martes, 26 de agosto de 2014

Ángela Merkel y Mariano Rajoy veranean juntos en la plaza del Obradoiro

Andaba estos días algo despistada recolocándome las vértebras cuando se nos ha colado la Merkel por la plaza del Obradoiro. No puede una bajar la guardia ni para recuperar el riego cerebral. Dirá algún pijo de esos a los que les gusta aparentar por encima de nuestras posibilidades que la visita de los dirigentes de otros países le otorga al nuestro una distinción especial, y quizá no le falte razón a quien lo diga, pero, a mí particularmente, me gusta poco que venga la Merkel a vernos. En concreto, porque la última vez que la canciller visitó España, el desplazamiento nos salió por el módico precio de 100.000 millones de euros de rescate bancario que venía a ser un rescate indirecto de las entidades alemanas dependientes del sistema financiero español. En resumen, que vino a salvar a los suyos a costa de los nuestros. Y, por eso, llámenme bruja lola o lo que les plazca, pero me da a mí en las cervicales que la Merkel aterrizando en Galicia es pájaro de mal agüero.

Lo que ha sucedido en España desde que Rajoy perdió el norte viendo a esta rubia alemana de caprichos millonarios es que la deuda pública total y lo que las generaciones venideras de españoles tendrán que devolver ha aumentado 430.000 millones de pelotes, a pesar del recorte social, la contención del gasto, la supresión de las becas de investigación y las medallas policiales a la virgen. Esto es, que la reverencia mariana a la Merkel nos sale por cuatrocientos treinta mil millones de euros. O sea, más de doscientos mil millones por año de legislatura mariana. O, lo que es lo mismo, cada español debe quince euros más por día que pasa bajo el mandato mariano. En definitiva, la ruina caracolera. Y todo para seguir manteniendo un Estado inviable y corrupto en el que casi dos millones de parientes y amigos de la casta política, colocados a dedo, vampirizan a un pais completo.

Sin embargo, al votante de costumbres le importan poco los números. Al ciudadano de papeleta no le importan ni los números de su propia cuenta. Lo que de verdad le importa al español de toda la vida son las ideas. Llevamos lo que parece una eternidad escuchando que la situación económica del país y su endeudamiento eran insostenibles en época de Zapatero. Pues, no sé, pero me gustaría mucho que un día de estos el español medio viniera a verme y me explicase lo que es éste record de casi millón y medio de millones de euros de deuda que ha atesorado el gobierno de Rajoy. Porque, a mí, ahora que tengo las vértebras en su sitio y me han dicho que el riego me llega entero al lóbulo parietal, me asalta la percepción de que, cuanto menos tengo, más debo y no me salen las cuentas.

Teniendo en cuenta que todo esto empezó con una visita de la Merkel y una sonrisa de Rajoy y la imagen de estos días venía a parecérsele tanto que equivalía a una foto de entonces, a mí, no me huele bien lo que se pueda estar cociendo. No, no me gusta la Merkel. Y no, no me parece que haga buena pareja con Mariano. Porque, echando cuentas, esta relación me sale más cara que empadronarme en Berlín y venir todos los días a trabajar a España. Desde que esta señora y Mariano se conocieron, la deuda española ha superado de largo el billón de euros, lo que son muchos, muchos euros, español de toda la vida. Y, no sé a ustedes, pero a mí la deuda me pesa y, acompañada de esta política de sacrificio para que otros acumulen en Suiza sin ton ni son ni años de vida para gastárselo, puede doler una barbaridad, aunque no siempre sepamos reconocer ese dolor hasta que termina con nosotros.

Precisamente, al acabar conmigo, la artista que me volvió a poner los huesos en su sitio hace tres días, me preguntaba por pura curiosidad:

- Tenía que dolerte mucho la cabeza.

- Bueno, es que yo no sé cuánto les duele la cabeza a los demás.

A lo que me respondió para mi completo pasmo:

- No, es que la cabeza no tiene que doler.

Esto pasa mucho. Conforme una va cumpliendo años, cree que el cuerpo es una atadura al suelo de la realidad, como pueda serlo la esclavitud a que nos somete cualquiera de nuestros gobiernos, y que los distintos apéndices corporales duelen alguna vez para dar fe de que siguen allí, de la misma manera que los diferentes ministerios nos azotan un calambrazo de vez en cuando para justificar su presencia. Pero es que resulta que no, mis adorados votantes, resulta que la cabeza no tiene que doler.

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viernes, 22 de agosto de 2014

No me violes los derechos

Resulta paradójico que en este país andemos en pelotas hasta para defendernos de las violaciones. Yo ya no sé si España es un país de cobardes o un país de un desnudo intelectual que abochorna. Lo que sí me parece un auténtico despropósito es que, cada vez que sale a pasear un tema relacionado con los derechos de la mujer, se tenga que topar de narices con ideologías paleolíticas de la altura de un Gallardón, un Fernández Díaz o un alcalde de provincias cualquiera, que empiezan metiendo la pata y acaban con una homilía.

Vivimos las mujeres españolas en un país en el que se nos escapan los derechos por las costuras del Gobierno. Nos estrenamos con el aborto de Gallardón (que, así dicho, parece un sueño), continuamos para bingo con el desamparo de las mujeres solteras en materia de fertilidad por parte de la Mato y ya iba tocando que nos hicieran partícipes de la preocupación que despierta el delito de violación en el sentir gubernamental. El alcalde de Málaga nos ha hecho saber que son cosas que pasan. El de Valladolid añade que una mujer tiene que cuidar por donde va, la cúpula del gobierno calla y el Ministerio de Interior... del Ministerio de Interior ya hablaremos luego. Me sale de la pluma añadir además que, en los últimos cuatro años, el presupuesto destinado a políticas de igualdad se ha reducido a la mitad y que los recursos empleados contra la violencia de género han decrecido un treinta por ciento. Se diría que este Gobierno a las mujeres en concreto quiere sacarlas de la crisis metiéndolas en Atapuerca, robándoles en una sola legislatura todo lo que el mundo civilizado les había conseguido. Yo, si fuera mujer, estaría indignada, pero desorientada como me hallo en esta tiniebla cultural de nuestros cargos oficiales, me nace más arrancarme por María Dolores Pradera y su famoso "devuélveme el rosario de mi madre y quédate con todo lo demás", Mariano.

Una juez en Málaga archiva la denuncia de violación presentada por una joven de veinte años contra cinco individuos y nuestros mandamases se roban la palabra proponiendo medidas contra el delito de violación que, despejadas las chorradas y memeces, se pueden reducir a dos sin que a nadie se le haya tambaleado el ministerio o la alcaldía ni un poco, a saber: el despliegue policial o el recogimiento femenino. Huelga decir que  España no es un país en el que se pueda esperar un policía detrás de cada violador. Sería un derroche presupuestario y actuación completamente innecesaria desde que Interior concedió, en el mes de febrero, la medalla de oro al Mérito Policial a la virgen María Santísima del Amor, quiera dios que nos ampare. De modo que, como las fuerzas del orden no proceden en estos casos que, a veces, pasan, el susodicho Ministerio se ha brindado también a redactar una serie de recomendaciones dirigidas a la mujer de hoy, del moderno calibre de: guardarse pronto por la noche, llevar un pito en el bolso (de los de silbar) o encender las luces de todas las habitaciones cuando una se encuentre sola en casa (que para eso nos han puesto la luz a buen precio) de manera que parezca que está acompañada de quince tíos, pero sin que se entere su madre.

A mí, este viril Pleistoceno de nuestros actuales gobernantes se me está haciendo largo de necesidad, qué quieren que les diga. Este yugo ideológico que nos cuelgan desde un Gobierno en el que hasta las ministras más monas militan del lado de los que se empeñan en rescatar aquel machismo bíblico que creíamos extinguido, me pesa como un collar de melones. Pero más me pesa el hecho de que, de los cuarenta y siete millones de españoles que éramos en época de votar, no haya llegado a los puestos de gobierno, que se sepa, una sola mente pensante capaz, en esta circunstancia, de elaborar un ensayo, planteamiento, programa o enfoque del riesgo de violación y cómo evitarlo susceptible de ser tratado desde el Ministerio de Educación, desde el Ministerio de Justicia  o desde el misterio del sentido común. No. "No podemos poner un polícía en cada parque" (León de la Riva dixit), dando a entender que son las mujeres las que tienen el deber de cuidarse a sí mismas y no ir provocando por lo verde. Lo que es tanto como decir que no podemos poner un policía detrás de cada asesino, sino alentar a los ciudadanos para que se compren sus chalecos antibalas y no se paseen por la vida a pecho palomo, que parece que van pidiendo que les descerrajen seis tiros.

Si no fuera porque no tiene ninguna gracia, sería para partirse.

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lunes, 18 de agosto de 2014

Tormentas de verano

Estas tormentas a destiempo que van regando el mes de agosto vienen a hablarnos un poco de la primavera que no fue. Lo de la bipolaridad del tiempo es un espejo de la ruina en que nos hemos acostumbrado a vivir, con la espalda alicatada de rencores, muchas fobias, pocas filias, menos glorias y una melodía de adaptación perfumando las calles con la nitroglicerina del todo pasa. Sobre el asfalto duerme un vacío agosteño teñido de esa resignación que todo lo empapa. Y, en las aceras, quedamos unos pocos lentos de digestión bajo la bóveda de un cielo escaldado que no sabe si lucirse más o dejarnos otro rato a la sombra del temporal.

De una de estas estadísticas en las que se canta el bingo de un triunfo en función de quién haga el recuento, ha salido que España despega del suelo de la crisis con el brío de un buscapiés, en tanto que, a Alemania, Francia e Italia, vuelve a acecharlas el fantasma de la recesión. Por encima de los Pirineos, Europa se torna gris. Pero aquí ya no porque el desgaste de la política ha emprendido su carrera contrarreloj y porque aceptar que la borrasca está de vuelta sería tanto como anunciar que todos nuestros sacrificios no han servido para nada. Aquí despertamos a un nuevo día, un día de esos que a algunos nos gustan poco porque la luz se abre paso turbiamente entre los celajes. Es una mañana de amanecer arrepentido, fea, encapotada, una de esas que alumbran veladamente la certeza de que, en cualquier momento, puede hacerse de noche en pleno día.

Pero no para quienes escriben ese relato dictatorial que nos convierte en el motor de Europa o, quizá, en una marioneta apuntalada en el esqueleto de las cifras que, con esa pose tan nuestra siempre un paso por delante de donde nunca llegaremos a estar, se cree en situación de rescatar hoy a su redentor de ayer. El gobierno y sus satélites, con su insistente "fin de la cita", quieren hacernos creer que han sabido salvarnos del temporal cuando todavía resulta difícil saber con precisión cuánto de tormenta falta por pasar o cómo alcanzar la creencia de que el mañana es posible en un país en el que aún queda tanto pasado por delante.

Y puede que el cielo de la recuperación exista y que, quienes únicamente vemos que nuestro codiciado despertar hace aguas por las esquinas del sol de agosto, seamos sólo unos cenizos incapaces de ver la luz. Pero también es posible la sospecha de que el verano de la recuperación transite todavía sólo por caminos de palabras, por senderos de ida y vuelta, con chaqueta de quita y pon. Y nada ni nadie sea capaz de aclararlo.

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lunes, 11 de agosto de 2014

Sin móvil, no somos nada

Sabrá el lector habitual de este espacio que, llegadas estas fechas, se me antoja abandonar el análisis absurdo de la prensa diaria para centrarme en comentar las cuestiones rutinarias de nuestra insignificante existencia por lo apasionantes que se tornan a la clara luz del mes de agosto. Y, por eso mismo, me andaba preguntando hoy si también ustedes lo habrán observado o es una impresión exclusivamente mía. La cuestión es que, en los últimos meses se me está dando con cierta asiduidad la circunstancia de encontrar gente que, a mitad de un viaje, se queda tirada en la carretera. Creo recordar que esto pasaba mucho hará unos treinta años, cuando los coches, con la mitad de ingeniería que los actuales, se calentaban en un puerto de montaña y dejaban a familias enteras de ocho miembros tiradas, dentro de un habitáculo en el que hoy no caben cuatro, hasta que pasaba una patrulla de la Guardia Civil de tráfico que los sacaba del atolladero. Eran otros tiempos, tiempos en los que existía una cierta humanidad que nos permitía detener el vehículo y ofrecernos a ayudar, tiempos en los que había cabinas telefónicas cada pocos kilómetros y en los que las madres solían llevar una tableta de chocolate en el bolso por si esto pasaba y había que echar la noche.

Pero los coches dejaron de estropearse y casi todas las carreteras se rellenaron de asfalto hasta la planicie y llegaron los teléfonos móviles y empezaron a relajarse las medidas de salvamento o supervivencia. Desde que la especie humana se convirtió en autosuficiente gracias a las nuevas tecnologías, raro es el viaje en que una se encuentra a las autoridades de tráfico circulando por la misma vía que el resto, o que alguien aprovisione el coche como si fuera a hibernar en la autopista, por no hablar de la espeluznante idea de tener que parar el vehículo para socorrer a otro conductor, como si nos lo fuera a robar a punta de navaja, que casos se han dado. No obstante, y me repito, últimamente, cada vez con más frecuencia, se ven coches parados en el arcén a causa de una avería. Lo que parece que sucede es que el parque de automóviles está envejeciendo sin que nadie haga nada por remediarlo. Y la razón más plausible parece que, si antes de la crisis, la gente, por regla general no dejaba que su coche cumpliera demasiados años e incluso lo llevaba al taller de vez en cuando para hacerle un chequeo antes de emprender un viaje, esto hoy es casi impensable y no lo digo sólo yo. El que no tiene para comer como antes, del coche ni se acuerda hasta que explota. No hay para coche nuevo, ni para revisiones, ni para cambiar las ruedas, pero, ojo, nunca, nunca, bajo ninguna circunstancia, puede dejar de haber para teléfono móvil de última generación con tarifa plana y acceso ilimitado a internet, que es artículo de primerísima necesidad y en el que todos confiamos para cualquier imprevisto. Decía mi amigo Gonzalo una de esas tardes de reunión de amigos en las que cada uno está pendiente de su móvil sin hacer el menor caso de los demás, a los se puede mandar un whatsapp luego, que llegará el día en que la conexión a internet brote de las hojas de los árboles. Pero, hasta entonces, parece que nadie haya caído en la cuenta de que siguen existiendo lugares sobre la corteza terrestre en los que el móvil se niega a dar señal por muy en huelga que se declare el coche o por muchos apuros en los que se encuentre una.

Y, en uno de éstos, me tuve que ver el viernes pasado, cuando, por circunstancias de la vida que no vienen al caso, me dieron las cinco de la tarde en una carretera de metro y medio de ancho por cuarenta kilómetros de largo, doble sentido y más curvas que el pelo de Beyoncé en su estado natural, destino: las tierras más altas de Soria. Empezó a llover como comienza todo lo que una no espera, de sopetón y a cubos, de modo que reduje la velocidad con la falsa esperanza de que el agua cayera también más lento y encendí todas las luces del coche, incluidas las de dentro, diciéndome a mí misma: "Ya que tú no ves ni la hora, por lo menos, que te vean". No iba tan mal la cosa cuando la lluvia paró de repente para dejar paso a una tormenta de granizo como no había visto yo despierta en todos los días de mi vida. Imaginaba el camino y los idílicos campos de Castilla, tan poéticamente tratados por Antonio Machado, siendo ya todo uno por delante de mí mientras, desde dentro del coche, escuchaba sin perder ripio lo que parecía la rompida de la hora de Calanda. Pensé en detenerme, no se crean que no, pero también pensé que, en una carretera en la que, curva a curva, es necesario poner el coche a dos ruedas para que pase entero, pararse a esperar que viniera uno por detrás con la misma visibilidad que yo, es decir, ninguna, a darme un apasionado beso en el maletero que me terminara de arreglar el día, quizá no fuera lo más inteligente, aunque también es cierto que no parecía haber un alma en kilómetros a la redonda. De modo que continué completamente a ciegas con el granizo llamando insistentemente a la luna delantera y tratando de pensar en algo más agradable que un barranco de tres o cuatro metros de profundidad en el que acabar de pasar la tarde. Qué sensación de abandono. Como ya habrán podido deducir a estas alturas, conseguí salvar los baches, que haberlos habíalos cada diez centímetros, con la dignidad que le queda a alguien que no sabe por dónde va, no recuerda de dónde viene y no tiene ni repajolera idea de dónde está, y avanza abrazada al volante, sin permitirse pestañear una sola vez en la eternidad en que puede convertirse un cuarto de hora, como si la vida pasara supersónicamente, pero con los caracoles subiéndosele a las ruedas. Era un momento perfecto para elaborar un compendio de pensamientos profundos, para detenerse a pensar en lo frágil que resulta la existencia humana o en que ya no se fabrican coches como los de antes y, sin embargo, seguro que lo comprenden, conducir en las citadas circunstancias o la certeza de que era prácticamente imposible salir de allí ilesa no resultó tan angustioso como para plantearme otra cosa que no fuera: "Y, cuando se rompa el cristal, ¿qué carajo hago yo aquí... ¡sin cobertura!?"

Así fue ni más ni menos. A esto se ha reducido nuestro extraordinario cerebro de homo sapiens en continua evolución. Años, décadas enteras de investigación científica y tecnológica y en esto es en lo que nos hemos convertido. En individuos capaces de prescindir de cualquier derecho fundamental, de la sanidad, de la educación, de una vivienda digna, de un coche medianamente fiable, de las comodidades del bienestar que creímos conocer. En gente capaz de morir de frío, o de hambre, o de cualquier enfermedad imaginable. En alguien, en definitiva, que puede aceptar cualquier desgracia sobrevenida, como, por ejemplo, pongo por caso, sentir que el cielo entero se le parte sobre la cabeza una tarde de viernes cuando tenía todo el fin de semana por delante y nadie con quien compartirlo, e incapaz de elaborar un pensamiento más digno con el que coronar ese momento que: "Por Dios, ahora no, ¡que no tengo móvil!"

viernes, 8 de agosto de 2014

Maletas

Es tiempo de hacer y deshacer maletas. Para salir de vacaciones, para volver a la vida real, para que se vayan los padres o los hijos o los maridos, para amortizar las playas y los pueblos o para dejar que se enfríe el asfalto urbano durante el fin de semana. Es tiempo de hacer y deshacer maletas con lo que esto conlleva de viajes de plancha, a la lavadora y al armario, que ni tiempo le queda a una de encender esa televisión que habitualmente tampoco ve, aunque en este país parece que comamos rayos catódicos, cuando lo cierto es que se le va a una un pastizal en pulgadas para que luego ni centrifuguen ni . Es tiempo de hacer maletas y empezar a añorar un año más aquellos maravillosos ochenta en que, con dos bañadores, vestíamos los tres meses de veraneo en un pueblo que ya entonces olía añejo, pero que, por lo mismo, no dejaba espacio alguno para estas complicaciones de la vida moderna.

Recuerdo que fue poco tiempo después cuando el vía crucis de preparar el equipaje comenzó a complicarse como no nos podíamos llegar a imaginar en la era del seiscientos. Un año de aquellos me decidí a hacer el camino de Santiago. Realmente, lo decidí un día de estos en que una se levanta creyendo que es Conan el bárbaro, aunque pese cincuenta kilos y tenga los pies planos. A quién no le ha pasado. Como una no suele hacer el camino de Santiago a diario, pensé en consultar un manual al respecto en el que se detallaban desde la concienciación previa a la que una debe someterse hasta la supuración de las últimas ampollas, pasando por la configuración de la mochila.

Lo de la concienciación previa me lo salté, como cualquier bárbaro hubiera hecho, empezando directamente por el relleno mochilero. Lo que la guía del buen hacer recomienda es introducir en el macuto lo exclusivamente imprescindible porque una o uno va a tener que cargar con sus pertenencias hasta la catedral y el camino se supone largo. Para llegar respirando, la idea estrella de la citada guía era desechar todo aquello que nos sintamos tentados de llevar "por si...". Por si nada. Abre la mochila por la parte de arriba e introduce: una camiseta, una muda, un par de calcetines y un chándal ligero (eso para vestirse durante quince días), una gorra, un chubasquero (imagino que por si llueve), tapones para los oídos (por si alguien ronca), hilo y aguja (por si apetece hacer punto de cruz), mechero (por si alguien fuma), un pequeño botiquín (por si alguien se hace el harakiri)... y así hasta la documentación. Los paréntesis son míos; el despropósito del autor. ¿Cómo se puede llegar a suponer que es factible salir de viaje con menos bragas que tapones para los oídos? Pero no queda la cosa ahí, que cuando acababa con la lista de todo aquello que yo hubiera desechado en el capítulo de los "porsiacasos", preguntaba el amanuense de tan magna obra literaria: "¿Ya lo tienes todo dentro de la mochila...? Bien, pues ahora, vuelve a vaciarla y mete sólo la mitad. Bien, pues yo ya no voy.

Efectivamente, por lo que me han contado después, el camino de Santiago está hecho para esos hombres a los que aún les preparan las maletas sus madres o mujeres y que la muda les cae bien de cualquier lado. Por eso, en los veranos sucesivos he ido eligiendo lugares de menos trashumancia y más estar tumbada a la bartola, que se lo tiene una bien ganadico tras el trajín de preparar un equipaje en condiciones. Y pocas cosas hay después tan gratificantes como una cena en buena compañía, al aire libre, con toda la noche por delante para una conversación abierta y sincera. O un buen desayuno tardío en otra terraza con ese sabor a domingo que te regala una mañana entera para leer un libro desde la dedicatoria hasta la bibliografía, sin prisas, forjando un infantil deseo de que dure para siempre, disfrutando la lectura de una forma radicalmente opuesta a la del resto del año cuando el último bostezo del día apenas da para pasar una página sin haberse enterado de la mitad. Ese café de sobremesa que se alarga hasta la hora de cenar. Las siestas de media tarde con el sonido de las olas como fondo de armario. Los paseos al atardecer con aroma a campo. El helado de tres pisos frente el mar sin contar calorías...

Son tantos los placeres por los que merece la pena hacer la maleta que ojalá tuviéramos ocasión de hacer más. E incluso diría, después de todo, que aunque no se salga de la ciudad en la que se vive sería necesario preparar la maleta. Porque hacer maletas significa tener que elegir, decidirse por una cosa o por otra, quedarse con lo imprescindible y desechar lo superfluo. Hacer maletas significa ponerse en marcha. Y hace falta ponerse en marcha. Por muy desencantado que se sienta uno, por muchos sinsabores que traiga el día, por muchas piedras que nos hagan tropezar, por muy abajo que se caiga.

De modo que ¡preparen el equipaje y pasen un feliz verano!

jueves, 7 de agosto de 2014

¿Podrán?

Decía Bernard Shaw que los políticos y los pañales se han de cambiar a menudo y por los mismos motivos. No obstante, hasta ahora, en España, este tipo de filosofía no aplicaba, pero no por desconocimiento de sus ilustrísimos votantes, sino porque no había opción. El pueblo se resignaba al bipartidismo por la misma razón que hace treinta años los hijos de familia numerosa cenábamos huevo una noche y tortilla la siguiente, porque era lo que había. Y ambos Partidos, con la tranquilidad que concede el monopolio, se iban rifando el despacho de la Moncloa a piedra, papel o tijera cada vez más alejados de la realidad, carentes de todo mérito e imprimiéndole el mismo esfuerzo que a un juego tonto de niños. Sin embargo, desde el inesperado éxito de Podemos en las últimas europeas, parece que se nos ha revuelto el avispero.

Hay quien atribuye la clave del hechizo ejercido por Podemos (un poco pronto tal vez) al arte de haber sabido recuperar esa antiquísima manera de hacer política mezclando diez partes de ideas con diez mil de calle. Y quizá sea por esto por lo que hace unos días, Pedro Sánchez, el nuevo secretario general del PSOE, le recomendaba a don Mariano algo así como que debería empezar a pisar un poquito la calle o a hacer un poquito la calle, por eso o porque para seguir ejerciendo la política hoy en España hay que ser un poco fresca y, en cualquier caso, más lista que el hambre que nos están haciendo pasar. Pero, sobre todo, porque el país estaba empezando a sospechar que no había vida inteligente en los despachos políticos, aunque los votara igual bajo el emblema conformista del "es lo que hay", huevo o tortilla. La vieja guardia gubernamental contaba con que el conjunto de los ciudadanos, ese ente amorfo que habita las calles y rellena las urnas, se hubiera habituado a convivir con la chapuza, la ausencia de criterio, la incultura, el trinque y el todo vale, cualquier cosa. Y ahora llegan unas gentes del montón, con una imagen más campechana que la de nuestro emérito rey don Juan Carlos y un mensaje, cierto o no, pero claro como la sopa del pasado invierno, y nos invitan a pensar que las cosas deberían ser de otra forma, aunque tampoco sea necesariamente la suya.

Los socialistas optaron por ir suicidándose poco a poco sin tener muy en cuenta lo paradójico que resultaba que todos viéramos cómo el partido de la rosa se marchitaba de amor por sus obreros y falta de ideas en plena primavera. Y hoy cuenta ya con un nuevo líder, joven aunque sobradamente preparado para empezar a prometer que van a hacer esto y lo otro mientras nadie se explica por qué no lo han hecho antes, que ocasiones han tenido. A Rajoy y los suyos, empezó a bajarles el paro con el buen tiempo, entre otros greatest hits, como si las 355.000 almas que han ido adelgazando las listas del INAEM en el último año hubieran sido esos grados de temperatura que le suman al cuerpo unas malas fiebres pasajeras, obviando también que en este mismo año la población activa ha descendido en 232.000 personas y que el país ha perdido 152.000 habitantes. En fin, que nadie sabe a ciencia cierta si a Mariano le baja el paro o es que se le muere. Y, entre unos y otros, mano a mano frente a los fogones, con el tiempo mordiéndoles el culo, se apuran a buenas horas en ir preparando un plato combinado en el que vuelvan a armonizar monarquía y república como hasta ahora, que vaya usted a saber cómo y por dónde nos lo meten.

Al lado de todo esto, que no viene a ser sino más de lo mismo con alguna inesperada exploración de los bajos fondos ministeriales, lo que sí representa un cambio es lo que se traduce de analizar las últimas cifras del CIS en relación a la intención de voto de los españoles. Según la última encuesta realizada, la gente con estudios superiores colocaría a Podemos al frente del Gobierno de España; los segundos en expediente académico optarían por el PSOE y son aquellos ciudadanos sin formación académica quienes votarían nuevamente al PP. A la luz de estos datos que, en principio, invitan a abrir unos ojos como ensaladeras, cabe preguntarse qué es lo que ha sucedido con la clase obrera en España. Pues yo se lo voy a decir, mis adorados lectores, la clase obrera de hoy en España es la que tiene un doctorado en ingeniería y un máster en administración y dirección de empresas, mientras que los que apenas saben leer (recuérdese a Mariano intentando entender su propia letra) son quienes integran las filas del PP y ejercen su derecho democrático votándose a sí mismos. Tiene que ser así.

No querría alargarme mucho más porque para qué, pero sí me gustaría confesar que, mientras todo esto ocurre, a mí, lo que de verdad me sigue asombrando es que todavía quede alguien que conserve dos dedos de fe para creer que de estas nuevas juventudes de la política, entre las que se hallan Pablo "el velloso" o Pedro "el hermoso", o de entre la muchachada de los de siempre vaya a emerger alquien capaz de sacarnos la barbilla del barro. Pero ¿qué sabemos? A nuestra incurable ingenuidad, no le queda otra que esperar a la próxima ocasión de voto y depositar una vez más la papeleta mumurando por lo bajo aquello de alea jacta est, locución latina que, según mi amigo Gus, significa "esa jaca quién es" y que se emplea normalmente y con la misma ilusión cuando uno entra en un bar y vislumbra al fondo a la futura madre de esos hijos que no pretende tener.

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lunes, 4 de agosto de 2014

La independencia económica de Jordi Pujol

Lo de las herencias de Pujol, al final, va a resultar un problema serio para algunos catalanes, en concreto, para esa inmensa mayoría que se cuenta por miles en las manifestaciones, pero que no se ve a pie de calle, y que creía que sus políticos estaban hechos de otra pasta cuando la realidad era que se estaban haciendo a sí mismos de la misma pasta gansa que el resto. Veintitrés años, veintitrés, ha invertido el muy honorable padre del independentismo catalán en ir llevándoselo crudo, del verbo trincar. Y a Artur Mas le da una pena que se le parte el patriotismo en dos. Digamos que estaba Pujol tan entregado a su labor en pro de la independencia que, en veintitrés años, no ha encontrado el momento que parece que le ha brindado la impunidad de sus ochenta y cuatro primaveras para confesar, a manos llenas, que no ha sido España, que he sido yo. Y ahí queda eso, menos los gastos.

Lo que a una servidora se le plantea es por qué, considerándose el susodicho ciudadano de nacionalidad catalana, no escogió España como país extranjero para poner a plazo fijo las mordidas, con lo a mano que le quedaba y lo paradisíaca que le ha parecido siempre la península al colectivo guiri. Por contra, acabó buscándose otros paraísos de menos sol y más sombras en los que depositar su catalanismo pela a pela. Y, precisamente, dio en elegir los mismos paraísos en los que ha venido veraneando el dinero negro de los políticos españoles, (que sus acólitos lo perdonen) como un españolazo más. Pues parece ser que los billetes de clase alta descansan igual y en las mismas cuentas independientemente de la supuesta nacionalidad de sus titulares. Independientemente.

En cualquier caso, lo inexplicable de las cuentas Pujol en el extranjero deja claro que no hay oasis sin corrupción ni en Cataluña, mal que les pese, ni alrededores. Que lo que, cuando se insinuaba en un periódico, eran ataques a Cataluña, hoy, convertido en confesión, no puede ser un asunto privado. Y que, al tiempo, no serán éstas las últimas cuentas del Partido que veamos abiertas allende los Pirineos. Pero hay que reconocerle al patriarca de la independencia catalana que ha hecho más por cargarse el sueño soberanista de Artur en menos de lo que tarda en leerse un comunicado, que el bueno de Rajoy en todas sus apariciones y aportaciones a la tormenta de ideas que llueve sobre el encaje de Cataluña en España. Y yo, que no creo mucho en las casualidades, me pregunto por qué ha confesado precisamente ahora, a un empujón del precipicio hacia el que sus seguidores se han abocado sin vuelta atrás.

Como curiosidad y por aquello de colaborar en lo de nada es lo que parece, les contaré una anécdota cuyo fondo, con matices, respiramos durante quince días a lo largo y ancho de la Comunidad catalana. Hace exactamente una semana, coincidiendo con la inmolación de Jordi Pujol por la patria o por los suyos, comíamos en un restaurante de Gerona tomando buena nota de cómo, una vez más, los medios de comunicación se han hecho eco durante meses de la voz de unos pocos soplagaitas promocionando una imagen de Cataluña que no se proyecta en la calle, haciendo un ruido que no suena, vendiendo un humo que no se ve, obligándonos a creer que Cataluña no encaja en España cuando los que no encajan son media docena mal contada que no da para vendimiar el Rosellón. La propietaria del local, más catalana que la barretina, después de cruzar apenas dos frases, indignada hasta la médula y, junto con la cuenta porque la pela es la pela, sacó el DNI del delantal y emprendió una cruzada ella sola al grito de:

- Aquí, ¿qué pone? España, ¿verdad? ¡Eso nadie me lo puede quitar!

Pues casi seguro, Montse, maja, pero, con suerte, será lo único.

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