucho que reiniciemos o contemplemos el cursor. Al final, tendremos que formatearlo entero. Y tendremos que hacerlo nosotros.

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lunes, 17 de febrero de 2014

Nuevos caciques

Artículo publicado en la revista El-Horr.
Gracias, JM Salas, por volver a contar conmigo.

José Ignacio Wert, ilustre pensador que dicta con la naturalidad con la que los demás orinamos, alumbró el fin de año afirmando que, "en la España del siglo XXI, sobran universitarios". Cabe deducir que al ministro de educación le preocupa que, para la España del XXII, nos falten analfabetos. Y algo así, indiscutiblemente, sería una tragedia de las mayores que un gobierno español ha conocido. Julio Camba, periodista de gran influencia en los albores del siglo XX, muy en la línea de este Gobierno que se parte el lomo por sacarnos de la crisis apartándonos de las universidades, ya escribió: "el analfabetismo, como causa de atraso, es una superstición".

Hace falta echar la vista atrás apenas cien años para restarles razones a los citados recordando cómo, en este pedazo de tierra inmovilizado por su atraso económico, por su aislamiento geográfico, su localismo, y, sobretodo, por las altas cifras, convenientemente alimentadas, de analfabetismo, se extendió, como el moho sobre el pan mojado, una red de oligarcas poseídos por la codicia a los que Joaquín Costa denominó miserables secuestradores de lo que es del pueblo. España dejó de ser de los españoles para quedar reducida a la voluntad de los menos y nunca los mejores. Pese al paso del tiempo, los males del país que hoy aquejan a los ciudadanos son muy parecidos a los de entonces, con los del hambre y el analfabetismo generalizados en avanzado estado de regreso gracias a estos nuevos "libertadores" de zapato mocasín y traje público.

El pasado lo alberga todo, incluso nuestro futuro. España lleva desde 1857 luchando contra intereses de estamentos superiores por salir de la incultura y la esclavitud de pensamiento. Y, más de ciento cincuenta inviernos después, seguimos gobernados por la misma suerte de corifeos que se prestan a dar la siguiente puntada zurciendo la brecha del tiempo con un hilo ideológico que no deja pasar los años. Es la necesidad de que el poder siga descansando en manos de unos cuantos sojuzgando al resto por incapacidad. A este gobierno de alto riesgo, de tontos útiles, de nuevos caciques le sigue interesando posicionarse a la cabeza de un país ignorante tanto como que la riqueza se desplace en vertical y hacia arriba burlando la ley de la gravedad y la de los derechos humanos. Porque un país sin estudios es un país manejable, un país sometido y un país sin armas. Porque hacernos de menos es hacerse de más. Y porque necesitan legislar con el arte del cangrejo, devolviéndonos a un pasado vil, temible y abaratado, a ése en que todo el país era campo, de manera que los ciudadanos seamos contingentes mientras ellos se transmutan en indispensables sin levantar un dedo, ni medio, ni el del medio.

A mí, todavía me gusta pensar que llegan tarde a esta nostalgia del caciquismo decimonónico. Que esta política de viñeta en blanco y negro alcanza nuestros días como el padre autoritario que lleva al hijo de la oreja al despacho del director y éste le dice que el niño está bien y que el que se lo tiene que hacer mirar es el lerdo de su padre. Que, cuando, parapetado tras un atril, el ministro de educación afirma que en España sobran universitarios, a nadie se le escapa ya que lo que sobran son políticos pagados de lo nuestro a costa de lo imprescindible. Me niego a aceptar que esta crisis, al final, no esté siendo sino un viejo rudimento para vendernos más caro el dinero que nos roban. Un hacer deshaciendo que devalúa el país a golpe de política de saldo dándole la vuelta como a un calcetín usado. Una oportuna excusa para regresar al poder impuesto por unos pocos en su propio y exclusivo beneficio. No quiero creer que, después de tantos años de lucha, nadie que merezca un poco la pena piense ya que los ciudadanos seamos dueños de nada.

O que, después de tanto hinchar el pecho de aire y orgullo por las cuotas de progreso, avance y prosperidad que hemos conquistado, al final, permitamos que nos llamen sólo a tocarles a dos manos la pandereta de toda la vida.

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domingo, 16 de febrero de 2014

Sobremesa con Rajoy

Ahora que empezamos a recuperarnos de la fiebre de San Valentín, es hora de regresar a los ardores del día a día. A ese fragor de la batalla de la opinión en el que todavía se encuentran soldados defendiendo que Rajoy es el mejor presidente del Gobierno que ha tenido España. Oír algo así, en una tarde de reposo, de un alma de ochenta años con más mundo a sus espaldas que fuerzas tendré yo nunca para cargarlo, me agota más que me descansa por muy en domingo que me caiga. A veces, las sobremesas más tontas son las que nos conducen a los pensamientos más hondos. Y, aunque a mí, casi nada me mueve ya a grandes profundidades, reconozco que me deja el café frío que un español de ochenta años, considerándolo todo, considere que Rajoy haya sido el mejor presidente que ha tenido este país cuando algunos no lo terminamos de ver ni como presidente de escalera.

Si un hombre de esta edad me hace un planteamiento que me suena a chiste, me sucede lo mismo que cuando escucho a alguien de una supuesta cierta formación defendiendo el independentismo; lo querría entender antes de partirme de risa improcedentemente. Y quiero comprenderlo cuando me dice que, si Rajoy no hubiera sido presidente del Gobierno, hoy estaríamos como Grecia, pero no sé si se refiere a esa costumbre helénica tan fea de ir arrojando pedrolos y quemando contenedores por la calle o a la de quedarse en casa por las tardes elaborando textos de profundidad. Que los griegos, en su mejor momento, inventaron la filosofía y nosotros, en nuestro mejor momento, inventamos las corridas de toros. A ver quién se lo tiene que hacer mirar.

Pero él, duro que se nos hace tarde, me pregunta qué es lo que hubiera hecho un Gobierno socialista con la situación con la que se encontró Mariano, que nos salvó del rescate. Pues, un Gobierno socialista, seguramente, hubiera hecho el ridículo más espantoso y, si Mariano nos salvó del rescate, que alguien me diga a mí qué es esa deuda que ha contraído España por los siglos de los siglos sino un rescate como Dios pintó a Perico. Que no nos han intervenido, cierto, ni falta que nos hace, que aquí hace días que manda Europa en cualquier caso. Y de estas torturas democráticas, de los desahucios, de la incultura e insalubridad que el Gobierno de Rajoy nos va a dejar en prenda, ya nos desprenderemos los españoles solos que para eso hemos tenido siempre unas agallas como el caballo de Espartero.

Para un hombre de ochenta años, Rajoy es el mejor presidente que ha tenido España.

Supongo que un hombre de ochenta años tiene sus razones para considerar a Rajoy el mejor presidente que ha dado este país. A mí, que no los tengo, me supura un poco la conjuntivitis de aguantarme las ganas de reventar. Y quiero creer que el hecho de que haya quien considere que Rajoy es el mejor presidente que ha tenido España no significa que haya sido el mejor presidente que hubiera podido tener España. He ahí la prueba de que las comparaciones son odiosas. El pésimo hace bueno al malo. Yo entendería más que se le considerase un buen presidente si fuera alguien con una formación, un carisma y una capacidad crítica acordes con lo que se espera del dirigente de un país, cualquier país que no fuera éste. Entendería que se considerase un buen Gobierno a uno en el que el ministro de Economía fuera el mejor o uno de los mejores economistas del país, el ministro de Justicia fuera alguien capaz de distinguir lo justo de lo injusto, el ministro de Cultura un hombre con cultura y el ministro de Hacienda no pareciera, en lo esencial, un inspector interino acabado de llegar. Entendería como un buen Gobierno del país uno que lo fuera y como un buen presidente uno como aún no he conocido. Porque, si Zapatero era un gobernante algo más que inútil, Rajoy fue el inútil que perdió dos veces las elecciones contra el inútil de Zapatero. Y creo que la elección de su Gobierno fue sólo la consecuencia de la desesperación de los españoles. La única opción cuando no había ninguna.

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viernes, 7 de febrero de 2014

El tío de la vara

Al PP, le encanta sacar la vara a pasear. Le enorgullece y satisface a partes iguales pasearse con el bastón de la justicia, el palo de la sanidad, el garrote de la economía o la vara de educación del tío Wert. Pero otro gallo les canta a los miembros del PP cuando lo que sale a pasear es la vara de medirlos a ellos. Al PP, el hecho de que la Audiencia Provincial haya declarado legal, por segunda vez (que parece que no se enteran), el escrache a la vicepresidenta, le tira un poco de sisa. Sorprende que un órgano de la talla de un tribunal de justicia no haya caído en que al PP no le iba a sentar bien este traje pantalón tipo sastre que le han confeccionado a medida, que se hubiera encontrado más cómodo, qué sé yo, con un bombacho de tiro bajo, tipo calzón o pantalón-cagao, como el que se calzó para la presentación de la Ley de Seguridad Ciudadana, pero nunca con algo así de ajustado. Que los formatos estrechos, a este Gobierno, no le favorecen nada lo sabe cualquiera después de más de dos años de vestir a este Gobierno, señores de la Audiencia. Y, aunque en esta guerra de pareceres que mantenemos los de abajo con los de arriba, a los de abajo, esta semana, nos hayan hinchado ustedes los jueces la parte de orgullo y satisfacción que nos toca, un poquito de juzgar mejor las reacciones ya les ha faltado.

Había puesto el Gobierno a todos sus ministros a trabajar en la noble tarea de evitar estos episodios vandálicos en los que habíamos caído los ciudadanos cuando creímos que la calle era nuestra y no del PP. Y casi había conseguido rescatarnos de esa anarquía que empezaba a formar manadas de filoetarras, fascistas o grupos antisistema militarmente formados para protestar por auténticas tonterías, caprichos de hijo único como querer vivir en una casa, mantener un trabajo, cobrar una pensión o comer a mediodía. El Ministerio de Interior, el más listo de la clase, ideó un sistema de multas disuasorias que, al tiempo que desarticulaba agrupaciones formadas por más de tres personas, reducía considerablemente el déficit público. Empezábamos a vislumbrar de nuevo esos plácidos años del franquismo en que los ciudadanos éramos gente de orden que, cuando quería juntarse con la familia, se citaba en espacios cerrados a los que llegaban por separado en grupos de un máximo de dos para no levantar sospechas. Casi nos habían devuelto al estado natural de las cosas. Y, ahora, resulta que la Audiencia Provincial es tan corta de entendimiento como nosotros y piensa, como los ciudadanos, que afincarse en la puerta de un político a cantarle las cuarenta a capela es legal por molesto que resulte. Era de esperar que el PP se nos revolviera en el gaviotero.

El escrache incomoda. Pero, en el fondo, lo que ha tenido que perturbar más a nuestros adorados gobernantes es no haber tenido razón por primera vez. Que ellos se habían creído que los ciudadanos nos poníamos a escrachar por escrachar. Que eso de escrachar se hacía con ánimo de liberar tensiones individuales perpetrando atentados colectivos en una de esas tardes de nazismo que todos tenemos. Cuando lo cierto es que, a la hora de la verdad, a los ciudadanos, tampoco les apetece mucho ir escrachando por ahí a tontas y a locas. Los ciudadanos cuando preparan un escrache lo hacen porque tienen algo que reivindicar y la Audiencia ha decidido que el escrache es legítimo en estos casos. De modo que, si nuestros gobernantes no están de acuerdo con las consideraciones de la Audiencia Provincial, que vayan y la escrachen bien escrachada ahora que no constituye delito, pero que no aprovechen y se tiren quince días dando la vara con la vara de medir (y valga la doble vara) o con el rollo del escrache otra vez porque los demás bastante tenemos con los nuestros. Aquí, señores ministros, cada vara que aguante su vela. Que, a mí, a escasas horas de que la infanta acuda al juzgado de Palma a recoger el Goya, también me gustaría ver la vara con la que se ha medido este asunto y no me pongo a escrachar a micrófono abierto cada vez que tengo ocasión. No sé si me explico.

Nota de espanto: El registrador de Madrid se ha encerrado a estudiar una vía para que las mujeres podamos inscribir la propiedad de nuestros cuerpos. Siglos de lucha feminista para dejar de ser consideradas objetos, y hoy hacemos fila  con las tetas al aire para convertirnos legalmente en bienes muebles. ¡Apaga y vámonos!

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miércoles, 5 de febrero de 2014

Están entre nosotros

Una, que es de natural inocentón, creía hasta ayer que la población española se dividía en dos clases de clases: la clase corrupta, los listos; y la clase obrera, el pueblo tontorrón. En la primera clase, incluía a las avutardas de la izquierda y a los buitres que le han ido saliendo del gaviotero a la derecha, aves todas con pinta de banquero, sindicalista, político, tesorero o registrador de la propiedad. En la segunda, me encajaban bien el resto de las criaturas de a pie, las que se deslizan por la vida resignadas a ser comidas o cagadas por las que las sobrevuelan, los arrastrados trabajadores.

Teníalo yo todo bien organizado cuando, de pronto, ayer me vino a despertar, como una tormenta de ideas en junta, un rebaño de excepciones via whatsapp que me puso todo el mundo animal patas arriba en media hora. Tengo una amiga en concreto, escandalizada perdida, que va a interponer una queja a quien corresponda, porque el emoticono de la mierda se le queda escaso. Y es que andaba mi amiga algo más tranquila ahora que habíamos conseguido enjaular la cosa de la corruptela en espacios medio institucionalizados tipo La Moncloa, La Zarzuela, el Congreso, los ayuntamientos y los cajeros automáticos, y, de buenas a primeras, baja un día al bar de abajo a tomarse algo con los currelas de sus amigos y se la sientan a cenar en la bancada del mundo obrero, camuflada entre los trabajadores de pico y pala, vestida como uno más.

Un amigo de mi amiga tiene otra amiga (estos chismes llegan así), hija de albañil de los de mazo gordo y equis en el DNI, que, un día, cuando las vacas eran gordas porque pacían en los pastizales de Bárcenas y de la Gürtel, la suerte lo llamó a reformar el despacho del alcalde de su pueblo. Entre un "apártese, señor alcalde, que no me gustaría estucarle el traje", un "hay que ver lo fino que me lo estás dejando, Manolo", un "a mandar, señor alcalde" y un "déjalo un rato y tómate un carajillo conmigo, hombre", salió el albañil del consistorio convertido en todo un constructor. Resumiendo mucho el proceso evolutivo de una criatura de su especie, en el tiempo que transcurrió entre el lunes y el martes, pasó de llevarse el cocido al trabajo en la tartera a llevárselo crudo a casa. La mujer del albañil se transformó de ama de casa en ama de las casas de todo el centro. Y la amiga de mi amiga... La amiga de mi amiga merece párrafo aparte.

A la amiga de mi amiga, no se le conoce oficio más allá de chatear con media concejalía de obras públicas en horario laboral, asistir en acto oficial a las bodas de sus hijos y poner su nombre en la escritura de la mayoría de las propiedades que le han ido lloviendo al alarife de su padre. Sin haber cotizado ni tributado en su vida, la muy hija de su padre el constructor tiene a su nombre alrededor de diez inmuebles estratégicamente salpicados por toda la geografía española, un cabrio de importación valorado en cuarenta mil euros y un marido mantenido todavía sin valorar. Cuando el mundo se pregunta de dónde lo saca, ella argumenta que sólo son regalos de los amigos de su padre, que lo quieren mucho desde que se depiló el entrecejo de albañil. Y, con una sonrisa vitaldent y un guiño de ojos corporación dermoestética, se despacha a los moscones en un visto y no visto. Mi amiga y yo, inmunes a estas insinuaciones de bisturí, nos quedamos de piedra pómez porque toda la vida habíamos considerado que un regalo que no cabe en un paquete, más que un regalo, es una donación, pero las donaciones no salen gratis, así que, efectivamente, deben de ser regalos. Yo he llegado incluso a sospechar que la declaración de la renta de esta muchacha, para que le cuadren las cuentas al fisco, tendrá que llegar con los lazos de papel pinocho pegados en la casilla 780. Pero no sé bien cómo van estas cosas. Y, en cualquier caso, como dice la amiga de mi amiga, a mí qué me importa.

Mi amiga, que anda tramitando lo de la reclamación al departamento de emoticonos de whatsapp, me había pedido que echara yo las tripas por ella blog mediante. Y siento mucho si la decepciono, pero me he limitado a relatar los hechos como son porque me han parecido lo suficientemente laxantes por sí mismos. Si bien es cierto que tengo que apuntar, en descargo de la amiga de mi amiga y su marido, que ambos, cenando en el bar de abajo, parecen personas muy concienciadas con la situación que atraviesa el país. Concretamente él considera que tanta necesidad y tanto paro se solucionaba con un par de charlas sobre lo que no se puede ser. Lo que hace falta en España es más gente con un espíritu emprendedor como el suyo, que supo llegar arriba casándose con un suegro constructor. Y lo que no se puede consentir bajo ninguna circunstancia es lo de Bárcenas o lo de Urdangarín. Ahí, sin lugar a dudas, hay que meter mano pronto porque es que eso es una puta vergüenza.

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lunes, 3 de febrero de 2014

El FMI en camisa de once varas

El FMI viene sugiriendo, desde hace días, que a la reforma laboral aplicada en España hay que darle otra vuelta de tuerca. Una que, entre otras bondades, termine de apretar el ridículo margen que separa el salario regular del mínimo interprofesional. La finalidad de esta medida es como la gracia de un chiste malo repetido por tercera vez; no hay un dios que se la encuentre. Las consecuencias, sin embargo, podrían ser enormemente graciosas, mayormente, por lo que tienen de gratis. Cuando el español medio venido a menos vuelve a ver la sombra de una mano sobre su cartera, empieza a hiperventilar y a preguntarse qué es lo que ha hecho el FMI por su persona para decidir cuestiones tan personales como lo que uno debe cobrar o con cuánto puede vivir. El ciudadano raso, qué cosas, con estos palos de la crisis, tiende a desconfiar de los que mandan. Sobretodo, si, ya de entrada, el solo nombre de ese "Fondo Monetario Internacional", que manda echarle el guante a sus honorarios, arrastra un tufo a banco que tumba de espaldas.

Armado hasta los dientes de prejuicios, el arrodillado español antes llamado mileurista acude de punta cabeza a la wikipedia porque no puede esperar que un especialista en la materia, como puedan serlo De Guindos o Rajoy, le resuelva determinadas cuestiones económicas, aunque tuviera opción de preguntarles. Mariano por ser quien es y De Guindos por ser sólo la salida de tiesto de un Mariano Rajoy enfrentado a la disyuntiva de entregar la cartera de Economía a un tecnócrata o a un político. A ver, Mariano, ¿café o té? Sí, sí, poleo menta. Con gente así, no se puede contar . Una termina acudiendo a la red y se entera de que el FMI es una suerte de institución creada un día para impedir que se repitiera una situación de crisis como la del 29. Inmediatamente, a una se le queda cara de no haber entendido pero no puede evitar rendirse a la simple asociación de ideas y preguntarse cuánto cobran los integrantes de la susodicha institución que han hecho tan bien su trabajo. Pues, como era de esperar, mucho. Y es que tenemos esa puntería. A los incompetentes, los elegimos carísimos.

Según los botarates del FMI, seguir por el camino de la reforma laboral de Rajoy servirá para reducir la insoportable tasa de paro que aqueja a España y que generó esta misma reforma laboral, seguramente, porque sabe el FMI que la mancha de mora con mora se quita, de puro insistir. Son estas mismas cabezas de huevo las que, tras arduas reflexiones, determinan que resulta imprescindible una nueva rebaja de los salarios que pagan nuestro trabajo para salir de esta crisis que ellos, dicho sea ya que estamos, no supieron predecir. De manera que, si no he entendido mal aunque todo es posible, los miembros del FMI están acreditados para decidir que yo, que me levanto a las seis de la mañana todos los días, incluso los días en que no he dormido, para cumplir de manera impecable con mi trabajo, tengo que cobrar un 10% menos de lo que cobro y seguir cumpliendo con lo mismo. Pero ellos, cuya labor consistía en equilibrar las balanzas de la economía para evitar una crisis que no evitaron, se pueden seguir subiendo el sueldo en función del aire que sopla de poniente si sopla bien y yo no puedo decidir si se lo merecen mucho o poco.

Si no fuera por esas cosas de la educación, por la nueva Ley de Seguridad Ciudadana y porque la justicia cae a plomo sobre el ciudadano del montón, una se liaría a delinquir casi todos los lunes. Pero resulta que hoy, que es lunes, han condenado a un año de cárcel a una twittera por difundir que habría que pegarle un tiro al ministro de economía y otro al presidente del gobierno, uno para cada uno. Vamos, que, en zapatillas de estar por casa hipotecada, ya no se puede disparar ni figuradamente. Mientras, los componentes del FMI, la cartera del gobierno, la cúpula directiva de los bancos y otras aves predadoras de a seis mil el traje pueden dispararnos a bocajarro en la puerta del estómago y no habrá quien criminalice estos delitos para no desestabilizar el sistema. Este montón de presuntos, de delincuentes, de chorizos, de violadores de los derechos humanos no se sentarán nunca en un banquillo a responder por sus atentados, aunque, puestos a echar cuentas, hayan disparado mucho más. El problema radica, supongo, en que estafar a los de abajo, privarlos de sus derechos o de su dignidad, condenarlos a la podredumbre, a la indigencia, a la desaparición es menos costoso que descargar hacia arriba. Que matar a los pobres no cuenta. Que disparar al montón sale gratis. Eso lo sabemos todos. Porque, si de algo se han ocupado bien, es de inculcarnos que una muerte es siempre una desgracia, pero seis millones de muertos son sólo una estadística.

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