miércoles, 30 de diciembre de 2015

La sonrisa de la vida

Intento hacer balance del año que termina y lo único que alcanzo a pensar es que la vida estaba hecha para ti. Con toda su ironía, su desnudez, su peligroso magnetismo, su caos, su daño, su silencio. Con todo lo que arrastra en su ilegible caligrafía. Con todas las preguntas sin respuesta que nos va escupiendo. Con todos sus escollos ante la meta que queremos alcanzar. Con los viejos cuchillos de Lorca siempre tiritando bajo el polvo. Con todo a lo que obliga de esa forma tan indiscutible. Con todo su empeño en colocarnos en cualquier lugar menos en el que querríamos.  Con todo, la vida era tuya. Porque la vida es maravillosa. Y, aunque a veces significa recibir golpes que nunca dejarán de doler, también es capaz de grandes recompensas.

No tuvimos ocasión de explicártelo. Que la vida era sólo el camino. Un camino durante el que muchas veces olvidamos lo que tenemos cayendo en el error de perdernos por lo que deseamos. Una travesía con parada en cientos de momentos especiales hasta que el calendario se va cuajando de fechas señaladas. Una mirada al infinito con la memoria embaldosada de rostros queridos e instantes vividos. Un continuo amanecer de una luz que pone de relieve a las personas adecuadas, aquellas que acaban sabiendo más de nuestros silencios que de nuestras palabras. Una medida de tiempo a la medida de quien se es y con quién. Un poema hecho de horas y de una emoción con la que se puede conjurar por un instante el dolor del mundo y a aquellos que dentro de él van de magníficos. Un puñado de años sobre el que se asientan una era colectiva y un momento personal con todo lo que nos importa. Una sonrisa al final. Porque la vida siempre acaba por sonreírnos. Y hubiera sido precioso verte caminar por ese maravilloso empedrado de casualidades que resulta la existencia.

Cogerte de la mano y señalar a lo lejos hasta que hubieras visto por ti mismo que es también un horizonte de sueños por cumplir que, andando, se alcanza. Una esperanza constante con una melodía de verdades que insiste hasta calar el alma para que la pensemos siempre. Una promesa cierta de un mañana siempre mejor. Un conjunto de años nuevos. Un espacio para decir lo que queremos decir y callar lo que merece ser guardado. Una estación de gente por conocer y un viaje en el que la felicidad depende casi siempre de la capacidad que tengamos de hacer felices a los demás. Porque lo que se consigue en soledad no lo es, a eso se le llama satisfacción y dura mucho menos de la mitad de lo que cuesta alcanzarla.

No llegaste a saberlo. Que la vida era el suelo sobre el que serlo todo: caminante, observador, vividor, hombre, hijo, amigo, amante... Que la vida era el escenario para protagonizarte. La ocasión de representar lo que hubieras elegido. Un libro en blanco. Una sola oportunidad para ser infinidad cosas sin dejar nunca de ser una buena persona. Nos hubiera gustado enseñarte a verlo así, como nosotros lo aprendimos.

Que, cuando uno se detiene en la orilla y piensa en lo que de verdad importa, da igual lo alto, lo guapo, lo fuerte o lo listo que uno sea. Lo único que siempre resulta suficiente es algo tan difícil y tan sencillo a la vez como ser querido. Y eso es todo cuanto necesitamos decirte entonces... Que te queríamos mucho. Y que el amor lo es todo.

Buenas noches, ángel mío.


Para seguir este blog entra en http://www.facebook.com/UnRinconParaHoy y pulsa Me Gusta.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

A bordo del Titanic

Hay quien cree que el Titanic se hundió para que James Cameron pudiera rodar su película, del mismo modo que hay quien cree que España se hundió para que Rajoy pudiera ganar las elecciones. A veces las desgracias suceden así, para que a unos pocos les vaya bien. Y, en nuestro caso, para mayor gloria de aquellos que olvidaron que la democracia no es una cosa hecha y conseguida para siempre. Que esto hay que currárselo. Nos ofrecen una gran nada como proyecto de vida que todavía mueve masas a hacer cola para coger turno, a pesar de que parece ya imposible pensar en nada favorable con los partidos mayoritarios convertidos en mayordomos de las entidades bancarias. Así y todo, anoche Mariano aparecía en el último debate de esta campaña como el que ya no tiene nada que ganar, al tiempo que Pedro lo hacía cantándole, al más puro estilo Zenet aunque sin sombrero, eso de "déjame presumir de ti un poquito". Después del cruce de navajas y de la mascarada de sonrisas subrayando la mentira, según los últimos sondeos, todavía hoy media España navega en un Titanic que imagina insumergible mientras la otra mitad valora si tirarse por la borda.

Resulta curioso este negocio de las encuestas acerca de la intención de voto.  A veces me da por pensar si no serán ganas de mantener a ciertos votantes en el acuario de sus hogares por disuadir papeletas. Quiero decir que, si el 20D sale el día frío, para qué va a a salir uno de casa cuando los suyos ganan de cuatro. Una ve la fiabilidad de las cifras rompiendo como una marea de imposiciones sobre las páginas de los diarios. Les hacemos demasiado caso. A mí, particularmente, en veinte años de mayoría de edad en democracia, jamás me han preguntado por mi intención de voto y, si lo hubieran hecho esta vez, hubiera contestado que votaré a Los Verdes, un poco por tocar la moral, un poco por echar unas risas.

El PSOE en general todavía confía en el voto de castigo y en que las hordas de indecisos correrán a las urnas al grito de "lo importante es que no gane el PP", mientras Pedro Sánchez en particular espera que se le reconozca el valor de presentarse. Podemos juega al viejo mercadeo de vender aire a buen precio con esa dejadez forzada del que quiere hacernos ver que tampoco importa tanto lo que parece. Ciudadanos nada a contracorriente tratando de poner el futuro de su parte, pero chocando con el iceberg fósil de la fidelidad sin criterio. Y, entretanto, yo me alojo en versos trasnochados capaces de contar noticias a las que no llega un periódico, no como ejercicio de huida, sino para amarrarme mejor al presente. Mientras el mar bandera roja, a un paso, va desmantelando el día, casi saqueándolo con una fuerza titánica, cuando ya casi nada importa más allá del gobierno de las olas y el peligro de su arrullo.

N.B. Este artículo se ha terminado de escribir antes de que Mariano Rajoy recibiera un puñetazo en plena cara. Quiero transmitir que me parece una salvajada. Los puñetazos, en las urnas.

Para seguir este blog entra en http://www.facebook.com/UnRinconParaHoy y pulsa Me Gusta.


lunes, 14 de diciembre de 2015

¡Al turrón!

Sube de la playa un aire flemático y faltón que silba como un ofidio. El sol y el viento chapotean en el agua como la natación de mentiras que van y vienen lo hace en suelo peninsular. Puestos a vivir de nuevo este período electoral a deshora, elijo hacerlo en medio de una primavera postiza, a la antigua usanza. Las últimas encuestas (porque son las últimas) colocan a los cuatro aspirantes a la presidencia coloreando la misma porción de la rosquilla. Algunos políticos están jugando sus cartas contra pronóstico, rifándose la pole position de la próxima legislatura con la impaciencia del que no llega por un pelo de la coleta. Mientras uno solo va de que la cosa no va con él.

Mariano sigue siendo un profesional del escapismo. Uno de esos políticos reversibles que mira de reojo a La Moncloa mientras, en plena faena de campaña electoral, lo más que hace es sentarse a charlar con Bertín en el sofá de su casa tan a gustito que casi se queda a gobernar allí. Mariano es completamente inmune a la sangría de votos que sufre el PP según las últimas encuestas, quizá porque sabe bien que "un vaso es un vaso y un plato es un plato" y una filosofía tal lo colma a uno de empaque presidencial en un país como éste. Y porque, a pesar del plasma, de los sobres de Bárcenas, de la virgen del Rocío, de la arrogancia de Wert, de la sanidad castrada de Ana Mato, del rescate bancario, de la misa de doce de Fernández Díaz, de no llegar a final de medio mes, de las concertinas contra los inmigrantes, de seguir siendo "mucho españoles" a la fuerza y otras tantas lindezas (una menos en Canarias), Mariano Rajoy continúa ganando en el rosco.

El misterio de Mariano es caso digno de estudio incluso en suelo español, ya que es el único aspirante a cualquier cosa capaz de ganar por incomparecencia. O, tal vez, por haber dado con la fórmula de comparecer allí donde se cuecen los votos: cocinando mejillones al vapor en la Uno, comentando un partido de la Champions en la Cope al tiempo que enseñaba a su hijo a pescozones a no decir la verdad o pasando la tarde del sábado con María Teresa Campos en Qué tiempo tan feliz, programa cuyo nombre, por otra parte, le venía de perlas como resumen a su legislatura. Si retrasa las elecciones un par de semanas más, hubiera podido aparecer junto a Soraya vestido de burbuja Freixenet felicitándonos el nuevo año. Pero la tentación de convocar elecciones como el que convoca la Navidad fue demasiado firme para resistirse.

El domingo se vota. Una mira el paisaje de este país venido a menos y advierte lo mucho que queda por hacer para modificar este tinglado impuesto. Resulta insultante que la campaña electoral se haya convertido además en un reality de tres al cuarto (suerte a los concursantes) como si la conciencia plebiscitaria fuera una fiesta más en estas fechas. El domingo se vota y está claro que una papeleta hoy es poco menos que una forma de sufragar el sueldo a los candidatos. Aún no ha terminado la campaña y, si el lector hace análisis de todo lo visto y oído, sólo queda claro el tamaño del aburrimiento y la burla. Ya sólo nos falta el vis a vis entre PP y PSOE, que será otro apocalipsis verbal tocando palmas a falta de densidad de ideas. Tirarán de artillería porque hay demasiada mierda que tapar como para andarse con delicadezas. Y, si apoyamos el oído en la baldosa sentiremos el organillo gastado de esa vieja política con perfume a polilla amaestrada.

Pero el domingo se vota. El domingo se vota y, después, ¡al turrón!


Para seguir este blog entra en http://www.facebook.com/UnRinconParaHoy y pulsa Me Gusta.

sábado, 12 de diciembre de 2015

La perspectiva

Amanece en Guadalajara con una luz fría de invierno como a un punto de no querer. Descubriendo algunas nubes altas y una tos quieta en el cielo. El tren sigue avanzando con la desesperación de la prisa y no puedo evitar recordar aquel poema al expreso de Campoamor que hoy tiene más sentido que entonces. Así es como la vida se estrecha, mirando el cuadro con la nariz pegada al lienzo. Hemos perdido la perspectiva.

La perspectiva es ese punto de vista que nos permite celebrar la vida, no como algo invitable, sino como aquello que es posible. Es observar lo que nos rodea con ese segundo ojo que conservamos aún incontaminado. Tratando de llevar las ideas de lo concreto a lo general y buscando un tema para llenar el folio, diría que la perspectiva es hacer lo que intentaron hacer en ese famoso debate televisado al que Mariano no quiso acudir y envió a Soraya Sáez de Santamaría vestida de Pocoyó y repitiendo como un dogma eso de "hablar es muy fácil". Sí. Hablar es muy fácil. Es tan fácil que se puede incluso llegar a prometer que manarán ríos de miel sin abejas con un gobierno de derechas para luego dejarnos en las mismas bragas de esparto que los otros y comiendo con los dedos. Y lo escribo sin ánimo de caer en el "y tú más", igual que aparentaban hacer los otros tres oponentes ante las cámaras por esos caprichos de la moda callejera hasta que se levantó de la mesa, motu proprio, una portada de El Mundo y aquello se volvió un sindiós.

Pero no quisiera perder la perspectiva, que esa noche vino a ser un jugueteo con las cifras que se estiraban y contraían según principios que hubieran conseguido despeinar al mismísimo Albert Einstein (otro Albert). Lo que suma en la derecha resta en la izquierda. Es una malformación asumida de las matemáticas cuando se llevan a la política. Sucede en el momento en que se sustituye el manejo de principios por el de intereses. Cuando se observan las cosas de un modo tan despegado que es imposible tocarlas. Desde arriba, se alcanza esa óptica al interpretar ciertos derechos como privilegios olvidando los cimientos con desprecio. Lo cual es perspectiva y es traición. Es ir quedándose solo aunque lejos. Pero del mismo modo que cuando se observa el cuadro pegado a la tela.

Entre todos los que eran, con su modo de ver las cosas, se cargaron los sueños de las dos generaciones venideras. Atreviéndose, ahora, a hacernos creer que nuestra decepción resulta inevitable porque es el precio que cuesta el Estado del bienestar. Esto es, el importe en carne que se cobran los bancos, las sociedades de inversión, la administración mal administrada. Una insoportable verdad que no es más que cuestión de perspectiva, de puntos de vista y de intereses. Y, quizá, (hubiera querido evitar decirlo) la única diferencia en este momento sea que donde ayer debatían dos, hoy lo hacen cuatro. Tóquense las cosas pares.

Por eso, parece que la perspectiva sólo nos acomoda en una nueva situación, pero no varía el conjunto. Podríamos, podemos, enfocar las cosas de tal modo que parezca que no hacemos lo que hacemos, que ya no somos los que éramos, que con el cambio de discurso modificamos la realidad. Podemos acercarnos o alejarnos de la pintura, pero no cambiaremos el cuadro. Y, entretanto, anochece en una isla del Atlántico que es como un corcho sin botella en medio de una piscina, sólo para concienciarnos nuevamente de lo insignificante que resulta todo comparado con todo lo demás. Yo ya me entiendo.


Para seguir este blog entra en http://www.facebook.com/UnRinconParaHoy y pulsa Me Gusta.

viernes, 27 de noviembre de 2015

El silencio


Lo único que nos diferencia de un trozo de tierra es la palabra. Lo que pensamos, lo que escribimos, lo que expresamos, pero, sobre todo, lo que no decimos. Es en lo que callamos donde cargamos lo que realmente somos. En lo que decidimos no hacer de otros. Quizá porque toda existencia que se exhibe en exceso termina traicionando a sus miserias. Y hay quien llega desequipado para la exhibición. Que nació para escoger siempre, de las cuatro esquinas del ring, la que acumula más sombra. Para quien, cuando la pena abraza, la ocultación es la única gramática posible. Le ocurrió a von Kleist, que, esperando a que su tormenta interior amainara para contárnosla, se le pasó la vida.

El silencio se forma de fragmentos de personas que viven, en su mutismo, obligadas a sumirse en un baño de buena fe y mejores voluntades hasta mear rosa. A merendar tardes de consejos que prometen, pero no cumplen. A macerar el peso del recuerdo en una noche de Moêt Chandon (que siempre es un recurso de más grados) tratando de empaparlo de una de esas verdades sencillas, pero sin tener idea de lo que se hace. Sólo consiguiendo empujar la vida hacia adelante. Brindarle un soplo de aire concentrado servido en copa de cristal. Una manera como otra de potabilizar la historia personal. Sabiendo que nada de lo que sucede viene con la franqueza que se le supone. Para después seguir deslizándose por el tiempo con una caligrafía imposible, como el que opta ya por no dejarse entender.

El silencio suele ser una enfermedad grave de la palabra. Un intento de embellecer la vida mientras se aplazan verdades. Una necesidad también. Un tango en el que ponemos a bailar al dolor con la cordura sin melodía por no despertar conciencias. Todos viajamos con un punto de esta omisión en la boca del alma. Todos libramos alguna vez una batalla de la que el resto no sabe nada. Es, quizá, una forma clandestina de superación cuando la realidad parece apenas un tinte de absurdos malentendidos. Cada cual tiene sus bálsamos para intentar aparcar un momento la agria pobreza de la felicidad.

Son ganas de que cuente más lo que se escucha que lo que se dice. Lo que debería oírse que lo que se grita. Ganas de que llegue alguien con la paciencia necesaria para que nos expliquemos hasta que acertemos a decir una verdad desnuda. Aun sabiendo que la paciencia no supera tres segundos de silencio, que romperlo no lleva a ninguna parte y que en este caos del mundo se está solo demasiadas veces.

Francisco Brines escribió una vez: "Yo sé que olí un jazmín en la infancia una tarde, y no existió la tarde". Yo sé que las verdades más sinceras se encuentran en lo que expresamos en silencio. Que la palabra que más vale es la que no se dice.

Para seguir este blog entra en http://www.facebook.com/UnRinconParaHoy y pulsa Me Gusta.

domingo, 7 de junio de 2015

Nos pitan los oídos

Andaba ayer tarde tan medio muerta psicológicamente de tanto inyectarle rayos catódicos a mi apatía vital que, cuando los treinta y cinco grados de mediodía decidieron convertirse en treinta y cuatro y darnos una tregua, me aventuré a salir de casa en busca de algo de inspiración con la que echar la noche en este rincón. E hice bien porque es cierto como la vida misma que hay cosas que, si no se ven, aunque luego te las cuenten, no saben igual.

No tuve la necesidad de caminar mucho antes de dar con mis huesos en un abarrotado local en el que televisaban la final de la copa de campeones en pantalla completa. Aún no me habían servido mi cafe con churros (una, que desayuna tarde) cuando casi me sorprendió que, jugando un equipo español contra un equipo italiano, los españoles aplaudieran a dos manos al equipo turinés. Algo que empieza a convertirse en tradición y que, si no se es español, no se comprende. Aclararé, para mis miles de lectores extranjeros, que la razón de esta sinrazón patriótica llevada al terreno de juego y allende nuestras fronteras se fundamenta básicamente en que hay cosas que no se entienden, en la politización del fútbol y en la irritante pitada de la semana pasada al himno español en el Camp Nou. Porque un pitido de cuarenta y ocho segundos sobre el natural silencio de un campo de futbol lleno hasta la bandera, por esperado que sea, acaba por superarse dificilmente.

Conste que yo amo y mucho a mi país, aunque a veces no me guste, pero esta liberación de tensiones, esta singular manera de canalizar frustraciones de cualquier índole, tampoco me parece un crimen tan sanguinario como para que tenga que ser tratado por el Comité Antiviolencia. Porque, al margen de cualquier elaborado pensamiento, completamente fuera de mi alcance, al margen de que pueda llegar incluso a considerar que el patriotismo demuestra ser muy poca cosa si se tambalea por una pataleta de menos de un minuto, al margen de que me cueste un poco entender los motivos por los que unos cuantos catalanes y vascos quieren poner en duda todo este tinglado y los motivos por los que el resto de los españoles se permite darse por aludido, también se me ocurren algunas razones por las que pitar el himno nacional.

En primer lugar, porque es feo con avaricia. ¿Cómo es posible que un país que ha contribuido a la historia de la música aportando compositores de la talla de Manuel de Falla, Enrique Granados o Tomás Bretón tenga un himno nacional que es una marcha de granaderos desganados? En segundo lugar, porque, dado que el himno no tiene letra, algo hay que hacer cuando suena. En ocasiones, yo veo otras selecciones del mundo, cuando se alinean antes del partido y oyen el himno de su nación y se llevan la mano al pecho y cantan orgullosos una de esas letras bélicas que daría gusto cantar en lugar de susurrar entre dientes aquello de "Franco, Franco que tiene el culo blanco...", y, qué quieren que les diga, un silbido me resulta menos ofensivo. En tercer lugar, me parece que incluso es de agradecer y no de molestarse que tantos individuos se presten a silbar lo mismo a un tiempo. A mí, particularmente, hace ya días que cien mil tíos no me silban a la vez cuando paseo mis encantos por la calle. Y eso sí que ofende un poco.

Y, por eso, entre otros millardos de cosas, a mí me da igual que la gente pite lo que le venga en gana y anime al equipo que más le convenga por las razones que sean mientras no se arranquen las tripas en el campo ni en el bar de abajo. Aunque reconozco que tampoco está de más del todo que, de vez en cuando, se saquen las cosas de tiesto y tengan que intervenir las autoridades gubernamentales en tomar decisiones como que una pitada a tope de power deba ser evaluada por el Comité Antiviolencia en calidad de urgencia dejando a un lado cualquier otra cuestión de vida o muerte que debieran tratar. Hacen que una olvide lo que venía pensando, lo que venía pasando o lo que queda por venir. Por eso, el deporte es tan sano. Porque no hay como pasar la tarde entre un grupo de desaficionados animando a un equipo extranjero a golpe de cerveza, ofendidísimos porque se ha hecho del deporte nacional una causa política, para restarles hierro a otros asuntos que a algunos suelen parecernos más preocupantes. Como si el deporte, convertido en afición masiva, no viniese politizado ya de base. O igual es que yo no me entero y lo que se jugaba la pasada semana en el Camp Nou era la Copa del Rey de bastos o, cuando Fernando Alonso se sube al podio, suena el himno de España porque lo tienen allí a mano, pero cualquier día pinchan La Macarena y nos alegran la tarde a todos.

Para seguir este blog entra en http://www.facebook.com/UnRinconParaHoy y pulsa Me Gusta.

martes, 31 de marzo de 2015

Nos gusta la corrupción tal y como es



Artículo publicado en la revista El Horr


Desde que la coleta baja volvió a ponerse de moda, no fuimos pocos los que nos preguntamos cómo era posible que no generara más alarma el que alguna de las nuevas formaciones que iban copando las cadenas de televisión terminase asumiendo el poder.  Y, en cierto modo, era un miedo comprensible. Cuando uno está a punto de entrar en un quirófano, lo que le asusta es el bisturí del cirujano y no el tumor que empieza a extenderse por todo el cuerpo. Porque el tumor forma parte de uno mismo, aunque duela. Como el bipartidismo.

Cierto es que siempre llega un momento en el que uno no es capaz de saber si le teme más a lo que conoce o a lo que cree adivinar de lo que desconoce. Y, entonces, malo conocido, suele caerse en la tradición. Existe un proverbio checo que reza "El hábito es una camisa de hierro" Vista así, la costumbre sería la peor inclinación a la que uno puede rendirse. Pero, en las últimas elecciones, los andaluces han dado buena cuenta de ella lanzándose a renovar sus votos por el partido que les ha desvalijado las arcas públicas y cediéndoles la segunda posición a los responsables del lodo en el que nos hundimos, lo que es tanto como decir que aquí no ha pasado nada. Era tal el miedo que se había puesto en los riesgos de implantar en nuestro país una economía caribeña y un presidente en chándal, que reculamos a tiempo y abrazamos a los de siempre, como si no hubiera nada más, como si no hubiera nada de menos. Y ponga otra ronda, jefe, que esto ya casi no duele.

Aunque se diga, que se ha dicho, que estamos saliendo de la crisis económica, lo que nadie puede decir es que estemos saliendo de nuestra crisis mental. ¿Qué es lo que tiene que hacer o dejar de hacer un gobierno para que la respuesta de las urnas no vuelva a ser un resultado cantado? Efectivamente, hemos salido de la crisis si salir de la crisis consistía en convertirnos en un país más pobre y en acostumbrarnos a vivir allí abajo. A costa de muchos sacrificios, a costa de muchas vidas y a fuerza de mucha corrupción. Y nos volvemos a mirar atrás, si nos volvemos, y de nuevo le damos la mano a lo que nos trajo hasta aquí.

El ciudadano español debería saber que votar a un gobierno corrupto lo convierte en cómplice de corrupción. El voto no es un vómito de primera hora en una caja de metacrilato, es un reconocimiento y un acto de conformidad con lo que se vota. Que los andaluces hayan votado mayoritariamente al PSOE, con sus EREs y sus festines de media mañana revela que hemos convertido la corrupción en un pasatiempo para congresistas. Y, sí, hoy han sido los andaluces, pero mañana seremos todos los españoles, que, con nuestra intención de voto, seguimos colocando al PP a la cabeza de las listas con sus dobles contabilidades, sus cuentas en Suiza, sus privatizaciones, su gurtel, sus tarjetas negras, sus viajes de placer y su interminable sólo sé que no sé nada. No medimos lo que hacemos ni lo que estamos a punto de hacer. Parecía que habíamos comprendido que la corrupción, por un lado, o la limpieza en la gestión, por otro, debían ser los principales factores a tener en cuenta a la hora de regresar a los colegios electorales. Y, sin embargo, una vez más, incluso esta vez, no ha sido así ni tiene pinta de serlo.

En un país en el que no hay decisiones judiciales, debería haber decisiones populares, actos de conciencia, puñetazos en la mesa electoral. Pero, para nuestro particular consuelo, y como de forma muy reveladora nos hizo saber Cospedal inaugurando un mirador desde el que nada se veía, "la corrupción afecta a todos por igual" porque igual es colarse en un museo sin pagar que despilfarrar una millonada en pro de la construcción y desviar una buena parte por las cuentas del mundo. Así lo hemos entendido y, en nuestra inconsciente juventud democrática, hemos resumido estos cuarenta años como una larga emisión de PP y PSOE y viceversa que no termina de cautivar pero engancha.  Digamos, pues, que la identificación de un país saqueado, desahuciado y cabreado con la panda de bandoleros que lo dirigen queda nuevamente probada y que la corrupción, la que fuera la segunda preocupación de los españoles según todas las encuestas, el primero y principal mal de nuestra política, existe porque nos gusta, existe porque la votamos y podría obedecer a una crisis mental asumida o a esa famosa fuga de cerebros que ya alcanza incluso a los que se quedan.

Para seguir este blog entra en http://www.facebook.com/UnRinconParaHoy y pulsa Me Gusta.

domingo, 11 de enero de 2015

La división de la izquierda





Artículo publicado en el 12º número de la revista El Horr.


Cuando Rubalcaba anunció que se iba, lo sorprendente no fue que abandonara, lo sorprendente era que hubiera estado. La primera vez que lo vimos al frente del PSOE, su solo carisma invitaba a pensar: en esta ocasión, el socialismo ha tirado la casa por la ventana, y, con lo que ha quedado dentro, ha montado la secretaría general. Pero, incluso siendo conscientes de ello, costó asimilar que Rubalcaba alcanzara la hazaña más difícil de la historia de la democracia: convertirse en el primer jefe de la oposición con el don de la invisibilidad. Con la de disparates, mentiras, desmanes y abusos que ha perpetrado este Gobierno, cualquier otro político le hubiera sacado las vísceras sobre la mesa del congreso, pero Rubalcaba se sirvió de su posición para que, a la izquierda, ni se le notara. Gracias a Alfredo, los de la rosa llevaban unos años simulando estar desaparecidos, y, sin embargo, a la sombra de lo aparente, lo cierto era que el corazón de la izquierda vivía sin vivir en la Moncloa.

De esa desazón de haber muerto pero sólo un poco, surgió la cuadrilla de Podemos intentando parecer la última mano limpia de esta partida de corruptos indultados. A la cabeza, un líder de juventud insultante que se presentaba a sí mismo con la camisa desabrochada como enseñando todo el patrimonio. Partiendo la pana socialista. Construyendo frases de una cercanía y un sentido tal y tan dirigidas al núcleo de lo que importa que conseguía enmascarar ese aire comunista que los impulsa. Este parvulario releído de la izquierda que habla de frente arrancó contando con el favor de tantos como los otros traicionaron. En las grutas del poder, no sabían ( y siguen sin saber) cómo parar el tsunami. Cuando, en honor a la verdad, fue su vieja política de sentencias vacías, fondos distraídos y exculpaciones la que incubó el éxito de los de Iglesias. La televisión hizo el resto. El peligro que trae esta confabulación de factores es que, con la inmolación del PSOE y el arcaísmo de IU, Podemos podría llegar a ser el relevo, aunque, a muchos, con el discurso de Podemos, nos suceda lo que le ocurrió a Serrat un día en que conoció a alguien así: que me gusta todo de ti, pero tú no.

El resto del socialismo se revolvía en su cama de velcro tachando a  Iglesias de populista, porque lo es, pero la observación llegaba sin fuerza ni capacidad de convencer. Un partido de la vieja guardia culpando a otro de populismo es como si Leticia Sabater acusase a Belén Esteban de ser una rubia de bote. Con ello, el PSOE pretendía contraatacar. Con ello y con un Pedro Sánchez que se daba cuenta de que demasiados de los suyos empezaban a coquetear de más con la izquierda de Podemos, una izquierda que no es la suya, como tampoco es suya ya esa antiquísima ideología de algunos integrantes del PSOE que lo alejan de su propio partido sin dejarlo abandonar del todo. Pedro Sánchez quería y quiere ser como esos ciudadanos que aún se sienten españoles pero de otra España. Y, con él, el PSOE pretende ser otro sin dejar de ser el que es. 

A la izquierda le han ido saliendo tantas ramificaciones que parece que se nos esté grillando. Y lo más verde que traen estos nuevos brotes es la cruda realidad de fondo que vienen a revelarnos. Que la política es la única profesión en que, cuanto menos currículum se tiene, más apropiado se vuelve el candidato. De manera que el socialismo de toda la vida se ha visto obligado a salirse de su propia historia, aunque con una maniobra tan ladina que irrita al obrero de siempre. En cualquier otra circunstancia, el hecho de que una facción política se divida o se cabree sería motivo de alegría. Porque disentir es pensar. Si muchas personas piensan lo mismo durante mucho tiempo, es que no han pensado mucho. Pero, siendo las circunstancias las que son, esta escisión de última hora, más que una organizada disociación de ideas, parece un sálvese quien pueda. Al final, lo que dejan en el observatorio todas estas caras de una rara moneda es el mismo miedo de ayer a que no haya nada diferente detrás o a que se revele algo todavía peor a lo que ya conocemos.

Esta estampida política sin rumbo a ninguna parte es todo lo que nos faltaba. Cuando el país, más que nunca, necesita aunar esfuerzos, se nos rompen las filas a trozos. La confusión se apodera de todos los estratos. Y, por eso, ¿qué es lo que está sucediendo con la izquierda?, me pregunta mi editor en una tarde de abulia literaria. Pues, ni más ni menos que lo que sucedería con la derecha si el poder no los mantuviera unidos a la fuerza. Ni más ni menos que lo que sucede entre la calle y el congreso. Ni más ni menos que lo que sucede en el conjunto del país. Que un sentimiento común acaba manifestándose en todos los órdenes, por convencimiento o por pura necesidad. Y la desafección se contagia, como se contagió el oscurantismo barroco del alma a la escritura, a la pintura, a la escultura, a la arquitectura... y, de vuelta, al alma.

Para seguir este blog entra en http://www.facebook.com/UnRinconParaHoy y pulsa Me Gusta.

Artículos más leídos